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"Almas prisioneras, cuerpos en martirio"

FERNANDOBARBOSSEUDONIMO

Contenido de la publicación

TABLA DE CONTENIDO

 CAPITULO 1:  TRISTE Y REPETIDA HISTORIA DE LOS DESPLAZADOS EN COLOMBIA................................PAG. 3

CAPITULO 2: RECLUTAMIENTO FORZADO ...........PAG 27

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"El Eco de los Sin Voz"

“Muchos años después, demasiadas historias perdidas en el tiempo del olvido, tantas lágrimas derramadas que nacieron nuevos ríos y tanta sangre como para teñir millones de banderas de mi patria, acá en un rincón de un cuarto miserable escondido en alguna gran ciudad, escribo esto porque el silencio es el mejor aliado del verdugo. Durante décadas, en los confines de la República Bananera, la libertad no ha sido un derecho, sino un rumor lejano que se apaga con el estruendo de un fusil o el roce de una hoja de coca.

Yo estuve allí. No como un observador distante, sino como alguien que respiró el mismo aire viciado por el miedo que mis vecinos. Vi cómo las asociaciones de vecinos, creadas para el progreso, se transformaban en tribunales de sombras bajo el mando de hombres sin rostro. Vi a padres obligados a canjear el sudor de su frente por pasta de coca, entregando su destino a quienes dicen ser ley, pero solo conocen el martirio.

Desde mediados de los ochenta hasta este presente que se repite como una condena, he guardado los nombres y los lamentos. En estas páginas, los personajes que conocerán tienen nombres prestados para proteger lo que queda de sus vidas, pero sus heridas son reales. Esta es la crónica de las almas que permanecen prisioneras en territorios donde el Estado es un fantasma y la ambición es el único Dios. Que el mundo lea, porque mientras el consumo y la corrupción sigan alimentando esta maquinaria, estas palabras serán lo único que nos salve del olvido."

CAPITULO 1 DE LA SERIE

“LA TRISTE Y REPETITIVA HISTORIA DE LOS DESPLAZADOS”

Muchos años después las gentes que habitaban las zonas de influencia guerrillera habrían de recordar, como un hito histórico aquella tarde, cuando el calor en el caserío de Puerto Silencio, en las entrañas de las selvas del Guaviare, no era solo por el sol de mediodía; sino también por la cercanía del miedo. En la plaza de tierra batida, bajo un guayacán florecido, se había instalado el "Tribunal del Pueblo"; nombre nuevo para las gentes de las zonas dominadas por distintos frentes guerrilleros.

       No había jueces de toga, sino tres hombres con camuflados raídos y fusiles terciados al pecho. Como todo juicio el acusado estaba de pie frente a la mesa de sus acusadores, escoltado por dos guerrilleros jóvenes, se trataba de don Samuel, un campesino de manos nudosas que había llegado a aquellos andurriales procedente de Boyacá, buscando un futuro, para él. su esposa y sus 3 hijos, Su delito no figuraba en ningún código penal del mundo civilizado, pero en la selva, era una sentencia de muerte: había vendido tres kilos de pasta base de coca a un "comprador libre" en lugar de entregárselos al intermediario autorizado por la organización subversiva.

       Cuatro miembros de la Junta de Acción Comunal (JAC), que meses atrás Samuel ayudó a fundar para gestionar un puesto de salud, ahora servían de jurado forzado. Los vecinos miraban al suelo, sabiendo que una palabra de defensa los pondría en la fila de los acusados.

—Usted traicionó la confianza de la revolución, Samuel— dijo el comandante, cuya voz sonaba como el roce de dos piedras. —Esa plata que se ganó por fuera es plata que le quitó a la causa. Y aquí, la traición se paga con trabajo, con tierra, o con la vida.

        Samuel intentó explicar que su hija ardía en fiebre y que el comprador de la guerrilla, o el traqueto autorizado llevaba dos semanas sin pasar por el caserío. No hubo réplica. El veredicto fue inmediato: Samuel debía entregar su parcela, trabajar seis meses en las "cocinas" de la organización sin paga y, como advertencia final, recibiría diez latigazos frente a todos para que el mensaje quedara claro: en Puerto Silencio, el dueño de la vida, de la muerte y del precio de la coca, era el fusil.

