Hay recuerdos que el tiempo no desgasta.
Los pule.
Con los años muchos recuerdos pierden detalles, rostros y fechas. Otros hacen exactamente lo contrario: mientras más envejecen, más nítidos se vuelven.
Esta es una de esas historias.
Han pasado muchos años desde aquella noche en el hospital.
Y todavía hay una voz que sigo sin poder olvidar.
Todo sucedió durante el largo periodo en que mi padre permaneció internado en la clínica del ISSSTE de Guanajuato.
Fueron más de doce meses viviendo prácticamente dentro del hospital, haciendo guardias nocturnas, observando el incesante desfile de pacientes que llegaban, mejoraban o morían. Mi padre permanecía en coma, atrapado en un sueño interminable del que parecía no poder despertar.
Con el tiempo terminé conociendo a muchos de los familiares de otros pacientes. Las noches son largas en un hospital. Los acompañantes terminan platicando para combatir el cansancio, la incertidumbre y el miedo.
Entre todas las personas que conocí estaba la señora Rosario, a quien todos llamaban cariñosamente Chayito.
La diabetes había devastado su cuerpo.
Había días en que parecía recuperarse milagrosamente después de recibir hemodiálisis y otros en que su estado empeoraba tanto que los monitores comenzaban a emitir alarmas y los médicos entraban corriendo a la habitación.
Aun así, seguía luchando.
Sus hijos y yo coincidimos durante tantos meses que llegué a apreciarlos. En más de una ocasión les ayudé a mover a doña Rosario o me quedé vigilándola unos minutos cuando necesitaban salir a realizar alguna diligencia urgente.
Durante ese tiempo también comencé a notar cosas extrañas en el hospital.
Particularmente durante las madrugadas.
Entre las doce de la noche y las cinco de la mañana los pasillos parecían quedar abandonados.
Las estaciones de enfermería permanecían silenciosas durante largos periodos y rara vez veía personal recorriendo los cuartos.
Siempre asumí que aprovecharían esas horas para descansar un poco en la sala de enfermeras. Era una conclusión lógica considerando los turnos tan pesados que tenían que cubrir.
Sin embargo, aquella ausencia contribuía a que el hospital adquiriera una atmósfera inquietante.
Especialmente en ciertos lugares.
Uno de ellos era el cuarto donde se lavaban los cómodos de los pacientes.
Yo entraba ahí con frecuencia para lavar el de mi padre.
Y cada vez que cruzaba esa puerta sentía lo mismo.
El aire era mucho más frío que en cualquier otra parte del piso.
No era una sensación normal.
Era un frío profundo, pesado, que parecía atravesar la ropa.
Mientras limpiaba el cómodo tenía constantemente la impresión de que alguien estaba detrás de mí.
La sensación era tan intensa que en ocasiones terminaba el trabajo apresuradamente y salía sin mirar hacia atrás.
Nunca vi nada.
Pero tampoco conseguí librarme de aquella desagradable certeza de que no estaba completamente solo dentro de esa habitación.
Lo más extraño ocurrió unas semanas después.
Una noche me encontraba solo en el pasillo.
Un carrito metálico de enfermería estaba estacionado contra una pared. Era uno de esos carros donde transportaban medicamentos, material de curación y equipo médico.
Todo estaba en calma.
No había corrientes de aire.
No había personas cerca.
De repente el carrito comenzó a moverse.
Lo vi.
Las ruedas giraron.
Avanzó unos centímetros.
Y después se volcó violentamente.
El estruendo fue brutal.
Metal golpeando el piso.
Bandejas rebotando.
Instrumentos dispersándose por todas partes.
El ruido resonó por todo el pasillo.
Las enfermeras llegaron corriendo.
Yo estaba tan sorprendido que inmediatamente les expliqué lo sucedido.
No quería que pensaran que había sido culpa mía.
—Se movió solo —les dije nervioso—. Yo no lo toqué.
Esperaba que me miraran con incredulidad.
O incluso que pensaran que estaba inventando una excusa.
Pero ocurrió algo mucho más inquietante.
Las enfermeras intercambiaron miradas.
Sonrieron con una extraña complicidad.
Y una de ellas respondió tranquilamente:
—No te preocupes.
—¿Cómo que no me preocupe?
