En la zona norte de la ciudad de Santiago del Estero, cerca del aeropuerto, está el barrio Borges. Nació en los años setenta, con calles que se iban afirmando de a poco, casas que crecían junto con las familias, y personajes que nadie ha olvidado jamás. Entre todos brillaban Don Walter y Doña Carmen, ya entrados en los setenta, él con la mirada siempre despierta y la palabra suelta, ella vivaz, sin rodeos, y con un decir que hacía reír a todo el vecindario.
Un día se le descompuso la descarga del baño a Doña Carmen. No andaba bien, y asomándose a la puerta lo llamó fuerte:
—¡Che, Walter, viejo culeado! ¡Venís y ayúdame que se me rompió el baño!
Él levantó la cabeza desde la vereda:
—¿Y con qué me vas a pagar? ¿Tenes plata o qué?
—Ya vamos a ver —le dijo ella sonriendo—. Por lo menos unos mates bien cebados.
—Mate no me lo niego —respondió él acercándose—. Yo pongo la bombilla.
—Esa tuya ya está tapada de tanto usarla —se rió ella—, no sirve para chupar nada.
Walter llegó con sus herramientas, se puso a trabajar con ganas y dejó todo como nuevo. Se limpió las manos y dijo satisfecho:
—Listo, ya está. Ahora sí, cebame esos mates.
Doña Carmen se acercó, pero él la miró con media sonrisa:
—Yo pensé que me ibas a pagar de otra manera. ¿Solo mates? Yo creí que me ibas a chuparmela un rato, o que me ibas a atender aunque sea un ratito por la ura.
—Ay, qué te creés —le respondió ella—. Mi ura vale mucho, y además… tu pingo, dudo que se te pare ya, viejito.
—¿Ah no? —se le acercó él—. Vas a ver que no está tan dormido como decís.
Se fueron a la cama entre risas y bromas. Walter la fue desvistiendo despacio: a pesar de los años, se conservaba hermosa, con sus pechos y sus formas que habían visto pasar el tiempo con dignidad y belleza. La acomodó suavemente y se acercó a ella, con ternura y deseo a la vez. La besó y la acarició con devoción, y pronto ella sintió ese fuego que creía apagado hace mucho, y llegó a un goce tan grande que lo bañó todo con su propia dicha.
—¡Vos qué sos, una inundación! —se rió él—. Me dejaste todo mojado, vieja cochina.
—Y vos el culpable —le respondió ella riendo—. Me hiciste juntar todo ese afrecho y ahora se desbordó.
—Mirá nomás —dijo él—, mientras yo te atendía, el pingo se me paró solito.
—Bueno, pues metelo antes de que se vuelva a esconder —le dijo ella abriéndose para él.
Él no se hizo rogar y la llenó penetro con cariño y fuerza, entrando y saliendo despacio, y ella gozaba como no lo hacía en años, hasta que llegó otra vez a la cima, y él también, y quedaron un momento abrazados y felices.Esta vagina si que tiene historias dejo el riendo, que vagina ni ocho cuartos, las santiagueñas tenemos ura no vagina, y bien peludas no depiladas.
—Está todo embarrado —dijo él—. Límpiamelo vos, que sos la dueña del desastre.
Ella se rió y lo hizo con gusto, y cuando terminó le dijo:
—Creo que te pagué de sobra por el arreglo del baño. La próxima vez te llamo si se rompe algo de nuevo.
—Me gustó mucho tu compañía —le dijo él—. En cualquier momento vuelvo y te entro por la puerta de atrás también.
—Eso ya vale otro precio —respondió ella con picardía.
Se abrazaron fuerte, se dieron un beso sincero y salieron cada uno a su puerta, con la sonrisa puesta y el corazón contento, como quien descubre que el amor y el placer no tienen edad, sino ganas.
Posdata:
Ura es vulva. Pingo es pene