Al caer la tarde, Samuel ya no era dueño de nada. Su nombre se sumaba a la lista de almas prisioneras, cuyo martirio apenas comenzaba en un territorio donde el Estado era solo una bandera vieja y descolorida en la escuela abandonada. Su esposa huyo hacia la ciudad llevándose a sus hijos pequeños, la mayor de escasos 14 años de nombre Marucha pidió trabajo en la cantina como mesera, todera y con obligación de vender favores sexuales a los clientes.

       En el caserío de Puerto silencio, donde el río se arrastra como una serpiente de plata herida y el calor es un sudario que no da tregua, la desgracia de don Samuel no entró por la puerta, sino que brotó de la misma tierra que antes le daba de comer. Aquella parcela que una vez fue cuna de maizales, coca y esperanza, terminó devorada por el polvo blanco que todo lo marchita, cuando el hombre, cegado por el brillo falso de unos pesos, trocó tres kilos de esa nieve maldita por su propia vida.

         Fue un negocio con el diablo que se cobró los intereses en carne propia, pues apenas el rastro del dinero se hizo humo, como pago de unos medicamentos, la ley de los hombres de la selva cayó sobre sus hombros como un aguacero de piedras. La tierra, que tiene memoria y no perdona la traición de quien le siembra veneno, se le puso huraña, negándole hasta el derecho de caminarla, dejándolo náufrago en su propio destino mientras el silencio de los muertos empezaba a rondar su rancho.

—¡Ay, Samuel, que la ambición le pudrió el juicio y nos dejó en la pura calle, con el alma en un hilo y los pies descalzos! —gritó su esposa, con la voz quebrada como un cántaro que se golpea contra la piedra del río. Aquella mujer, que tenía la fuerza de la palma real, no esperó a que la miseria le terminara de lamer los huesos y, cargando a los dos menores como si fueran fardos de pura pena, se perdió por los caminos que se traga la manigua antes del alba.

          No hubo despedida, solo el eco de unos pasos huyendo del estigma y el olor a miedo que se queda pegado a las paredes cuando el amor se va sin mirar atrás, dejando un vacío que ni todo el aguardiente del mundo podría llenar. Samuel se quedó ahí, parado como un espantapájaros en mitad de la nada, viendo cómo su sangre se dispersaba por el mundo mientras las nubes, cargadas de presagios negros, lloraban una lluvia espesa que sabía a derrota.

         La desgracia, que nunca viene sola, sino que trae a toda su parentela, se ensañó con la más grande, la muchacha que tenía los ojos como dos lagunas profundas y el andar de garza real. Ella no se fue, se quedó amarrada a Puerto silencio, pero no a la tierra sino a las sombras de la cantina "El Último Suspiro", donde ahora sirve licor y entrega el cuerpo por unas monedas que huelen a sudor y a olvido.

       Allí, entre el humo del tabaco y la música de despecho, o los corridos prohibidos, que rayan el alma, con historias de jefes de la mafia que en vez de hojas de coca andan inundados de billetes verdes de dólar, la hija de son Samuel, Marucha se ha convertido en una estatua de sal que solo cobra vida cuando el alcohol le adormece la memoria de lo que un día fue. Es una mariposa con las alas quemadas por el aceite de las lámparas, una mujer que vende sus besos para no morir de hambre en ese pueblo donde hasta los ángeles tienen precio y el perdón es un lujo que nadie puede permitirse. Samuel la mira de lejos, con el corazón hecho un puño de trapo, sin atreverse a cruzar el umbral de ese antro donde su propia hija se desdibuja cada noche, a veces se limita a mirarla desde lejos y a llorar la desgracia que ahora los mantienen atrapados, pero él no olvida que es su hija y ella añora su ternura de padre.

—Vea, don Samuel, que aquí en Puerto Amor la vida no vale un real si uno se descuida, y esté se descuidó de a mucho —le dijo el viejo Teófilo, mientras mascaba una hoja de coca que parecía una mancha verde en su boca desdentada. El aire se puso pesado, como si las almas de los que cayeron en la guerra de la coca se hubieran sentado a escuchar la charla bajo la sombra del guayacán. En este pueblo, donde las flores sangran y los pájaros olvidaron el canto para aprender a gritar, la realidad se confunde con los sueños más negros, y dicen que a veces se ve a la parcela de Samuel, como queriendo caminar sola por las noches, buscando a su dueño.

