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Bruma lunar parte 1

ZaidaPaz
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BRUMA LUNAR

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BRUMA LUNAR

Hace muchos años… si se puede decir “años”. En realidad, hace siglos.

Yo nací un 17 de enero de 1820. En ese momento las mujeres no trabajábamos, no existía nada de todo lo que existe ahora y, para ser sincera, todo era bastante incómodo.

Me refugiaba en el vasto bosque que rodeaba mi caserón gigante. Lo que más recuerdo es cuando los sapos, grillos, gatos y perros entraban a la estancia y hacían muchísimo ruido. A veces se quedaban en el fondo del patio hasta el amanecer y después regresaban al bosque.

Yo iba al bosque de noche y miraba la luna enorme iluminarlo todo, acompañada por mis perros y gatos.

Un día se me acercó un lobo enorme, de color carmesí y dorado. Resplandecía y parecía uno más entre los animales. Yo solía apoyarme en él. Hablábamos sobre los misterios de la naturaleza hasta que me quedaba dormida.

Cuando hacía calor, ahí estaba. Y en invierno me llevaba una frazada.

Mis padres observaban desde la ventana, con mirada ansiosa, cada vez que me iba, pero nunca decían nada.

Pronto descubrí que aquel bosque pertenecía a otra dimensión que estaba conectada con mi casa.

Cuando cumplí dieciocho años, mi familia se contactó con un mercader que tenía un hijo y arreglaron mi matrimonio con él. El hombre estaba encantado: mi dote era impresionante y, según ellos, iba a tener una vida de ensueño.

La que no iba a tener una vida así era el pobre Tulio, el hijo del mercader.

Antes de que todo eso ocurriera, mis padres me sentaron en el sillón y me explicaron, a medias, qué iba a suceder después de que me casara.

—Úrsula, cuando te cases serás inmortal, igual que tu pareja.

Nos casamos y ese mismo día fue el peor día de mi vida.

Y para Tulio también.

Yo sentí algo extraño. Fui al baño, toqué el vidrio y este comenzó a temblar. Metí la mano y, cuando me deslicé por él, había salido a otra calle.

Después me fui a la dimensión donde solía estar y descubrí que todo había cambiado.

Seguía siendo un lugar lleno de animales, pero el famoso lobo ahora era plateado.

Y yo me estaba convirtiendo en una loba.

No me transformaba por completo. Era raro. Me cambiaba la cara, nada más. Me agaché y sentí que mis fauces cambiaban, pero enseguida volvía a ser humana.

Corría a una velocidad increíble y, cuando regresaba, podía trasladarme a cualquier parte de la casa.

Mis padres ya no estaban.

Solo quedaron sus cuadros y el cuadro, medio horrible, de mi tatarabuela.

A Tulio la transformación le dolió muchísimo. Tuvo varios días de fiebre. Su cara cambió y sus ojos se volvieron extraños: cambiaban de color según el clima.

Él tenía la capacidad de sentir o predecir sucesos relacionados con la maldad y podía detenerlos, ya fuera un asesinato o algo parecido.

Al principio se encerró y no salía ni siquiera para comer. Con el correr de los días empezó a asimilarlo, pero fue muy claro conmigo:

—Yo no quiero vivir eternamente. Solo quiero durar lo que hay que durar.

Entonces me preguntó:

—¿Cómo puedo hacer para volverme mortal?

Esa fue su obsesión durante siglos: encontrar algo que fuera opuesto a este don, o maleficio, que habíamos recibido.

Leía tanto que pensé que se iba a quedar sin ojos de tanto leer, pero esa era su meta. Su objetivo.

En aquellos años se estaban produciendo las primeras revoluciones. Yo combatí a caballo en varias batallas. Vi de cerca a San Martín, a Bolívar y a muchos próceres. En especial al famoso Rosas.

Sí, era muy colorado y muy alegre.

Como no moría, o mejor dicho, como no podía morir, fui cambiando de identidad. Cuando sentía que empezaba a ser sospechosa, me hacía pasar por muerta en el campo de batalla y desaparecía.

Soy una privilegiada.

Vi al mundo cambiar, para mal, tristemente, y también para bien. De todo pasó.

Y en esta historia, más o menos, vamos a resumir nuestras aventuras.

Para mí, la modernidad fue la mayor aventura: luchar contra la corriente cuando, en otro momento, se había luchado al lado de la corriente.

Ahí empezaron las verdaderas aventuras.

---

Tulio bajaba elegantemente por la escalera con una revista de actualidad.

