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Capítulo 11: Un hogar (parte 2)

NicolasPeanl
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Pasé el día entero en el hospital.

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Pasé el día entero en el hospital.

Desde una de las ventanas observé las calles.

Personas corriendo de un lado a otro.

Familias cargando bolsos con lo poco que habían conseguido reunir.

Gente encerrándose en sus casas, tapando las ventanas y bloqueando las puertas con muebles, como si eso pudiera protegerlos de lo que estaba por venir.

Con el paso de las horas, la situación comenzó a calmarse.

Al menos, en apariencia.

Los soldados recuperaron el control de varias avenidas. Los vehículos blindados bloquearon los accesos principales y los helicópteros continuaron sobrevolando la ciudad.

El caos ya no gobernaba completamente las calles.

Pero el gobierno había declarado la ley marcial.

Nadie podía entrar o salir de determinadas zonas sin autorización.

Las reuniones estaban prohibidas.

Los militares tenían permiso para detener a cualquier persona considerada sospechosa.

La humanidad todavía no entendía lo ocurrido, pero ya había comenzado a mostrar los dientes.

Durante el día comí algunas cosas de una máquina expendedora.

No tenía dinero, pero una pareja de ancianos me había visto sentado durante horas sin probar alimento y decidió comprarme algo.

Una bebida.

Dos paquetes de galletas.

Y un pan relleno que sabía peor que algunas carnes de monstruo que había comido en el pasado.

Aun así, me lo terminé todo.

Al finalizar el día, el doctor que atendía a Eunji se acercó a mí.

—Es una niña bastante fuerte —dijo.

Se dejó caer en el suelo a mi lado y apoyó la espalda contra la pared.

El cansancio se reflejaba en cada parte de su cuerpo.

Tenía profundas ojeras, el cabello desordenado y pequeñas manchas de sangre seca sobre la bata.

—Lo sé —respondí, mirando a través de la ventana de la puerta—. Vivió algo bastante horrible afuera.

Eunji dormía en una camilla.

Su pierna estaba vendada y tenía una vía conectada al brazo. Su respiración era tranquila, pero incluso dormida mantenía una mano aferrada a la sábana.

Como si temiera que alguien intentara arrebatársela.

—El mundo ya no va a ser el mismo, doctor...

Me detuve.

Hasta ese momento, no le había preguntado su nombre.

El hombre dejó escapar una risa cansada.

—Park Minjae.

Giré ligeramente la cabeza.

—¿Qué?

—Mi nombre —respondió—. Doctor Park Minjae.

—Kim Cheonro.

Me observó durante unos segundos.

Por un instante, pensé que había reconocido el nombre anunciado por el sistema.

Pero su expresión no cambió.

Tal vez estaba demasiado agotado para relacionarlo.

O quizá todavía no podía creer que el Kim Cheonro del anuncio mundial fuera un joven sentado en el suelo de un hospital, comiendo galletas regaladas.

—Tenés razón, Cheonro —dijo finalmente—. El mundo no va a ser el mismo.

Miró sus manos.

—Hoy atendí heridas que jamás había visto. Personas con quemaduras sin haber estado cerca del fuego. Hombres con huesos rotos que aseguraban haber escuchado una voz dentro de sus cabezas. Una mujer juraba que su hijo desapareció frente a ella cuando apareció una pantalla roja.

Guardó silencio.

—Y nadie sabe qué está pasando.

—El gobierno tampoco lo sabe.

Park Minjae me miró de reojo.

—¿Y vos sí?

No respondí.

El médico permaneció unos segundos esperando.

Luego suspiró.

—Cuando llegaste, estabas cubierto de sangre.

Bajó la voz.

—Pero Eunji no tenía heridas que pudieran haber producido toda esa sangre.

Sus ojos se dirigieron hacia mis manos.

—Además, no parecías asustado.

—El miedo no habría ayudado a la niña.

—No dije que estuvieras calmado —respondió—. Dije que no parecías asustado.

Me quedé en silencio.

Era más observador de lo que había supuesto.

Park Minjae apoyó la cabeza contra la pared.

—No voy a preguntarte de quién era la sangre.

—Es mejor así.

—Pero necesito saber algo.

Su tono se volvió más serio.

—¿Eunji va a estar segura con esa mujer?

Saqué del bolsillo el papel con la dirección de Seolhwa.

—Eso espero.

—No es una respuesta muy convincente.

—Es la única que tengo.

El doctor cerró los ojos durante un instante.

—Conozco a Seolhwa desde hace varios años. Lleva el orfanato prácticamente sola. Puede ser estricta, pero quiere a esos niños como si fueran suyos.

Eso ya lo sabía.

O, al menos, conocía a la mujer en la que se convertiría.

—Entonces es el mejor lugar para Eunji.

—Probablemente.

Park Minjae miró hacia la habitación.

—Pero la niña confía en vos.

Fruncí el ceño.

—Apenas me conoce.

