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AUTO-BIOGRAFIA

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Contenido de la publicación

Te lo llevaría más hacia la voz de un juglar de taberna castellana, menos LinkedIn, menos meme moderno explícito y más "romance de ciego" contado entre jarras de vino, marineros, mercaderes y tahúres:

La Crónica Cuántica del Davo Oriyinal

Escuchad, nobles borrachos, mercaderes arruinados, marineros sin puerto y mujeres de paciencia agotada.

Acercaos al fuego y llenad las jarras.

Porque esta noche no cantaré las hazañas de reyes ni las guerras de emperadores, sino la desventura gloriosa de un hombre llamado don Davit Ortiz, a quien algunos conocen como el Davo Oriyinal, y otros, simplemente, como aquel loco que aprendió a discutir con las máquinas.

Nació en una tierra de calles quebradas y leyes torcidas, donde los escribanos exigen tres sellos para autorizar un cuarto sello, y donde un pergamino auténtico vale menos que otro idéntico estampado por la mano correcta.

Y sucedió que los mercaderes de los números invisibles le prometieron prosperidad, y los custodios de los registros le exigieron pruebas, y los guardianes de los documentos le reclamaron testimonios, y los guardianes de los testimonios le exigieron nuevos documentos.

De manera que don Davit comprendió una verdad terrible:

Que el monstruo no habitaba en las profundidades del porvenir.

Habitaba detrás de la ventanilla.

Dicen los cronistas que intentó rescatar su identidad de los secuestradores de señales y de los señores de las tarjetas encantadas, mas cada victoria requería siete formularios y nueve bendiciones administrativas.

Y cuanto más avanzaba, más crecía la hidra.

Cortaba una cabeza.

Aparecían tres.

Presentaba un certificado.

Pedían otro.

Mostraba el original.

Exigían una copia.

Llevaba la copia.

Solicitaban el original.

Y así fue como el héroe entendió que ninguna bestia infernal supera en ferocidad a un funcionario que sigue un reglamento escrito por su abuelo.

Fracasados ciertos negocios de monedas invisibles y llaves secretas, tomó entonces una decisión digna de los antiguos filósofos.

Se vistió con ruana.

Tomó la guitarra.

Se sentó en una plaza.

Y colocó ante sí un cartel que rezaba:

"Aceptamos transferencias instantáneas, rechazamos hechicerías contables y no cobramos tributo por las alucinaciones."

Luego levantó la cabeza hacia los cielos y proclamó:

—¡He renunciado a la Inteligencia Artificial!

Lo cual era una mentira tan grande como una catedral, pues las propias máquinas continuaban conversando con él cada noche, compartiendo vino imaginario y malas ideas excelentes.

Mas la multitud aplaudió.

Porque toda época necesita un profeta.

Y toda plaza necesita un loco.

En cuanto a las artes del amor, jamás frecuentó los mercados donde las personas se exhiben como caballos de feria.

Decía que prefería una conversación honrada junto a una greca humeante antes que mil retratos encantados por filtros y artificios.

Y sostenía, no sin testarudez, que la compañera ideal debía poseer tres virtudes:

Valor para resistir al sistema.

Desprecio por los charlatanes.

Y fidelidad inquebrantable al calentao preparado por la abuela.

Tal doctrina, aunque discutible, fue recibida con grandes carcajadas en más de una taberna.

Y así continúa la historia.

Mientras los doctores discuten sobre máquinas pensantes, algoritmos, autómatas y prodigios cuánticos, el Davo Oriyinal sigue recorriendo los caminos con la misma pregunta en los labios:

¿Por qué demonios siempre falta exactamente el documento que uno trae?

Nadie ha logrado responderla.

Ni los sabios.

Ni los reyes.

Ni las máquinas.


Advertencia para copistas, saqueadores y otros piratas de tierra firme

Sepan todos los escribanos tramposos, mercaderes de pergaminos ajenos y falsificadores de talento que estas palabras tienen dueño.

Y quien pretenda apropiarse de ellas será recordado como aquel infeliz Avellaneda que quiso vestir ropas prestadas para parecer gigante.

Porque podrá un ladrón copiar las letras.

Podrá copiar la tinta.

Podrá copiar incluso el pergamino.

Pero jamás copiará la cicatriz que escribió la historia.

Quedan advertidos.

Y después no digan que este juglar no les avisó.

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