—Porque no es la primera vez que pasa.
Aquella respuesta me dejó helado.
No ofrecieron ninguna explicación adicional.
Simplemente acomodaron el equipo y continuaron trabajando como si aquello fuera algo habitual.
Por primera vez pensé que quizá ellas sabían cosas que los familiares nunca llegábamos a comprender.
A partir de entonces comencé a observar el hospital de otra manera.
Hasta que llegó aquella noche…
Llegué alrededor de las ocho.
Doña Rosario estaba sola.
Sus hijos no se encontraban allí.
Cuando le pregunté por ellos me explicó que habían salido a comprar algunos aditamentos médicos que necesitaría en casa porque al día siguiente, finalmente, recibiría el alta.
Se veía feliz.
Más feliz de lo que la había visto en mucho tiempo.
Mientras mi padre permanecía inmóvil en su cama, ella y yo comenzamos a conversar.
Hablamos durante horas.
Me contó que pronto sería su cumpleaños.
Que su hija le había prometido prepararle un mole como el que hacía cuando todos sus hijos todavía vivían en casa.
Que ya extrañaba dormir en su propia cama, abrir la ventana por las mañanas y volver a escuchar el ruido de su colonia.
Y hasta bromeó diciendo que necesitaba comprarse unos zapatos nuevos.
—Los que tengo ya están muy viejitos.
Sonrió.
—Y una segunda oportunidad merece estrenarse con zapatos nuevos.
La escuché hablar con una ilusión que hacía mucho no veía en nadie.
Por un momento, aquel cuarto dejó de sentirse como una habitación de hospital.
Era simplemente una mujer haciendo planes para volver a vivir.
Mientras ella sonreía imaginando el día siguiente, yo no podía dejar de mirar a mi padre, inmóvil, atrapado en un silencio del que nadie sabía si algún día regresaría.
Sentí alegría por ella.
Y, al mismo tiempo, una tristeza inmensa por él.
La conversación se prolongó hasta cerca de las cuatro de la mañana.
Entonces le sugerí que descansara un poco para que al día siguiente tuviera fuerzas para regresar a casa.
Ella sonrió con esa tranquilidad de quien cree que lo mejor de su vida está a unas cuantas horas de distancia.
—Buenas noches —me dijo.
Cerró los ojos.
Yo también terminé dormitando sobre la silla.
A las siete de la mañana una enfermera llegó para tomar los signos vitales de mi padre y me despertó.
Poco después apareció mi hermana para relevarme.
Ya listo para irme, corrí la cortina que hacía las veces de división entre las camas para despedirme de doña Rosario.
La cama estaba vacía.
El colchón plástico estaba desnudo.
No había sábanas.
No había almohadas.
No había pertenencias.
Pensé que finalmente había regresado a casa. Me alegré por ella.
Salí del cuarto, me despedí de mi hermana y me dirigí hacia la salida por la sala de urgencias.
Allí me encontré con uno de los hijos de doña Rosario.
Al acercarme para despedirme, observé sus ojos enrojecidos.
Había estado llorando.
Antes de que pudiera felicitarlo por la recuperación de su madre, él habló primero.
—Gracias por toda la ayuda que nos diste con mi mamá.
Confundido, le pregunté si había ocurrido alguna complicación.
Su respuesta hizo que todo mi cuerpo se congelara.
—Ayer por la tarde tuvo un paro respiratorio.
Bajó la mirada.
—Ya no pudieron reanimarla.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
—¿Ayer por la tarde?
—Sí.
—¿Antes del anochecer?
Él solo asintió.
Ya no escuché nada más.
Porque, en ese instante, todo volvió de golpe.
El mole.
Los zapatos nuevos.
Su cumpleaños.
Su sonrisa.
Y aquella voz deseándome buenas noches.
No le conté lo que había ocurrido.
¿Cómo podría hacerlo?
Simplemente lo abracé y le di el pésame.
Han pasado muchos años.
Mi padre ya no está.
Doña Rosario tampoco volvió a casa para celebrar su cumpleaños, comer el mole de su hija ni estrenar aquellos zapatos que tanto le ilusionaban.
Pero, algunas noches, justo antes de quedarme dormido, todavía vuelvo a escuchar su voz.
—Buenas noches.