—¡Mirá lo que se viene! —comentó alegremente—. ¡La TV por cable! ¡Me encanta la idea! Cientos de películas en horas.

Hizo una pausa y sonrió.

—Para una persona como uno, que no hace nada de nada en la vida...

Yo lo miré desde el sillón.

—Me alegro por vos y por tus no ganas de hacer nada —dije con sorna—. Un gato o un perro hace más que vos.

Yo, por el contrario, me inserté en la sociedad.

Para hacer la escuela era un problema porque quedaba registrado el día en que nacía. Así que la hice varias veces. La secundaria también.

Tuve que calcular las posibilidades de muerte hasta que apareció un método para falsificar documentos. Había una máquina y la robé de un hangar militar hacía muchos años. Con eso podía hacer todos mis documentos.

Cambiaba de nombre para que nadie hiciera demasiadas preguntas.

Pero un día me anoté en la universidad, comencé a cursar y me recibí.

Por eso soy arquitecta, abogada y diseñadora de interiores.

Con esos títulos trabajaba y, de paso, me mantenía actualizada.

La idea me la dio el matrimonio González, que también son inmortales.

—Buscate objetivos. No pierdas tu tiempo ni tu mente.

Y tenían razón.

Más adelante también pensé en dar clases en la universidad.

Los González me enseñaron a fabricar máscaras de silicona para aparentar más edad.

Una buena solución para el problema de la vejez que nunca llegaba.

Así nadie preguntaba nada.

Lo que sí hacía Tulio era rescatar niños.

Así como lo ven: de vago.

A Tulio la idea de que los chicos cayeran en redes de pedofilia no lo dejaba dormir.

Tenía visiones de los lugares donde se encontraban y el cuadro de mi tatarabuela ayudaba mucho porque nos escribía mensajes.

PELIGRO.

En su propio cuadro.

La mansión de mi familia era un caserón antiguo y descolorido. Jamás se había pintado ni reparado nada.

Con mis títulos podría haberla reformado, pero nunca nos poníamos de acuerdo con las fuerzas dominantes de aquella casa.

Los vecinos preguntaban quiénes éramos y siempre decíamos que éramos primos o hermanos de quienes habían vivido allí.

Lo cierto era que esos vecinos iban cambiando y todo terminaba en la nada.

Pero la casa estaba convirtiéndose en un espacio histórico y comenzaba a ser registrada en varios lugares.

Por culpa de los historiadores, claro.

A mí me costó muchísimo cambiar de vestimenta con los años. Amaba los viejos vestidos armados y vestirme con pantalones me daba otro aspecto.

Bueno, tanta fama amerita contar algunas de nuestras aventuras.

---

Nosotros veníamos vigilando una red que llevaba años trabajando con el secuestro de niños.

En este caso, la niña se llamaba Alma. Tenía ocho años. Su familia y sus amigos habían publicado su cara por todos lados.

Nada se sabía de ella.

Tulio estaba concentrado en las pistas y en la posible ubicación donde podría estar.

Normalmente no pensábamos que estuviera viva, pero al menos queríamos detenerlos y conseguir que su familia tuviera el cuerpo y las pericias.

Al menos eso.

Yo, leyendo todo lo que la policía tenía, abrí un portal en la comisaría. Vestida de policía, me metí en la reunión del caso y, en cuanto terminó, me trasladé.

Entonces Tulio tuvo una fuerte visión y gritó:

—¡YA SÉ DÓNDE ESTÁ!

Nos trasladamos a la zona.

Era una casa vieja.

Yo hablé primero.

—Liberen a la niña y nadie les va a hacer nada.

—Bruja, ¿sos vos?

—No —contesté con gracia y simpatía.

—Ya sé dónde viven —dijo uno desde adentro—. Cuando salgamos vamos a pasar por ustedes.

Eso no me gustó.

—¡Liberá a la niña! ¡Ya entramos!

—Acá no está.

—Bueno, llevanos donde esté —insistí.

En un segundo entramos a la casa.

Se pusieron a disparar, pero yo tengo un escudo, igual que Tulio. Nadie nos puede matar.

Aunque ustedes no lo crean, Tulio cuando pega es gracioso. Revolea el brazo como si fuera a jugar al bowling y creo que acierta por la magia, no por destreza.

Cuando logramos atraparlos, volvimos a preguntar.

Como no obtuvimos respuestas, decidimos usar métodos prácticos para que hablaran.

Les puse en la lengua un yuyo para que contaran todo.

Así que, al final, la nena estaba viva.