—A veces eso no importa.

Señaló la mano cerrada de Eunji.

—Cuando despertó después de que le dimos el sedante, lo primero que preguntó fue dónde estabas.

No supe qué responder.

El doctor se puso de pie con esfuerzo.

—Puede irse mañana por la mañana. La lesión de la pierna no es grave, pero necesitará descanso y algunas curaciones.

Luego me tendió una pequeña bolsa.

Dentro había vendas, desinfectante, analgésicos y varias instrucciones escritas.

—Dale esto a Seolhwa.

Tomé la bolsa.

—Gracias, doctor Park.

Él asintió y comenzó a alejarse.

Pero antes de llegar al final del pasillo, se detuvo.

—Cheonro.

Lo miré.

—Sea lo que sea que esté pasando...

Su expresión se endureció.

—No dejes que esa niña vuelva a pasar por algo así.

Volví la vista hacia Eunji.

—No lo permitiré.

Park Minjae continuó caminando.

Me quedé solo frente a la habitación.

El mundo había cambiado en un solo día.

La Torre había aparecido.

La ley marcial había sido declarada.

Los cultos ya comenzaban a moverse.

Y toda la humanidad conocía mi nombre.

Sin embargo, en aquel momento, nada de eso parecía tan importante como la niña que dormía al otro lado del vidrio.

Me senté nuevamente contra la pared.

Y esperé hasta el amanecer.

Al ver salir el sol, me acerqué a Eunji.

Seguía sin pronunciar una sola palabra.

—Ven, niña.

Ella bajó lentamente de la camilla y comenzó a seguirme. Sus dedos se aferraron a la tela de mi pantalón, como si temiera perderme entre la multitud.

Salimos de la habitación.

Los médicos nos observaban al pasar, pero enseguida apartaban la mirada y continuaban corriendo hacia otros pacientes.

No tenían tiempo para despedidas.

Al salir a la calle, encontré una ciudad distinta a la del día anterior.

Las personas seguían tensas. Algunas caminaban cubiertas de sangre seca; otras lloraban en silencio o cargaban bolsos improvisados con sus pertenencias.

Pero el caos había disminuido.

Los militares controlaban las avenidas y guiaban a los civiles hacia distintos sectores. Mantenían sus armas levantadas, listas para reaccionar, aunque sin apuntar directamente a nadie.

Seguí la dirección que me había dado el doctor Park.

Eunji no soltó mi pantalón durante todo el camino.

Una hora después, llegamos.

Era una casa grande, aunque no se encontraba en muy buen estado. La pintura estaba desgastada, varias tejas del techo parecían flojas y una de las ventanas tenía una grieta que atravesaba el vidrio de lado a lado.

Aun así, el lugar se sentía vivo.

Había zapatos pequeños junto a la entrada.

Ropa infantil colgada en un tendedero.

Y dibujos pegados del otro lado de las ventanas.

Me acerqué a la puerta y golpeé dos veces.

Esperé.

Poco después, escuché movimiento en el interior.

—¡Seolhwaaa! ¡Hay una persona afuera! —gritó una voz aguda.

Pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera.

Una mujer alta apareció frente a nosotros.

Era bastante diferente a como la recordaba.

Sus ojos todavía brillaban.

Estaban cansados, pero no vacíos.

No tenía sangre cubriéndole el rostro ni sostenía una espada entre las manos. Solo llevaba ropa sencilla, un delantal viejo y algunas manchas de polvo y productos de limpieza.

Aquella mujer aún no había conocido el infierno.

—Hola. ¿Qué necesita? —preguntó con educación.

La miré durante unos segundos.

Seolhwa.

Había pasado tanto tiempo desde que escuché ese nombre por primera vez bajo la lluvia de sangre.

—Hola. Soy Kim Cheonro —me presenté—. Y ella es Eunji.

Señalé a la niña.

Eunji se escondió un poco más detrás de mis piernas, sin levantar la cabeza.

—¿Podríamos hablar a solas?

—Mmm...

Seolhwa dudó.

Primero me observó a mí.

Después bajó la mirada hacia Eunji.

Su expresión cambió ligeramente.

—Entren.

Se apartó y dejó espacio para que pasáramos.

El interior daba a un pasillo estrecho, con cuadros y fotografías colgados en las paredes. También había dibujos hechos con tizas y crayones: árboles, animales, casas torcidas y personajes de programas infantiles que yo no reconocía.

Eunji levantó la vista por primera vez.

Solo un poco.

—¡Niños! —gritó Seolhwa.

Varias cabezas aparecieron desde las puertas y desde el final del pasillo.

—Voy a hablar con este adulto. Mientras tanto, ustedes van a ordenar sus habitaciones.

Los niños comenzaron a protestar.

—¡Pero Seolhwa...!

—¡Yo ya ordené ayer!

—¡Fue Minjun el que ensució todo!

Seolhwa levantó el trapo que llevaba en la mano como si fuera un arma.

