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CAPÍTULO 1: El reflejo que no parpadea

Kkhiji

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La alarma sonó a las seis de la mañana.
Abrí los ojos y me quedé mirando el techo. La habitación seguía a oscuras, aunque el cielo detrás de las cortinas empezaba a aclararse. Durante unos segundos no hice nada. Después, estiré el brazo y apagué la alarma.
Otro día.
Me levanté de la cama, me puse las pantuflas y caminé hasta el baño. El departamento estaba en silencio. Mis padres no habían vuelto a casa la noche anterior, y tampoco esperaba verlos esa mañana.
Frente al espejo, me detuve.
Tenía el cabello desordenado y unas leves marcas de sueño bajo los ojos. Nada fuera de lo normal. Me pasé los dedos por el pelo, me lavé la cara y levanté la vista otra vez.
Entonces sonreí.
No demasiado. Solo lo suficiente para parecer amable sin dar la impresión de estar intentando agradar.
Probé otra expresión, ladeando un poco la cabeza. Después relajé los labios.
Bien.
Esa era la cara que debía llevar al colegio.
Una cara tranquila. Una cara que no hiciera preguntas.
Me sequé con la toalla y salí del baño.
Sobre la barra de la cocina había una tarjeta de crédito y una nota escrita por mi madre.
Volveremos el fin de semana. Come bien y no olvides tomar tus vitaminas.
Debajo había dibujado una pequeña carita sonriente.
Miré el papel durante unos segundos antes de dejarlo donde estaba.
No decía nada sobre mis clases. Tampoco preguntaba cómo me había ido la semana anterior. Supuse que estaría ocupada. Mi padre también. Siempre tenían algo que hacer, alguien a quien visitar o una reunión a la que asistir.
No era algo nuevo.
Abrí el refrigerador, saqué una bandeja de comida y la puse en el microondas. Mientras esperaba, revisé los mensajes del teléfono. Había uno de Min-jun preguntando si había terminado los ejercicios de matemáticas.
No le respondí.
La comida estuvo lista poco después. Comí sin prestar atención al sabor y dejé el plato en el fregadero. Luego fui a cambiarme.
Mi uniforme estaba limpio y planchado. La camisa no tenía arrugas y la corbata quedó en su sitio al primer intento.
Todo estaba en orden.
Era fácil mantener las cosas así cuando nadie esperaba demasiado de ti en casa.
Mis padres nunca me habían obligado a estudiar durante horas. Tampoco necesitaban hacerlo. Desde pequeño, las notas altas llegaban sin mucho esfuerzo. Si tenía problemas con algún profesor, ellos se encargaban de hablar con la escuela. Si quería algo, casi siempre terminaba apareciendo en mis manos.
Nunca tuve que insistir demasiado.
Con el tiempo, me acostumbré a pensar que las cosas difíciles no valían la pena.
Si algo dejaba de salir como esperaba, lo abandonaba. Si alguien empezaba a hacer demasiadas preguntas, encontraba una excusa. Y si podía evitar que los demás vieran un error mío, lo hacía.
Era más sencillo que intentarlo de nuevo.
La semana pasada, por ejemplo, el profesor de literatura nos había pedido escribir un ensayo sobre nuestras metas y nuestros mayores miedos.
Recuerdo que algunos compañeros se quedaron en la biblioteca después de clases. Otros se reunieron en grupos para compartir ideas. Min-jun incluso me había preguntado qué pensaba escribir.
Le dije que todavía no lo sabía.
Esa noche abrí el documento en mi computadora. Escribí dos frases.
Mi meta es convertirme en alguien importante.
Mi mayor miedo es quedarme atrás.
Las leí una vez. Después otra.
No me gustaron.
Parecían palabras que cualquiera podría escribir para conseguir una buena nota. No había nada mío en ellas. Intenté añadir otra frase, pero no se me ocurrió nada.
La pantalla seguía en blanco, esperando.
Sentí que algo me apretaba el pecho.
Cerré la computadora.
Al día siguiente le dije al profesor que había tenido fiebre. Él me miró con preocupación y me permitió entregar el trabajo más tarde.
Nunca lo entregué.
No volví a pensar en ello hasta esa mañana, mientras esperaba el autobús.
O eso intenté.

El instituto estaba lleno cuando llegué.
Los estudiantes hablaban junto a los casilleros, algunos revisaban sus teléfonos y otros corrían para no llegar tarde. Cerca de la entrada, dos chicas discutían sobre un examen. Un grupo de chicos se reía alrededor de una máquina expendedora.
Todo parecía igual que siempre.
Guardé mis cosas en el casillero y escuché que alguien me llamaba.

-¡Jae-hyun!

Min-jun se acercó con la mochila colgada de un solo hombro. Tenía el cabello revuelto y la corbata torcida.

-¿Terminaste los ejercicios de matemáticas? -preguntó-. El último me tuvo despierto hasta tarde.

-Sí.

La respuesta salió antes de que pudiera pensarla.

En realidad, ni siquiera había abierto el libro.

