En la banca de una estación de tren vi a un señor abismado en las páginas de un libro que llevaba por título algo sobre el amor a la distancia. La intriga terminó ganándole al pudor, así que rompí el hielo:
—Disculpe la molestia, pero me dio curiosidad... ¿usted cree en esos amores que se viven de lejos? Lo digo por lo que está leyendo.
El hombre despegó los ojos de las hojas, soltó un suspiro con sabor a recuerdos y me regaló una sonrisa serena:
—En mis tiempos de juventud me enamoré hasta los huesos de una muchacha. Hablábamos a diario; la vida se nos iba entre llamadas eternas y cartas que tardaban semanas en llegar. Por entonces no había pantallas ni fotos instantáneas, así que nunca supe cómo era su rostro. Pero para mí no había otra: era la mujer más hermosa sobre la tierra. Su voz por el auricular y el trazo de su letra eran lo más bello que la vida me había dado.
Hizo una pausa breve, como si al recordarla volviera a respirar aquel aire, y siguió:
—Pasaron los años y la distancia no cedía. Estábamos de punta a punta en el mapamundi y la pobreza no perdona: ni ella tenía cómo venir, ni yo con qué ir a buscarla. Si hubiera tenido un par de monedas en el bolsillo, me habría comigo el mundo por ir a verla, pero la realidad era otra. Hasta que una tarde me llamó para confesarme, entre lágrimas, que se había enamorado de alguien de su pueblo. Me rompió el alma en mil pedazos, pero no podía reprocharle nada. La vida de lejos exige mucho y ofrece poco.
El murmullo distante de un tren llenó el silencio por un segundo. Luego, el señor me miró a los ojos y añadió:
—El tiempo acomodó las piezas. Más adelante volví a enamorarme, me casé, y hoy sigo al lado de una gran mujer a la que protejo y cuido como a mi propia vida. Pero si te soy transparente, muchacha... ese amor de juventud, así, sin piel, sin besos y a miles de kilómetros, fue la historia más linda y luminosa que me tocó vivir. Hay amores que no necesitan tocarse para quedarse a vivir en uno para siempre.Un amor que no necesitó de piel para ser eterno, porque habitaba entero en el alma.