          Es un realismo de espanto, donde lo imposible se vuelve cotidiano y la miseria se viste de luces para salir a bailar en las fiestas de los patrones que mandan en la selva. Samuel asiente, con la cabeza gacha, sintiendo que la tierra ya no lo reconoce y que el cielo se ha vuelto un techo de zinc oxidado que lo aplasta sin remedio alguno.

—¡Qué va, don Teo, si es que uno nace “marcado” por la mala estrella y por más que corra, la sombra lo alcanza y lo tumba! —respondió Samuel, con un acento que arrastra las palabras como si llevara un bulto de café al hombro. Sus manos, antes firmes para el azadón, ahora tiemblan como hojas de plátano al viento, buscando un consuelo que no llega ni en la botella, ni en el rezo. Puerto Silencio sigue ahí, estancado entre el río y el monte, un lugar donde el tiempo no corre, sino que da vueltas en círculo como un perro que se quiere morder la cola.

     El relato de su vida es ahora una leyenda que se cuenta en voz baja, la historia del hombre que quiso ser rey de la nieve y terminó siendo esclavo del barro, cumplido la sentencia y sigue por ahí rondando, se hizo un rancho a orillas del caño y cuando no está trabajando, o viendo a su hija de lejos se refugia allí con una botella de alcohol y su tabaco. Y mientras Marucha sigue vendiendo su martirio en la barra, Samuel espera que la muerte se apiade de él y le devuelva, al menos en el último suspiro, la paz que perdió por tres kilos de la pasta del infierno.

         La historia de don Samuel y su estirpe es un rosario de cuentas negras que se desgranan en el lodo de Puerto Silencio y en los callejones sin luz de la gran ciudad. A veces Don Samuel arrastra sus alpargatas por el tablón podrido de la cantina, sintiendo que cada paso es un clavo que se entierra en su propia vergüenza de padre derrotado. Allí, bajo el parpadeo mortecino de un foco que atrae polillas suicidas, su hija mayor —la que antes olía a cántaro limpio y a viento de montaña— ahora exhala un tufo a rones baratos y a perfumes de farmacia. La muchacha lo mira con unos ojos que son dos pozos de ceniza, sin reclamos, pero escondiendo la ternura, mientras se acomoda la falda corta frente a un espejo manchado de salitre y de olvido.

        Samuel intenta articular una palabra, un "hija" que se le queda atascado en la garganta como una espina de pescado, mientras ve cómo un borracho de manos callosas le rodea la cintura con la confianza del que ha pagado por la carne. Es una ignominia que se mastica lento, un sabor a hiel que don Samuel traga noche tras noche, viéndose reflejado en el brillo de las botellas como el arquitecto de aquel burdel donde su propia sangre se remata al mejor postor.

—Váyase al rancho, taita, que aquí el aire quema y esté ya no tiene agua paz' apagar este incendio que nos dejó —le suelta ella con un acento que ya no es de campo, sino de hierro y de callejón. El viejo baja la cabeza, sintiendo que el sombrero le pesa más que un bulto de plomo, y sale a la noche de Puerto Silencio, donde los grillos parecen afilar machetes en la oscuridad.

       El realismo de su desgracia es tan espeso que el hombre jura ver a sus ancestros salir de la selva para escupirle los pies por haber trocado la dignidad por el polvo maldito. La niña, que ayer jugaba a saltar los charcos, hoy salta de cama en cama buscando una moneda que le limpie el hambre, aunque le ensucie el alma para siempre. Es el martirio de la carne que se vuelve mercancía en un pueblo donde Dios se olvidó de poner oficina y el diablo atiende en cada esquina, cobrando diezmos de juventud, decencia y de llanto.

         Mientras tanto, a leguas de allí, la madre huyo por caminos que se deshacían bajo la lluvia, cargando a los dos hijos menores como si fueran los últimos restos de un naufragio. La miseria le salió al encuentro en la terminal de buses, una bestia de mil dientes que le arrebata el poco aliento que le quedaba tras dejar atrás la parcela convertida en cementerio. Llego a la capital, ese monstruo de cemento que no sabe de cosechas ni de soles, y se hundió en el vientre de un inquilinato donde el aire huele a orines, a bazuco y a desesperanza.

