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BODA DE SANGRE Y SEDA

agustin
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LUGAR: Nave principal de la Iglesia Matriz de Montevideo. ESCENARIO: Luz de tarde filtrándose por los vitrales superiores, iluminando las columnas de mármol y las bóvedas pintadas de oro. Olía a…

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CAPÍTULO 16:

ESCENA 1

LUGAR: Nave principal de la Iglesia Matriz de Montevideo. ESCENARIO: Luz de tarde filtrándose por los vitrales superiores, iluminando las columnas de mármol y las bóvedas pintadas de oro. Olía a incienso quemado, cera de abejas y flores blancas traídas de los jardines de la Quinta de las Albinas. En la nave central se reúne la crema y nata de la sociedad montevideana, oficiales de la marina francesa e integrantes del cuerpo diplomático europeo.

En el altar, viste un chaqué de corte impecable el CONDE HENRI DE LA RIVIERE (38). A su lado, deslumbrante en un vestido de seda blanca con finos encajes de Bruselas diseñados para disimular sutilmente los cuatro meses de embarazo, JUANA CORREA camina hacia el altar con la cabeza erguida y la mirada serena. Detrás de ellos, encubierto entre los monaguillos y la servidumbre, el CAPITÁN TOMÁS observa la escena con la mandíbula apretada.

(El vicario pronuncia las bendiciones en latín mientras Saint-Germain ("El Negro") observa la ceremonia desde el primer banco de la derecha, luciendo su uniforme de gala con una sonrisa calculadora).

(El Conde Henri toma la mano de Juana y le coloca en el dedo anular una alianza de platino y diamantes con las armas de la casa de La Riviere).

CONDE HENRI: (Con voz emocionada, mirándola a los ojos con devoción sincera) Frente a Dios y a esta ciudad, te entrego mi nombre, mis títulos y mi protección, Hélène. De hoy en adelante, nadie en esta tierra ni en Francia podrá tocar una sola hebra de tu cabello sin responder ante la corona francesa.

JUANA CORREA: (Sosteniendo la mirada de Henri, sintiendo el peso de la alianza, pronunciando cada palabra con fría determinación) Acepto tu nombre, Henri. Y acepto el destino que desde hoy une nuestras vidas.

*(En el transepto lateral, oculto tras el confesionario de madera de cedro, el PADRE FAUSTINO observa la escena vestido con su sotana de fraile secular).

PADRE FAUSTINO: (Susurrando para sí mismo mientras hace la señal de la cruz) Que Dios me perdone este uso del sagrado matrimonio... Pero esa muchacha acaba de coronarse Condesa. Con ese título en la mano y el escudo francés en su carruaje, "El Negro" ya no puede mandarla a matar en un callejón sin provocar un incidente internacional. Usaste la seda para construir un escudo de hierro, Juana.

CAPÍTULO 17: EL PERDÓN DEL CONDE

ESCENARIO:

Despacho privado de la residencia del Conde de La Riviere en la Calle de San Pedro. Es una noche fría. Una chimenea de mármol arde con leños de quebracho. Sobre la mesa de caoba reposa un maletín de cuero abierto: adentro faltan los borradores originales del tratado comercial y los recibos de pago con los sellos de Burdeos.

El CONDE HENRI está de pie junto al fuego, sosteniendo en la mano una pequeña medalla de plata con el rostro del Caudillo Pantaleón Correa y una carta de la resistencia firmada por Juana. Enfrente de él, JUANA permanece erguida, sin capa, mostrando sin tapujos la curvatura de su vientre.

(El Conde Henri tiembla de rabia y dolor retenido. Mira el documento y luego la mira a ella con los ojos enrojecidos).

CONDE HENRI: (Con la voz quebrada por la desilusión, mostrando la medalla) ¡No sos Hélène de Saint-Gaudens! ¡Sos la hija de Pantaleón Correa! La mujer a la que he amado... la madre del hijo que llevás adentro... es la espía que ha estado desmantelando mis secretos de estado.

JUANA CORREA: (Sin dar un paso atrás, con la voz firme y desprovista de llanto) Mi nombre es Juana Correa. Mi padre fue asesinado por el hombre con el que pretendías firmar la venta de la aduana de mi país. No vine a tu cama por odio a vos, Henri... vine a recuperar la libertad de mi pueblo. Pero nunca te mentí sobre lo que siento cuando me mirás a los ojos.

