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Capitulo 1.- El soberano del tiempo

CrimsonMoon21

Contenido de la publicación

La brisa marina viajaba entre olas y corrientes bravas que parecían cerrarle el paso a todo.

Las atravesaba hasta alcanzar una olvidada playa de arena marmoleada y opacada por la maleza.

Elevaba pequeños restos de arena que golpeaban la vegetación, esparciendo consigo el salado aroma del mar.

Allí, cerca de la orilla y mirando el ocaso, se hallaba un extraño e imponente búho.

En su rostro plano poseía un único ojo ciclópeo. Sus siete pupilas, dispuestas como las manecillas de un reloj, giraban y se movían en distintas direcciones.

Medía poco más de dos metros.

Erguido, hundía las patas en la arena por su propio peso y entrecerraba las garras para sentir la textura de la playa y el frío del agua.

Abrió la envergadura de sus alas, permitiendo al viento peinar su hermoso plumaje blanco y gris, resplandeciente en los detalles dorados de las puntas.

Cerró el ojo para recordar mejor, dejando que el viento despeinara las suaves plumas de su nuca y arrastrara sus memorias más allá del archipiélago, más allá del tiempo.

Cuando volvió a abrirlo, levantó la pata izquierda y observó aquello que sostenía entre las garras: un orbe de cristal.

En su centro parecía haber una tortuga sostenida por cuatro elefantes y, sobre ella, el mundo.

El búho giró la cabeza ciento ochenta grados, asegurándose de que la playa estuviera desierta.

Un ruido llamó su atención.

Escuchó la risa de una vieja compañera y volvió la cabeza hacia el atardecer, buscándola.

No encontró nada.

Miró de nuevo el orbe.

Lo mordisqueó, como si quisiera abrirlo.

—Tal vez solo funciona una vez —pensó, suspirando.

Cerró lentamente el ojo, a punto de alcanzar alguna revelación, cuando una voz lo interrumpió.

—Aléjate de la orilla —dijo la Reina de los Búhos.

Era un búho más pequeño, de al menos un metro setenta, con plumaje café claro y detalles negros en las alas.

También poseía un ojo ciclópeo, pero sus pupilas parecían renacuajos moviéndose en todas direcciones. Dos largas plumas doradas sobresalían por encima de su cabeza.

Él la observó y respiró aliviado al reconocerla.

La reina avanzó hacia él con seriedad.

Pese a su menor tamaño, su presencia parecía devorar el sol del atardecer. El brillo dorado de sus plumas relucía, aunque su semblante permanecía sombrío.

—¿Los extrañas?

Él no respondió.

—¡Estás triste! —insistió ella.

—¿Por quiénes?

—Por los humanos. Lamento que desaparecieran de Shambala.

Él asintió en silencio.

—¿Qué crees que les pasó? —preguntó ella, mirando el orbe entre sus garras.

—No lo sé, pero me dieron esto.

Se lo mostró.

—¿Una esfera de cristal?

—Así es. Cuando la sostuve, tuve una visión. La giraba, retrocediendo el tiempo, y los humanos desaparecían.

La reina meditó sus palabras mientras sus pupilas recorrían todos los rincones de su ojo, mirando en todas las direcciones posibles, buscando algún cambio.

—Todo sigue igual. Nada ha cambiado. Lamento que la anterior reina no pueda volver...

Se hizo un silencio incómodo.

Las pupilas del rey permanecieron fijas sobre ella, alineándose, mientras las de la reina se agitaban, evitando las de él.

—Es curioso —continuó él—. Ellos mismos me la entregaron. Dijeron que era un regalo del mundo, su corazón... o eso aseguraban.

Volvió a mirar el orbe.

La reina respiró profundamente y cambió de tema.

—Hace mucho que los dioses abandonaron este mundo, amor mío. Tú, mejor que nadie, deberías saberlo. Los humanos eran extraños. Decían poder hablar con el mundo... aunque su función en el archipiélago jamás estuvo del todo clara.

Él fijó sus pupilas en el horizonte, donde el sol comenzaba a desaparecer, devorado por las turbulentas aguas.

—Los humanos existieron aquí mucho antes que nosotros —dijo el rey—. Tal vez conocían los secretos del archipiélago y sabían por qué estamos aquí.

—Solo estás melancólico, amor mío.

El rey dio un par de pasos hacia la orilla.

—Insisto —dijo ella con autoridad—. Aléjate. El uroboros no distingue entre tú y un búho cualquiera.

Él contempló el mar.

—¿Por qué crees que nacimos para alimentarlo?