Llamamos a la policía. Se dividieron: unos móviles fueron por los hombres y otros por la niña.

Nosotros llegamos antes, pero observamos que había otros hombres y la música estaba un poco fuerte.

Eso no nos gustó.

Entramos por el piso de arriba.

Casualmente, en ese piso estaba la niña.

La sacamos de ahí.

Eso es lo bueno de abrir puertas.

Mientras Tulio estaba calmándola y reconfortándola, yo bajé las escaleras.

Total, la policía ya venía.

Linda paliza les di.

Gancho derecho, gancho izquierdo, patada en los huevos.

Uno salió por la ventana.

Luego abrí un portal y nos fuimos.

Cuando la policía llegó, la nena estaba sola afuera, llorando.

Llegamos a la casa.

Yo me arrojé al diván, toda demacrada y espantosa, y sonó el teléfono.

—Chicos, ya saben cómo es el proceso. Vayan a declarar.

—Bien —dije—. La policía ya sabe quiénes somos.

Fuimos, dimos toda la explicación, mentimos un montón y nos fuimos a casa.

La nena declaró que nos había visto y que nosotros la habíamos sacado afuera.

Omitió todo el asunto de la magia.

Así nos desligábamos de los asuntos policiales.

---

Sacando esto, un error grande fue un detective de esos que cuentan historias fuertes.

Resulta que en algunas de sus historias hacía referencia a rescates donde aparecíamos nosotros.

Un día se fue a una localidad donde vivían parientes actuales de Tulio.

El hombre golpeó la puerta y salió un señor llamado Saúl Fernández.

—Quería consultar por un tal Tulio Fernández y su esposa, Úrsula Martínez Ortiz.

—Pase, señor, pase —le dijo el hombre.

—¡Delia! —gritó a viva voz por la casa—. ¡Vienen de vuelta a preguntar por Tulio y Úrsula!

Delia bajó rápidamente, miró al hombre y comentó:

—Dale con el tema. Siempre es lo mismo —dijo resignada—. Siempre se confunde la gente.

—Son ancestros míos, pero murieron hace años por enfermedad. Son del año 1800. Vivían en un caserón. Nosotros no tenemos nada que ver y no reclamamos nada. No somos descendientes directos. Por lo que sé, unos primos de ellos ocupan esa casa.

El detective se fue pensando que las respuestas estaban en aquel caserón.

Y vaya que el hombre las encontró.

Llegó al caserón y se dio cuenta de que estaba ocupado.

Así que tocó el timbre.

Tulio se sentó con un té y unas galletitas y el hombre nos miró a ambos.

—Por si no lo saben, tienen parientes en la zona oeste —comentó.

—No somos muy sociales, señor. Soy una persona fría —respondí.

Realicé una mueca y tomé el té.

—Qué caserón tan raro y viejo. Parece un velorio —dijo abruptamente.

—Mire, señor bruto, ¿nos puede decir qué hace en nuestra casa? —dije con los brazos cruzados—. Porque, si no, en vez de té le doy otra cosa.

Por desgracia, una sombra de bruma lunar despertó la casa y todo se volvió muy extraño.

—Sí, vine por el caso de unas niñas —comentó el detective, viendo que no éramos buenos anfitriones—. Me gustaría poder quedarme a dormir —agregó—, dado que debo recopilar información.

—Ellas afirman cosas muy raras. Dicen que se trasladan por las paredes y que tienen una fuerza extraordinaria.

Tulio estalló:

—¡Todo esto es tu culpa! ¡Eso nos pasa por salir de la casa!

—¿Qué? Perdón, ¿quién sos vos para enojarte conmigo? Andá a dormir una siesta, ¿querés? —le dije—. ¿Qué vamos a hacer? ¿Dejar que las niñas mueran?

El hombre nos miraba sorprendido y agregó, divertido:

—Qué pareja tan romántica e inspiradora.

—Sí —le dije—. Tulio es una persona encantadora. Con los días sabrá, pero uno se acostumbra a semejante personaje.

Tulio se levantó rápidamente, tanto que me asustó.

Se acercó al detective y le mostró su mano.

—Mire —le ordenó.

Yo negué con la cabeza.

Él hizo un gesto para que guardara silencio.

El detective miró con horror e impresión al monstruo vidente que aparecía en la mano de Tulio.

—¿Quiere decir que va a contar todo? Nadie le va a creer —le dijo Tulio—. Y, si no, termina en el manicomio.

El hombre se quedó pasmado.

Finalmente decidió que estaría bueno contar historias de fantasía basadas en nosotros.