—Ordenen ahora o ya van a ver.

El pasillo se vació en segundos.

Vi a varios niños correr hacia sus habitaciones, empujándose y culpándose entre ellos.

Por un momento, me quedé observándolos.

Risas.

Quejas.

Pasos pequeños golpeando el suelo.

Una casa llena de voces infantiles.

Era una escena tan ordinaria que me resultaba extraña.

—Por acá —dijo Seolhwa.

Nos guio hasta una pequeña sala.

Había un sofá viejo, una mesa baja cubierta de juguetes y varias sillas diferentes entre sí, como si hubieran sido recogidas de lugares distintos.

—Pueden sentarse.

Eunji no se movió.

Seguía aferrada a mí.

Seolhwa lo notó.

—¿Es su hija?

—No.

La respuesta salió demasiado rápido.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—La encontré ayer —continué—. Sus padres murieron.

El rostro de Seolhwa perdió parte de su firmeza.

Volvió a mirar a Eunji.

Esta vez con más cuidado.

—¿Qué ocurrió?

—Un grupo de fanáticos la tenía cautiva junto con otras personas.

No era necesario describirle la habitación.

Ni los cadáveres.

Ni la decisión que había tomado.

—Ella fue la única superviviente que encontré.

Seolhwa permaneció en silencio.

Luego se arrodilló lentamente para quedar a la altura de Eunji.

—Hola, Eunji.

La niña no respondió.

—Mi nombre es Seolhwa.

Nada.

Seolhwa no intentó tocarla.

No le pidió que hablara.

Solo mantuvo cierta distancia y le sonrió suavemente.

—En esta casa hay muchos niños. Algunos hacen demasiado ruido y otros se roban la comida de la cocina.

Desde una de las habitaciones llegó una voz:

—¡Fue Minjun!

—¡No fui yo!

Seolhwa cerró los ojos y suspiró.

Eunji levantó un poco la cabeza.

Solo por un instante.

Pero lo hizo.

Seolhwa volvió a ponerse de pie.

—¿Quiere dejarla acá? —me preguntó.

—Por el momento.

—¿Por el momento?

Miró mi ropa, mi postura y la espada que llevaba conmigo.

—¿Piensa regresar por ella?

No respondí de inmediato.

La respuesta debería haber sido sencilla.

Yo no podía cuidar de una niña.

Tenía que encontrar información.

Prepararme para los siguientes pisos.

Eliminar amenazas antes de que crecieran.

Eunji estaría mucho más segura aquí.

Sin embargo, sentí sus dedos cerrarse con más fuerza alrededor de mi pantalón.

—Sí —respondí finalmente—. Voy a volver.

Eunji alzó la mirada hacia mí.

Sus ojos todavía estaban apagados.

Pero había escuchado.

Seolhwa también.

—Entonces no le mienta —dijo con seriedad—. Los niños recuerdan ese tipo de promesas.

La observé.

La mujer frente a mí todavía no había perdido a sus hijos.

Todavía no sostenía una espada bajo un cielo rojo.

Pero ya tenía la misma mirada.

—No estoy mintiendo.

Me agaché frente a Eunji.

—Vas a quedarte acá por un tiempo.

Ella no respondió.

—Seolhwa va a cuidarte.

Sus dedos no me soltaron.

—Voy a volver.

Permaneció inmóvil durante varios segundos.

Finalmente, abrió la mano.

La tela de mi pantalón quedó arrugada entre sus dedos antes de que me liberara.

Eunji dio un pequeño paso hacia Seolhwa.

Luego otro.

Seolhwa extendió la mano, pero esperó.

Fue Eunji quien decidió tomarla.

Me puse de pie.

Aquello debería haberme tranquilizado.

Pero mientras las veía juntas, una extraña inquietud creció dentro de mí.

En mi vida anterior, Seolhwa había perdido a sus hijos.

Ahora estaba colocando a otra niña bajo su cuidado.

Quizá estaba cambiando el futuro.

O quizá acababa de conducirlas directamente hacia la misma tragedia. 


Thoughts

  • lo_lei_en_el_bus

    Lo leí bajando de El Alto, casi me paso de parada cuando la deja. ¿Y después qué pasa con él?

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  • leoenvozalta

    Se lo leí a mi abuela anoche y dijo que ese hombre se parecía a uno que ella conocía. Emocionante, pues.

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  • hojaSuelta

    Lo leí a las tres en el pasillo del hospital. La parte donde ella lo mira la releí parada.

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  • hastalapagina40

    Este me pasó las cuarenta, mano, no es broma. Llegué hasta el final entre paciente y paciente.

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  • dosdelamadrugada

    lo leí a las dos con la guagua durmiendo, la parte del doctor me sacó. ¿vuelve ese man?

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  • capitulo_y_medio

    Corté justo cuando la deja en el orfanato, me costó harto po. ¿Cuándo subes el siguiente?

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