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Capítulo 1: Error

NicolasCheonro

Contenido de la publicación

—¿Cuándo fue la última vez que vi el cielo azul?

Contemplo el firmamento rojo de este infierno y escupo al suelo.

Ha pasado tanto tiempo desde aquellos años de paz que apenas consigo recordarlos. Y ahora, después de todo, el destino viene a buscarme aquí, encerrado en este lugar y rodeado de cadáveres de demonios.

—¿Cómo te llamas, cazador?

Vuelvo la mirada hacia la voz.

—Byeolha. Ese es mi nombre —respondo mientras observo al ser que permanece frente a mí—. ¿Y vos, demonio? ¿Cómo te llamás?

—Mmm... Hace mucho que nadie sobrevive lo suficiente como para preguntármelo. He tenido muchos nombres, pero, si tuviera que elegir uno, sería... Ouranoktonos —responde con una sonrisa cargada de malicia.

Me levanto lentamente de entre la montaña de cadáveres y aprieto la empuñadura de mi espada.

—Va a ser un placer agregar otro cuerno a mi colección, señor Ouranoktonos.

Escupo la sangre acumulada en mi boca y adopto la primera postura.

—¡Ja, ja, ja, ja! Qué divertido... Entonces vení a buscarlo.

Despliega sus tres pares de alas.

De pronto, su cuerpo se convierte en un borrón.

Me agacho por instinto y una línea negra atraviesa el espacio por encima de mi cabeza, llevándose apenas un par de cabellos.

Se me corta la respiración. Cada vello de mi cuerpo se eriza.

Entonces, el espacio... se detiene.

Un instante después, vuelvo a abrir los ojos y lo único que veo es el rojo del cielo.

Intento cerrar la mano alrededor de mi espada, pero no siento nada.

Bajo la mirada.

Mis brazos ya no están.

Trato de ponerme de pie, pero mi cuerpo no responde. Tampoco veo mis piernas.

Intento hablar, aunque de mi garganta solo escapa un sonido húmedo e incomprensible. La sangre comienza a brotar de mi boca a borbotones.

Dejo de escuchar.

Los colores se mezclan hasta desaparecer.

Supongo que así termina mi historia...

Cierro los ojos.

Entonces oigo un sonido que creía olvidado: un chirrido irregular y entrecortado, como el de un disco rayado saltando una y otra vez.

—¿Querés otra oportunidad? —susurra una voz junto a mi oído izquierdo.

—¿Querés venganza? —pregunta otra, más intensa, desde el derecho.

—Solo tenés que decir... «Acepto».

Las palabras atraviesan mis oídos, mi cráneo y lo poco que queda de mi conciencia.

—Acep... to...

Entre la sangre que me ahoga, los coágulos atorados en mi garganta y la falta de aire, consigo arrancarme aquella palabra.

[Anuncio del sistema]

[Reiniciando...]

[Error]

[Error]

[Erroas1231!"#%-]

Y entonces, el mundo se vuelve oscuro.

Un rayo de luz me ciega.

Levanto los brazos por puro reflejo, olvidando por un instante que ya no los tengo.

Pero responden.

Los siento.

Un hormigueo me recorre la piel. Siento el aire pasando entre mis dedos, la tibieza del sol sobre las manos y, con ellas, cubro aquel rayo de luz.

Me quedo inmóvil.

Observo, sin comprender, el borrón de mis propios dedos frente a los ojos.

Luz...

¿Luz?

Hace tanto tiempo que no sentía esto.

La luz golpeando mi piel.

El viento rozándome el rostro.

El aroma del pasto.

Lentamente, aparto las manos.

Y allí arriba lo veo.

El cielo azul.

Las nubes blancas.

El sol.

Todo.

Lo veo todo.

Durante unos instantes, mi mente queda completamente vacía.

Es hermoso.

Siento las lágrimas deslizándose por mis mejillas y me las limpio con las manos, sin apartar la vista del cielo.

Permanezco así durante horas. Tal vez dos. Tal vez más. El tiempo deja de importarme hasta que el hambre me obliga a recordar que sigo vivo.

Me pongo de pie lentamente.

Siento el peso de mi cuerpo, el roce de la ropa contra la piel, la tierra bajo mis pies y el viento meciendo el pasto a mi alrededor.

A lo lejos, hacia el norte, se extiende un bosque. Hacia el sur, edificios imponentes se alzan sobre el horizonte.

Una ciudad.

Camino hacia ella sin prisa.

Me tomo mi tiempo.

La paz es frágil, tan fugaz como la nieve, y no pienso desperdiciar ni un solo instante.