CONDE HENRI: (Caminando hacia la ventana, apretando los puños) Mi deber como diplomático de Francia es llamar a la guardia de la Comandancia en este mismo instante. Entregarte a Julien de Saint-Germain y recuperar las cartas antes del amanecer.

JUANA CORREA: (Avanzando un paso, poniéndole la mano sobre el pecho para que sienta los latidos de su corazón) Si llamás a la guardia, Saint-Germain nos matará a los dos. A mí por ser la resistencia, y a vos por haber sido lo suficientemente débil como para dejarte robar los papeles de la Logia. Henri... Saint-Germain no le es fiel a Francia. Se compra feudos en el Río de la Plata con el dinero de tu corona.

CONDE HENRI: (Mirando las manos de Juana sobre su pecho, sintiendo el peso de su vientre contra él. Cierra los ojos, librando una batalla interna atroz) No puedo traicionar a Francia... No voy a levantar armas contra mi propio rey ni voy a entregar los secretos de mi legación a tus montoneros. (Pausa dramática; abre los ojos y le toma el rostro con ambas manos) Pero tampoco voy a dejar que ese monstruo toque a la mujer que amo ni al hijo que lleva mi sangre. Te perdono, Juana. Te perdono por haberme engañado... pero de hoy en adelante, esta guerra la jugamos bajo mis reglas para proteger a nuestra familia.

CAPÍTULO 18: EL CERCO SILENCIOSO

ESCENARIO:

Campamento de la vanguardia patriota a orillas del Arroyo Seco, fuera de las murallas de Montevideo. La noche es cerrada. Llovizna ríspidamente sobre los ranchos de cuero.

ANACLETO "EL CHASCO" SILVEIRA está reunido con el CAPITÁN TOMÁS alrededor de una mesa improvisada sobre un tonel de caña. Sobre la mesa descansan las copias de las cartas del diplomático entregadas por Juana.

(El Capitán Tomás insiste apasionadamente señalando el mapa de las murallas).

CAPITÁN TOMÁS: (Golpeando la mesa con el puño) ¡Es el momento, Anacleto! Juana tiene los papeles y el Conde no nos va a traicionar. Si marchamos ahora mismo con los cincuenta lanceros sobre la Puerta San Pedro, rompemos la guardia y sacamos a Saint-Germain a los tirones del Cabildo.

ANACLETO: (Con la serenidad pesada de un viejo cazador de la campaña, negando rotundamente con la cabeza) No, Tomás. No voy a hacer esa locura. Si marchamos de frente contra la muralla, la artillería de la plaza nos descuartiza antes de llegar al foso. Nos van a llamar invasores y el pueblo del puerto le va a creer a "El Negro".

CAPITÁN TOMÁS: (Con desesperación) ¿Y qué pretendés que hagamos? ¿Esperar a que nazca el hijo de Juana mientras el francés consolida su poder?

ANACLETO: (Ajustándose el facón en la cintura, con una sonrisa fría) No vamos a asaltar la muralla; vamos a ahogar la ciudad. A partir de mañana, no entra un solo novillo, ni un barril de harina, ni un tonel de caña por la llanura del Miguelete. Cortamos los suministros de los cuarteles. Que los soldados de Saint-Germain sientan el hambre en los tripas mientras la Condesa —nuestra Juana— reparte las copias de las cartas entre las familias más ricas de la ciudad alta. Cuando la fruta esté madura... caerá sola del árbol.

CAPÍTULO 19: EL JUICIO EN EL PALACIO

ESCENARIO:

Gran Salón de Baile de la Legación Francesa en Montevideo. Arañas de cristal de Murano iluminan la estancia, donde las parejas bailan un vals vienés. Copas de champán circulan en bandejas de plata.

Julien de Saint-Germain ("El Negro") conversa con los ministros del Gobierno cuando observa a Juana Correa entrar al salón del brazo de su esposo, el Conde Henri. La posición de Juana como Condesa es ahora un hecho social incontestable. Sin embargo, Saint-Germain ha notado la ausencia de los papeles en su secreter y la fría distancia del Conde.

(Saint-Germain se acerca a la pareja con una copa de cristal en la mano, luciendo una cortesía venenoza).

EL NEGRO: (Haciendo una reverencia impecable ante Juana) Mi estimada Condesa... Señor Conde. Es un honor tenerlos en esta velada. Debo felicitarla, Juana: pasar de la rusticidad de la campaña a los salones de la diplomacia europea requiere un talento verdaderamente... escénico.