         Una de tantas pocilgas que llaman inquilinato, Allí comparte el techo con malvivientes de ojos turbios y ladrones que sueñan con el gran golpe, mientras les roban el sueño a los vecinos, en una vecindad donde las paredes son de cartón y los secretos se gritan a medianoche. El hambre, esa perra flaca que no entiende de razones, empieza a ladrarle en el estómago a sus niños, obligándola a mirar hacia el abismo que antes tanto temía.

—¡Ay, mis muchachitos, que la ciudad es más brava que el monte y aquí nadie regala ni un saludo si no es por sacar provecho! —solloza ella, apretándolos contra su pecho marchito. Para que los pequeños no se duerman con el rugido de las tripas vacío, la mujer entrega lo último que le queda: su propio cuerpo, en esquinas donde la luz no llega y el frío le cala hasta los huesos de la memoria. Se prostituye con la urgencia del que se está ahogando, compartiendo el pan con delincuentes que, en su miseria, son los únicos que le ofrecen un espacio en ese infierno de paredes descascaradas. Lejos del esposo que la traicionó y de la hija que se quedó en aquel caserío cocalero, ella vive su propio calvario, convirtiéndose en una sombra más de la urbe, una madre que vende jirones de dignidad por un plato de sopa rancia.

         La huida de Marucha no fue un acto de desesperación, sino un frío cálculo de supervivencia en el que la inocencia, degollada hacía tiempo, ya no reclamaba sepultura. Una madrugada de esas en las que el río Guaviare parece arrastrar las penas de todos los muertos de la selva, ella empacó su escaso equipaje: tres mudas de ropa que olían a tabaco ajeno y un fardo de billetes sudados que había ido escondiendo en el forro de su colchón de paja. Ya no era la niña que trenzaba margaritas, sino una mujer de mirada de piedra, una "prosti redomada" que aprendió a leer las intenciones de los hombres antes de que estos soltaran el primer suspiro.

        Salió de la cantina "El Último Suspiro" sin mirar atrás, dejando a su padre sumido en el sopor del aguardiente, convencida de que el sacrificio de su carne debía servir para algo más que para alimentar la culpa de un viejo derrotado, le dejo una carta en una hoja de cuaderno amarillenta, con la promesa de que mandaría a buscarlo. Mientras el campero se alejaba de Puerto Silencio, ella acariciaba el dinero oculto entre sus pechos, sintiendo que cada billete era un pedazo de dignidad recuperado a dentelladas.

—¡Vaya con Dios, muchacha, que en esta tierra el que no vuela, se pudre como el plátano al sol! —le gritó un lanchero que madrugaba a sus faenas, sin saber que ella llevaba el infierno en las maletas y la ambición en las venas.

       En su camino hacia la ciudad, esa selva de cemento donde los depredadores usan corbata y las presas no tienen nombre, la hija de Samuel se cruzó con otras vidas que se deshilachaban en las terminales de transporte. Reconoció a un exguerrillero que buscaba el perdón en el fondo de una botella de pegante y se acompañaba de una costurera que había perdido los ojos de tanto remendar uniformes de ejércitos invisibles. Ella, con la astucia que da el haber sobrevivido a los zarpazos de Puerto Silencio, los miraba con un desprecio teñido de lástima, sabiendo que, en este mundo de realismo trágico, solo el que tiene el oro pone las reglas de la oración. Su plan era claro: usar la belleza que le quedaba para escalar el muro de la miseria, cobrándole a la vida cada lágrima que su madre derramó al huir con sus hermanos.

         Mientras tanto, en el inquilinato donde la madre se marchitaba, la vida se cruzaba con el destino de un carterista llamado "El Gato", un hombre que tenía la agilidad de una sombra y el corazón endurecido por los inviernos de la calle. En esa vecindad de techos altos y esperanzas bajas, la mujer compartía la cocina de leña con una viciosa que juraba hablar con los santos mientras se inyectaba el olvido en las venas. El hambre seguía siendo el reloj que marcaba las horas, pero ahora la madre de los niños menores había aprendido a pelear las sobras en el mercado, prostituyéndose en los callejones traseros a cambio del dinero suficiente para un kilo de arroz, un par de huevos y la cuota del arriendo.