—No lo sé. Pero tú eres inmortal. El tiempo no puede matarte, aunque el uroboros sí.

La reina inclinó la cabeza.

—Desaparecerías para siempre. Jamás... he presenciado el nacimiento de un Rey.

Escarbó un poco la arena con el pico antes de continuar.

—En cambio, he dado a luz a muchas princesas. Esa es mi función. Sería triste perderte.

—Sí —respondió él—. Eso lo hace triste.

El viento sopló con mayor fuerza entre ambos mientras la oscuridad comenzaba a teñir la playa.

—He visto civilizaciones alzarse y desaparecer en este archipiélago, dejando apenas sus pirámides y sus puentes de oro. Pero no sus costumbres ni sus tradiciones. Tal vez ni siquiera ellos recordaban cómo llegaron aquí.

Mordisqueó el orbe una vez más.

—Igual que yo...

Hizo una pausa.

—No recuerdo cómo llegué...

En el silencio que se había formado, se cuestionó a sí mismo.

¿De dónde vengo?

¿Siempre he sido el soberano del tiempo?

La reina se sacudió ante el frío viento.

—Deberíamos volver al nido.

—Lo haré más tarde —sentenció, sin volver a verla.

Ella dio un par de pasos adelante, titubeando por la cercanía con el oleaje.

Se acurrucó contra él y emitió un sonido vibrante, como si quisiera envolverlo con su aroma para convencerlo de seguirla.

Al no conseguirlo, se despidió y emprendió el vuelo.

El rey volvió a mirar el orbe.

—Hubiera querido que solo fuera una visión.

Elevó la cabeza, girando el cuello para observar a la reina perderse sobre la selva.

—Las reinas también mueren... Yo soy lo único inamovible. Creí que al darle la vuelta la traería conmigo, pero no fue así. Solo los hice desaparecer.

Guardó silencio.

—Ellos tampoco sabían cómo funcionaba.

Sus pupilas se movieron lentamente sobre el cristal.

—El rey humano tenía razón. Es demasiado poder para un solo individuo, incluso para un soberano. ¿Habría sido mejor dejarlo en manos humanas? Ninguna visión futura podría decírmelo.

Comenzó a tararear una canción.

Cerró el ojo y dejó que el frío y el viento lo envolvieran mientras se adentraba nuevamente en sus memorias.

Recordó dónde la había oído.

Shambala.

Frente a él se encontraba el rey de los humanos, soberano de Shambala.

Un humano, no muy diferente de los demás, aunque su vestimenta era única entre ellos.

Llevaba un extraño penacho hecho con plumas de búho, pintado con polen de hadas y adornado con escamas del Uroboros.

Su porte era majestuoso e imponente, aunque conservaba su habitual humildad.

Cuando los reyes de las islas, soberanos del archipiélago, lo visitaban, se reverenciaba ante ellos aceptando sus leyes, costumbres y ritos por encima de los propios.

Cuidando que los soberanos jamás se sintieran insultados o aburridos, pues las consecuencias por ello terminaban de maneras terribles. A veces devoraban algún familiar real o comían parte de la población humana...

El soberano de Shambala lo aceptaba como ley del archipiélago y voluntad de la tierra.

—Querido rey Búho —dijo sonriendo—, qué gran dicha me provoca que haya respondido a mi llamado.

El rey de los humanos se acercó, reverenciándolo, y le ofreció el orbe de cristal que sostenía cuidadosamente con ambas manos.

El búho se asombró con el brillo que despedía, examinando el objeto con curiosidad.

Sus siete pupilas comenzaron a girar en direcciones distintas, como si intentaran contemplar todas las posibilidades contenidas en él.

—¿Qué es eso?

—No lo sabemos, mi señor. Estábamos cantándole a la tierra cuando apareció como un destello. Era como si nuestra canción se hubiera sincronizado con el latido del mundo y el propio mundo hubiera comenzado a cantar. Su canto se materializó y se convirtió en esto.

Hizo una pausa.

—Al principio pensamos que era una lágrima, pero ahora sospechamos que es su corazón.

El rey búho volvió a mirar al humano.

—¿Y qué decía?

—La canción que cantábamos al mundo...

—No. Esa no. La canción del mundo. La que se convirtió en este orbe. ¿Qué decía?

El humano guardó silencio.

—Solo recuerdo el ritmo. Era algo como: «Umumumumu, dodododdo, didii, buubuuuuu, buuuu».

El rey búho rio, graznando como un ave vulgar.