JUANA CORREA: (Sosteniéndole la mirada con elegancia absoluta, tomando un sorbo de limonada) El talento consiste en saber adaptarse, Comandante. En la campaña aprendí a rastrear víboras por la huella que dejan en la hierba. En la ciudad... basta con mirar quién lleva demasiado oro en los bolsillos para saber a quién vendió.

EL NEGRO: (Apremiando el paso, bajando la voz solo para ellos tres) Tengan cuidado, mis señores. Montevideo es una ciudad pequeña y los accidentes en las callejuelas del puerto les ocurren incluso a las damas de la nobleza. Si me faltan papeles en mi escritorio, los encontraré... aunque tenga que registrar la cuna de su futuro heredero.

CONDE HENRI: (Dando un paso al frente, interponiéndose físicamente entre Saint-Germain y Juana, hablando con una voz helada que acalla el tono del francés) Mida sus amenazas, Julien. Mi esposa lleva en su vientre a un ciudadano francés y un heredero de la casa de La Riviere. Si una sola sombra cruza el umbral de mi residencia, no responderé ante el Cabildo... la flota de guerra del Barón de Mackau bombardeará este puerto antes de que termine la semana. Buenas noches, Comandante.

(El Conde se retira con Juana, dejando a Saint-Germain petrificado en medio del salón, comprendiendo que el cerco político se ha cerrado sobre su cuello).

CAPÍTULO 20: LA CAÍDA DEL FANTASMA

ESCENA 1

LUGAR: Plaza Matriz y Balcón del Cabildo de Montevideo. ESCENARIO: Día gris y ventoso. La plaza no está de fiesta; una multitud silenciosa y hosca de criollos, comerciantes desposeídos y soldados de la tropa regular rodea el edificio del Cabildo. El bloqueo de víveres impuesto por Anacleto ha dejado sentir sus efectos, y los pasquines impresos por el Padre Faustino con las pruebas del pacto de Burdeos han circulado de mano en mano por todos los cuarteles.

En el balcón del Cabildo, "EL NEGRO" pretende dar un discurso para calmar a las tropas, pero la multitud permanece helada.

*(De repente, el gran portón de roble del Cabildo se abre de par en par. Juana Correa, vistiendo un sobrio vestido negro de luto por su padre pero luciendo la joya de la familia diplomática, camina hacia el centro de la plaza acompañada por el Conde Henri y el Padre Faustino, quien viste sus hábitos sacerdotales completos).

PADRE FAUSTINO: (Su voz anciana y potente retumba en la plaza, levantando en alto los pliegos originales con el sello de cera de Burdeos) ¡Pueblo de Montevideo! ¡Soldados de la Patria! ¡Miren bien las manos del hombre que se hace llamar su Protector! Aquí están los recibos del oro pagado por la corona francesa para comprar la aduana y desarmar los campamentos del norte. ¡Aquí está la firma de Julien de Saint-Germain, el hombre que mandó matar al General Ledesma y al Caudillo Pantaleón Correa!

*(Un murmullos sordo y amenazante recorre las filas de los soldados. "El Negro" intenta llevarse la mano a la empuñadura de su espada, pero al mirar hacia la entrada de la plaza ve aparecer a ANACLETO "EL CHASCO" SILVEIRA montado a caballo, flanqueado por sus veinte lanceros de vanguardia y el CAPITÁN TOMÁS).

ANACLETO: (Avanzando a paso lento con su caballo, levantando su lanza patria) ¡Se acabó la mentira, francés! La tropa del norte no responde a tus órdenes ni a tus libras de oro. Responde a la tierra donde están enterrados nuestros muertos.

JUANA CORREA: (Avanzando hasta las escalinatas del Cabildo, mirando hacia el balcón donde Saint-Germain ha quedado acorralado por sus propios oficiales) Quisiste borrar mi apellido, quisiste comprar nuestra soberanía y creíste que una mujer de la campaña no sabría jugar tu guerra de sombras. Mi padre murió bajo tu acero... pero hoy la Patria contempla tu caída.

(Los propios oficiales de la guardia de la Comandancia le dan la espalda a "El Negro" dentro del balcón, desenfundando sus armas para arrestarlo. Saint-Germain, comprendiendo su derrota definitiva, deja caer su espada de honor sobre el piso de baldosa, mientras la multitud en la plaza estalla en un grito unánime de justicia y libertad).

FIN DE LA TEMPORADA 2