Min-jun soltó un suspiro.

-Claro. A ti todo te sale fácil.

Sonrió mientras lo decía. No parecía molesto. Quizá incluso me admiraba un poco.

Yo le devolví la sonrisa.

-Tuve suerte.

-Ojalá yo tuviera esa suerte. Nos vemos en clase.

Se alejó antes de que pudiera responder.

Me quedé frente al casillero, con una mano sobre la puerta abierta.

A ti todo te sale fácil.

No sabía por qué me molestaban tanto esas palabras.

Min-jun no había dicho nada malo. Solo estaba hablando como siempre. Para él, yo era el chico que sacaba buenas notas, que nunca parecía ponerse nervioso y que podía resolver un problema sin pasar toda la noche estudiando.

Era una imagen cómoda.

El problema era que yo mismo había ayudado a construirla.

Cerré el casillero y fui al salón.

La primera clase era historia. Me senté junto a la ventana, saqué el cuaderno y abrí el libro. El profesor comenzó a hablar sobre la dinastía Joseon, pero su voz se convirtió poco a poco en un ruido lejano.
Afuera, el cielo estaba cubierto de nubes.
Apoyé la mejilla en una mano y miré el vidrio. Mi rostro se reflejaba sobre el patio del instituto. Podía ver mis ojos, la línea de la nariz y la forma de mis labios.
Por un momento, me pregunté qué verían los demás cuando me miraban.
Un buen estudiante.
Un hijo educado.
Alguien que tenía un futuro asegurado.
Aparté la vista, molesto conmigo mismo por pensar en algo tan inútil.
Entonces vi que mi reflejo sonreía.
Yo no estaba sonriendo.
La imagen del vidrio mantenía la cabeza quieta, pero las comisuras de sus labios comenzaron a levantarse lentamente. La sonrisa creció hasta mostrar los dientes. Era demasiado amplia, demasiado torcida.
Sentí que se me helaban los dedos.
Me giré hacia la ventana.
Mi reflejo seguía sonriendo.
Parpadeé.
Y volvió a ser normal.
Me quedé inmóvil, mirando mi cara sobre el vidrio. Tenía los labios apretados y el ceño fruncido. El profesor continuaba hablando. Un compañero pasó una página. Alguien tosió al fondo del salón.
Nadie había visto nada.
Me froté los ojos y volví a mirar.
Solo estaba mi rostro.

-¿Te encuentras bien?

La voz de Ji-eun me hizo dar un pequeño salto.
La delegada de clase estaba junto a mi pupitre, sosteniendo unas hojas contra el pecho.

-Sí -respondí enseguida-. Solo me duele un poco la cabeza.

-¿Quieres ir a la enfermería?

-No hace falta. Dormí mal.

Ji-eun me observó durante un instante, como si quisiera preguntarme algo más. Al final, dejó una hoja sobre mi mesa y se marchó.
Esperé hasta que se alejó para soltar el aire que había estado conteniendo.
Miré mi cuaderno.
Las palabras escritas en la página parecían borrosas. Por un segundo, tuve la impresión de que la tinta se estaba extendiendo por el papel, como si una gota de agua hubiera caído sobre las letras.
Me incliné hacia delante.
Las líneas volvieron a verse normales.
Cerré el cuaderno.
Estoy cansado.
Me repetí esas palabras durante el resto de la clase.
No era la primera vez que me sentía mal, pero nunca había visto algo así. Quizá había dormido poco. Quizá necesitaba comer mejor. Quizá debía dejar de pasar tanto tiempo mirando el teléfono por las noches.
Había muchas explicaciones.
Prefería cualquiera de ellas antes que aceptar que no sabía qué estaba pasando.