El humano se sobresaltó y adoptó una expresión ligeramente defensiva.

—Entonces no sabes qué decía.

—Estamos descifrando el canto de la tierra, mi señor. Tengo a mis mejores escribas trabajando en ello. Queremos comprender el mensaje del mundo.

Guardó silencio un momento.

—Llamé y pregunté también a la soberana de la Verdad y al soberano del Equilibrio, pero ninguno supo darme razón. Dijeron que era algo extraño y de poca importancia.

»La Reina Hada incluso me elogió. Según su visión, mi corazón continúa tan limpio como siempre y eso me hace confiable. Me apena que la soberana de la Verdad me tenga en tan alta estima, siendo yo un simple humano.

El rey búho permaneció inmóvil, escuchándolo.

—El Rey Serpiente, en cambio, se molestó. Dijo que no debíamos llamarlo por cosas insignificantes; viajar hasta aquí significaba sacrificar concubinas. Antes de irse, miró a mi esposa, parecía acariciarla con la mirada y de golpe la devoró. Creo que esa fue su compensación.

—Lamento oírlo —dijo el Búho, tomando el orbe entre sus garras.

—No se preocupe, mi señor. Aceptamos la voluntad de los soberanos y su sabiduría. Así tenía que ser.

El humano levantó ligeramente la mirada.

—Esperábamos que usted, como soberano del tiempo, pudiera darle algún sentido al corazón de la tierra. ¿Qué ve en él?

Las siete pupilas del rey comenzaron a moverse dentro de su único ojo, cada una buscando una línea distinta del tiempo.

En el orbe no había caminos ni posibilidades que seguir.

Simplemente, no había nada.

La pupila central giró como un engranaje hasta encontrar una casualidad.

El rey la siguió.

Entre la bruma, sobre un acantilado, apareció una antigua Reina Búho.

Era pequeña, de plumaje café oscuro y delicadas plumas doradas alrededor de su ojo ciclópeo.

Tras ella se extendía un vasto mar azul, iluminado por un sol brillante.

La reina parecía sonreír mientras señalaba hacia el horizonte, como si quisiera mostrarle algo.

El rey intentó seguir aquella línea, pero el tiempo se cerró antes de permitirle avanzar.

Buscó otra posibilidad.

Nada.

Lo intentó nuevamente, sin resultado.

Podía observar el tiempo y recorrer sus posibilidades, pero no adelantarse a aquello que el propio tiempo aún no estaba dispuesto a revelar.

—¿Qué ve en él? —preguntó el humano.

El rey permaneció en silencio unos instantes.

—Nada. Tal vez aún no ha llegado su momento.

—¿Entonces podría conservarlo usted?

—¿Por qué?

—Porque conmigo no estaría seguro. Es demasiado poder para un rey tan frágil como yo. Los otros soberanos lo rechazaron, pero usted podría mantenerlo protegido entre sus garras.

El rey búho observó el orbe.

El humano simplemente respondió:

—Usted es el soberano del tiempo. Si alguien puede comprenderlo, estoy seguro de que es usted.

Hizo una pausa antes de continuar.

—Quizá no necesitemos comprenderlo todavía. Solo mantenerlo a salvo hasta que llegue su momento.

—Tal vez —sonrió el humano.

—Consérvelo, soberano del tiempo.

El búho inclinó la cabeza.

—¿Estás seguro?

—Sí. Si permanece conmigo, tarde o temprano podría sucumbir a la curiosidad. No poseo la sabiduría ni el poder para utilizarlo, y no quiero que deje de ser un misterio para convertirse en una razón de extinción para mi pueblo.

El rey búho rio suavemente.

—Los otros soberanos ya lo rechazaron —insistió el humano.

El búho cerró lentamente su único ojo.

—¿Estás seguro? —repitió, casi en un murmullo.

—Con usted permanecerá seguro hasta el fin de los tiempos.

El búho abrió nuevamente el ojo.

Sus siete pupilas se movieron alrededor del humano.

No había más posibilidades ni casualidades, solo una decisión firme.

—La soberana de la Verdad tenía razón. Tu corazón sigue siendo puro y devoto, Rey de Shambala.

—Agradezco sus palabras, mi señor. Fue un regalo de la tierra para mi gente. Ahora es mi regalo para usted, soberano del tiempo.

El rey búho contempló el orbe por última vez.

—Está bien. Lo conservaré.

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  • escalaLarga

    Hora y media de escala se me fue con esto, pues. El rey humano diciendo que así tenía que ser después de lo de su esposa me dejó fría.

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