—Bueno, quédese a dormir hoy. Así no se le hace tarde y mañana se pone creativo.

—Me encanta la idea —dije.

Mientras miraba con desdén a Tulio.

Yo me reí sola y prendí la televisión.

Tulio se quedó dormido con una revista de modas en la cara.

---

Soñé que caminaba en la dimensión de la luna.

Mi pisada era tan fuerte que temblaba el suelo y las hojas se movían y se arremolinaban.

El pasto estaba húmedo e iluminado. No tenía el color del otoño, sino el del invierno.

Había un aroma a lavanda muy fuerte.

Me acerqué para sentirlo y seguí el camino.

Los árboles estaban quietos.

Me sentía observada.

La luna iluminaba todo y, de repente, tuve sed.

Quise tomar sangre.

Tomé un cuenco, maté un pájaro y dejé caer la sangre dentro.

Me transformé en un caballo con ojos rojos y una melena intensa.

Cabalgué hasta que vi unos niños jugando.

Vi su casa.

Y vi a un hombre observándolos.

—¡Corran, chicos, corran! —grité.

No me oían.

Seguí gritando hasta que me desperté.

Tulio me miraba raro y asustado.

Me dijo lo que temía:

—Se llevaron unos niños anoche. Lo sentí.

—Yo soñé con niños —dije.

Me senté en la cama.

—Me pregunto ¿hasta cuándo hay que soportar que haya gente tan mala?

Me levanté y fui a bañarme.

A nadie le interesan los niños.

Por eso yo lo veo así.

Cuando Tulio se acercó a la ducha para decirme algo, el agua lo tocó.

Él tomó el agua con la mano e hizo una burbuja enorme.

Ahí se veía claramente la cara de los niños y el lugar adonde los llevaban.

La casa se llenó de bruma lunar plateada.

Terminé de bañarme y fui a la dimensión lunar.

Ahí estaba todo lleno de gatos, pájaros y leones.

Esperé al lobo plateado.

Se acercó y conversamos.

Cuando volví, Tulio estaba listo.

—¿Vamos?

Tulio juntó las manos y desaparecimos.

Caímos en una ruta, cerca de unos pastizales.

Numerosos gatos y perros que deambulaban estaban por ahí dando vueltas.

Los llamé.

Me puse a hablar con ellos.

A uno le dije:

—Hermosos ojos tenés. Iguales a los de mi primo Claudio.

Los perros me entendían y festejaban mis comentarios.

Los gatos se me treparon y así estuve muy entretenida.

El único que realmente hacía su trabajo era Tulio.

—Úrsula —llamó cuando el sol bajó—. Ahí vienen los tipos.

—Hay que dejar que bajen para ver qué llevan y hacia dónde van.

Miré a los perros.

Mis ojos se pusieron iguales a los de ellos.

Me agaché a su altura.

—Necesito que los distraigan. Vayan por atrás y muerdan sus brazos y piernas, así no pueden usar las armas. Pero no arriesguen su vida. Cuídense.

Los perros me obedecieron y fueron por atrás.

—Sangre por sangre. Las gotas crecen y se dispersan como semillas —dijo Tulio con los ojos en blanco.

—¿Sos vos, lobo? —pregunté.

—Siempre estoy.

Tulio no volvió en sí.

Ese fue el gran enigma.

El lobo estaba ahí conmigo y me sentí más segura. Su rapidez y su gracia precisa hacían de la lucha una victoria.

Me sentí agradecida.

Cuando entré a la casa, los perros estaban mordiéndoles los pies y las piernas a los rufianes.

Tulio le estaba pegando en la cabeza a uno.

Tomé de sus chaquetas a dos y los arrojé contra el techo.

Cuando cayeron, pregunté:

—¿Dónde están los niños? ¡Malditos! ¿Dónde están los chicos?

Tulio seguía poseído por el lobo, así que fue más rápido y los localizó.

Se escuchó un grito de dolor de los niños.

Me dio tanta furia que comencé a revolearlos por toda la casa como si fueran marionetas.

Levanté al jefe y lo até.

Corrí con mucha potencia hasta un puente abandonado, sin luces, y lo dejé boca abajo.

—¡Quiero que mueras lentamente, maldito! Pero antes me vas a decir para quién trabajás.

Escuché un pitido.

Era Tulio.

Ese pitido lo hacía cuando había decidido matar a alguien.

Ya era Tulio otra vez porque caminaba como un modelo, despacio y como un gato.

Lo levanté y lo llevé de vuelta a la casa para atarlo.