El resto de las clases pasó lentamente.
Evité mirar las ventanas. Cuando alguien me hablaba, respondía con una sonrisa y fingía prestar atención. Al mediodía comí con Min-jun y otros compañeros. Hablamos de los exámenes, de las academias a las que iríamos después de clases y de un profesor que había dejado demasiada tarea.
Me reí cuando los demás se rieron.
Asentí cuando alguien esperaba una respuesta.
Nadie notó nada.
O, si lo notaron, no dijeron nada.
Cuando sonó el timbre de salida, guardé mis cosas y abandoné el instituto lo más rápido posible.
Había empezado a lloviznar.
Me subí la capucha y caminé hacia la parada del autobús. Las luces de los coches se reflejaban en el asfalto mojado. La gente avanzaba con paraguas, mirando al frente, preocupada por llegar a casa antes de que la lluvia empeorara.
Me detuve frente a una tienda de conveniencia.
No tenía hambre, pero entré de todos modos. Compré una lata de café caliente y salí a esperar bajo el toldo.
El calor de la lata me entibió las manos.
Di un sorbo. El café estaba amargo, pero no me importó.
Respiré despacio y observé a la gente pasar. Un hombre hablaba por teléfono mientras corría hacia un taxi. Una pareja compartía un paraguas. Dos estudiantes caminaban juntas, riéndose de algo que una de ellas mostraba en su pantalla.
Todos parecían saber adónde iban.
Yo solo quería llegar a casa y olvidar lo que había visto.
Bajé la mirada hacia la lata. Después, por alguna razón, levanté la cabeza.
El escaparate de la tienda estaba oscuro. Detrás del vidrio se veían las luces de los refrigeradores y algunos carteles de ofertas. Mi rostro aparecía sobre ellos, pálido y borroso.
Me acerqué un poco.
El reflejo hizo lo mismo.
Me quedé mirándolo.
Mi cabello estaba húmedo por la lluvia. Tenía los ojos cansados y la expresión seria. Parecía un estudiante cualquiera que había tenido un mal día.
Entonces mi rostro desapareció.
No fue como si la luz se hubiera apagado. Las facciones se borraron una por una, hasta que en el vidrio solo quedó una superficie lisa donde deberían estar mis ojos, mi nariz y mi boca.
Dejé de respirar.
La lata crujió entre mis dedos.
No podía apartar la mirada. El reflejo seguía de pie frente a mí, con mi uniforme, mi cabello y mi cuerpo. Pero ya no tenía cara.
Di un paso atrás.
Un autobús pasó por la calle y cubrió el escaparate con sus luces. Durante un instante, todo quedó oculto detrás del reflejo de los vehículos.
Cuando el autobús se alejó, mi rostro había regresado.
Mis ojos. Mi nariz. Mis labios.
Todo estaba en su sitio.
Me toqué la cara con una mano temblorosa. La piel estaba fría por la lluvia, pero parecía normal.
-Basta -murmuré.
Un hombre que pasaba cerca me miró de reojo. Bajé la cabeza y fingí revisar el teléfono.
No quería que nadie se acercara. No quería que me preguntaran si estaba bien. No quería tener que inventar otra mentira para explicar algo que ni siquiera yo entendía.
Tiré la lata vacía en el cesto y me alejé de la tienda.
El autobús llegó poco después. Subí, pagué el pasaje y me senté junto a la ventana. Durante el trayecto, evité mirar mi reflejo en el vidrio.
Aun así, podía sentirlo allí.
Quieto.
Esperando.
Cuando llegué al departamento, el cielo ya estaba oscuro. Abrí la puerta y encendí las luces. No había nadie en la sala. La nota de mi madre seguía sobre la barra de la cocina, justo donde la había dejado por la mañana.
Todo estaba igual.
Me quité los zapatos y caminé hasta mi habitación. Dejé la mochila en el suelo, me aflojé la corbata y me senté en el borde de la cama.
Quizá debía llamar a alguien.
Pensé en Min-jun. Después en Ji-eun.
¿Qué les diría?
Hola, hoy vi que mi reflejo sonreía sin que yo lo hiciera. Más tarde, mi cara desapareció de un escaparate.
Solté una risa breve y sin humor.
No podía contárselo a nadie.
Si quería seguir con mi vida, tenía que dejar de pensar en ello. Mañana iría al instituto, hablaría con mis compañeros y volvería a casa. Todo seguiría igual.
Siempre había sido bueno fingiendo que nada me afectaba.
Me levanté y fui al baño para lavarme los dientes antes de dormir.
La luz se encendió con un leve zumbido.
Me acerqué al lavabo y alcé la vista.
Mi reflejo estaba frente a mí.
Tenía el cabello desordenado, los ojos cansados y los labios apretados. Parecía tan agotado como yo.
Me quedé mirándolo unos segundos.
Después levanté una mano.
El reflejo hizo lo mismo.
Incliné la cabeza.
Él también.
Solté el aire, aliviado. Me sentí ridículo por haber tenido miedo de una imagen en un vidrio.
Apagué la luz y salí del baño.
Ya estaba a punto de cerrar la puerta cuando escuché un sonido detrás de mí.
Un pequeño chasquido.
Como una uña golpeando el cristal.
Me quedé quieto.
No quería volver la cabeza.
Esperé unos segundos, conteniendo la respiración. El departamento seguía en silencio.
Entonces escuché otro chasquido.
Más cerca.
Me giré lentamente hacia el baño.
Desde donde estaba, podía ver una parte del espejo sobre el lavabo. Mi reflejo seguía allí, aunque yo ya no estaba frente a él.
No podía distinguir bien su cara bajo la poca luz.
Pero vi algo que me hizo sentir frío hasta en los huesos.
Yo tenía la boca cerrada.
Mi reflejo estaba sonriendo.

Thoughts

  • Zacarias

    El que me cae bien es Min-jun, con la corbata torcida y desvelado por el último ejercicio. Jae-hyun le miente en la cara sin pensarlo. Para mí el reflejo sonríe cada vez que él finge, y apuesto a que Min-jun ve esa sonrisa antes que nadie.

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  • Celestino

    Loco, la tarjeta de crédito con la carita sonriente sobre la barra me dio más frío que el espejo. Esos viejos no vuelven el finde ni ahí.

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