Cuando llego a la ciudad, una avalancha de estímulos cae sobre mí: carteles, anuncios publicitarios, pantallas, voces, motores, bocinas y miles de pasos entremezclándose por todas partes.

Civilización.

Casi había olvidado cómo era una ciudad viva.

Supongo que ya soy demasiado viejo para este mundo.

Mientras avanzo, intento calcular cuánto tiempo pasé en aquel infierno. Entré en la torre a los cuarenta años, si mi memoria no me engaña, y poco después llegó el fin del mundo.

En 2018.

Desde entonces deben de haber pasado casi mil quinientos años.

Al recordarlo, me detengo.

Necesito saber en qué año estoy.

Busco la fecha en las pantallas de la calle, pero solo muestran productos, marcas y promesas inútiles. Nada que pueda servirme.

Entonces descubro a un diariero acomodando periódicos en un pequeño puesto y me acerco.

—Disculpe, señor...

—Decime, joven —responde sin levantar demasiado la vista.

Joven.

Esa palabra me golpea más de lo que debería.

—¿En qué año estamos?

El hombre alza la cabeza y me observa con el ceño fruncido.

—¿En qué año? —repite—. ¿Estás bien?

No respondo.

Después de unos segundos, suspira.

—Es veinticinco de julio de 2012 —dice al fin, sin dejar de mirarme como si estuviera loco—. ¿Seguro que no necesitás ayuda?

Me quedo inmóvil.

Seis años antes del fin.

—No, estoy bien. Gracias, señor.

Me alejo del puesto, pero mi mente ya no está en la ciudad.

Volví antes de que apareciera la torre.

Antes de la Vorágine.

Antes de que el cielo se tiñera de rojo.

Antes de Ouranoktonos.

Mientras camino, no puedo evitar preguntarme quién soy ahora, qué edad tiene este cuerpo, dónde vive o si tiene familia. Si todavía soy Byeolha a pesar de llevar otro rostro o si solo soy un muerto ocupando el lugar de alguien que aún no sabe que el mundo está condenado.

Tampoco recuerdo demasiado de mi vida anterior a la torre. Después de tanto tiempo, aquellos años son poco más que imágenes borrosas.

Entonces, por un instante, todo se detiene.

[Sistema activado]

[Presencia detectada]

Mi campo de visión se tiñe de rojo y una pantalla translúcida aparece frente a mis ojos, suspendida en el aire.

[Regresor detectado]

Nombre: Byeolha

Edad: 1532

Ocupación: Maestro de la espada...

[Error]

[Error]

[No se reconoce al propietario actual del cuerpo]

[Actualizando datos...]

[Error]

[Error]

[Datos actualizados]

Nombre: Kim Cheonro

Edad: 20

Ocupación: Civil

Fuerza: 5

Destreza: 5

Magia: 0

Suerte: 2

Observo la pantalla en silencio.

Así que el dueño de este cuerpo se llamaba Kim Cheonro.

Siento una punzada de lástima por él, aunque desconozco qué ocurrió con su conciencia. Sea cual sea la respuesta, ya no hay nada que pueda hacer.

Además, este cuerpo es un desastre.

Ningún meridiano abierto, estadísticas basura, músculos débiles y una respiración desordenada. Un recipiente común, nacido en una época común, dentro de un mundo que todavía no sabe que está a punto de arder.

Pero no importa.

Nada que no pueda mejorar.

Entonces, un escalofrío me recorre la espalda.

Esa sensación...

No.

No puede ser.

[Anuncio mundial]

Una voz desciende sobre la ciudad.

No proviene del cielo ni de los parlantes. Surge directamente dentro de la cabeza de cada ser humano.

[Hola, seres de la Tierra.]

[Hoy anunciamos con orgullo que una persona ha despertado por primera vez en la historia de este planeta.]

[Todos feliciten a Kim Cheonro, precursor de la nueva era.]

El ruido de la ciudad desaparece.

Durante un segundo, nadie habla.

Nadie respira.

[Para conmemorar este importante acontecimiento, hemos decidido adelantar el cronograma.]

Mi sangre se congela.

[Espérenlo con ansias.]

[Les deseamos toda la suerte de este mundo. :)]

La pantalla se desvanece.

Y entonces llegan los gritos.

Desde las calles, desde los edificios y desde los vehículos detenidos en medio de la avenida. Algunas personas caen de rodillas, otras comienzan a rezar y muchas levantan la vista hacia el cielo, como si acabaran de escuchar la voz de Dios.

Pero yo conozco la verdad.

Eso no era Dios.

Era el inicio.

Y en ese momento comprendo que este nuevo comienzo no será nada fácil.


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—¿Cuándo fue la última vez que vi el cielo azul? —miro hacia el firmamento de este infierno y escupo al suelo.

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