Llamamos a la policía.

—Ustedes se creen que sirven a un propósito, ¿no? —dijo el jefe de la banda—. Nosotros también servimos a una idea, y las ideas son a prueba de palizas de brujos.

—No se crean que solo ustedes están. Hay otros que decidieron otro camino.

El jefe envió un mensaje para mí:

—Para él no es ningún problema. Y si lo estás buscando, lo vas a encontrar. Sabe dónde vivís.

—Bueno. Si no es cobarde, lo espero. No le tengo miedo a una basura como él.

—Se lo diré entonces.

—Dudo que le digas, porque ahora te vas con la policía. Pero si te saca de ahí... bueno, ya lo sabremos —dije con voz amenazante.

Tulio me interrumpió:

—No murieron.

—¿Y por qué gritaste?

—Porque los habían violado. Estaban desnudos, o eso me pareció. Pero no los toqué porque, si no, quedan mis marcas en el registro de la policía.

Declaramos y se llevaron a esos tipos.

Uno de los policías gritó:

—¡Bruja! ¡Seré emisario del diablo, como quieras!

—¡Entonces te declaro la guerra, maldito! —le grité.

---

Volvimos y yo estaba en la dimensión lunar, tratando de recuperarme.

Todos los animales estaban ahí, escuchando mi pena y, a su vez, sanándome de toda aquella maldad que me daba escalofríos.

Ahí me quedé dormida hasta que Tulio me sacó a las seis de la mañana para ir a trabajar.

Cuando salí, estaban todos los perros de la noche anterior y también los gatos.

Tulio dijo:

—Los traje. Después de todo, no tienen dueño.

—Gracias. Me alegra verlos —le dije—. Me voy a trabajar.

---

Estaba en el parque jugando con los perros cuando sentí una distorsión y unas vibraciones que se arremolinaban caóticamente.

Por eso entré corriendo a la casa.

Lo llamativo era que la bruma lunar estaba por todos lados.

Entonces escuché gritar a Tulio.

Me transporté a la dimensión lunar y lo vi temblando, teniendo convulsiones.

Lo arrastré afuera y lo llevé al living.

Lo envolví y le pregunté qué había pasado.

—Úrsula, quería entrar a charlar, pero no pude. Por más que lo intenté con el aire y hasta con el fuego, no pude. Ellos me miraban. Me mareé, me confundí, entré en un ensueño aturdido y volvía, iba y venía. Era horrible.

Yo comencé a reír.

—¡Ay, Tulio, sos tonto! Vos sabés usar bien el agua. Tenías que llenar de agua ahí. A través del agua podés comunicarte.

Llevé una manguera a la dimensión y abrí la canilla.

El agua salió a chorros y llenó el lugar.

Cuando se formaron los charcos, cerré la canilla.

—Ahora vas a poder. Sentate en el charco —le sugerí.

Mientras los animales ancestrales se movían por el lugar y tomaban agua, las lechuzas y los pájaros observaban nuestra presencia.

Se hizo un silencio.

Y apareció el lobo plateado.

Me fui, pero por el rabillo del ojo vi que Tulio le hablaba a través del agua.

Sonreí.

---

Escuché el timbre de mi casa.

Me asomé, ya que siempre había alguna fanática de los animales para hacerme recomendaciones sobre cómo cuidar a los perros y gatos que había en mi parque, como si una no supiera.

Me asomé por la cortina y los vi.

Me dieron una inmensa alegría.

Mi pareja favorita: los González.

Una pareja inmortal que había vivido tantas historias truculentas que se podrían escribir muchas cosas sobre ellos.

Abrí la puerta bruscamente.

Primero abracé a Josefina y luego a Gildo.

Estaban vestidos con elegancia y a la moda.

Él llevaba unos pantalones de scuba muy lindos, una camisa de seda y un saco de terciopelo.

Ella llevaba un vestido de seda precioso.

—¡Tan elegantes están vestidos! Ni que fuera la reina Isabel —dije sonriendo.

Me daba alegría verlos.

Era lindo pasar el fin de semana con ellos.

Apoyaron sobre la mesa una pastafrola y se sentaron.

Yo también me senté.

Me miraban serios los dos.

Entonces escuchamos un:

—¡Plop!

—¿Qué pasó? —dije sobresaltada.

La bruma lunar se había apagado y la casa estaba pálida.

Josefina habló calmadamente:

—Mandamos a tu Tulio al abismo, así no escucha nada.

Yo me puse a reír.

—Pobre Tulio. Espero que no se asuste donde quiera que esté.