        La miseria los había hermanado a todos en una danza macabra de supervivencia, donde el ladrón cuidaba a los niños mientras la madre salía a vender su martirio, creando una familia de náufragos en mitad de una ciudad que los ignoraba con la crueldad de un dios ciego.

—Vea, doña, que aquí el que no roba, se muere de hambre, y el que roba, se muere de un tiro; es mejor irse por la sombrita y no preguntar de dónde viene el pan —le decía "El Gato" mientras le pasaba una moneda ganada en un descuido ajeno. La madre asentía con la cabeza gacha, sintiendo que el espíritu de Samuel la perseguía en el olor del bazuco que flotaba en el pasillo, una presencia fantasmal que le recordaba la parcela perdida y la hija abandonada en el puerto de los dolores.

      Pero entre tanto dolor y culpa la confortaba pensar que algún día Samuel volvería trayendo consigo a la “niña grande”. Eso alegraba   su existencia, viendo las sombras de las ratas que, según juraban los borrachos, bailaban cumbias en el patio central cuando la luna estaba llena. Eran vidas cruzadas por el mismo hilo de sangre y coca, una red invisible que conectaba el fango de la selva con el hollín de la metrópoli, donde la única moneda de cambio era el dolor.

        Don Samuel, en su soledad de Puerto Amor, creía ver que los objetos en su rancho cobraban vida propia, como si la ausencia de su familia hubiera dejado un hueco que la magia de la selva quería llenar. Las camisas de sus hijos menores flotaban en el aire al atardecer y el peine de su esposa peinaba el viento con un sonido de lamento que le erizaba la piel al más valiente. Al enterarse de la huida de su hija mayor, el viejo sintió que el castigo, estaba llegando a su fin, con esperanza y oraciones, algo le decía que lo que planearon mucho tiempo se estaba cumpliendo, aunque estaba solo como un rey sin súbditos en un palacio de tablas de madera podrida y techo de paroy

       Se sentaba a esperar con una botella de ron vacía en la mano, pues hacía tiempo no se emborrachaba, alucinaba hablando solo con los fantasmas de los cocaleros que, como él, creyeron que el polvo blanco los sacaría de la pobreza y solo los llevó al fondo del barranco. La ignominia era ahora su única compañera, una sombra larga que se proyectaba sobre el suelo de tierra, recordándole que el que siembra vientos, cosecha tempestades de fuego.

—¡Es que la tierra me habla, Teo, me dice que mis hijos tienen hambre y que mi mujer está vendiendo hasta el alma en un rincón de mala muerte! —le gritaba Samuel al viejo cocalero, quien solo respondía con un silencio de siglos, ya las palabras de consuelo se habían agotado en la boca de aquel viejo amigo.

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      La hija, ya instalada en un hotel de paso en la ciudad, empezó a mover sus hilos con la destreza de una araña, usando el dinero ahorrado para comprar voluntades y ropas finas que ocultaran su pasado de cantinera. Se cambió el nombre y se inventó un linaje, decidida a que nadie más volviera a usarla como un trapo de cocina en una fiesta de borrachos. Su objetivo era encontrar a su madre y hermanos, no por amor, sino por el orgullo herido de quien quiere demostrarle al destino que se equivocó con ella. El cruce de estas vidas estaba por darse en un choque de trenes emocionales, donde la redimida se encontraría con la caída en un inquilinato que olía a final de acto

        El cierre de esta tragedia, que parecía escrita con la tinta indeleble del infortunio, encontró un resquicio de luz cuando el viejo Teófilo, movido por una piedad que no se compra con onzas de oro, decidió que Samuel no moriría como un perro sarnoso en el fango de Puerto silencio. Convenció a su amigo de que se fueran a buscar la familia, ahora que Marucha había escapado de este presidio, le dijo que al llegar a la ciudad no se alejarían de la puerta del terminal. Seguro que su hija estaría por allí buscando y esperando. El viaje fue un delirio de soles inclementes y noches de estrellas que parecían ojos de ángeles vigilando el regreso del pródigo, mientras Samuel, con el alma en un hilo, veía cómo la selva se quedaba atrás, llevándose el olor de la coca y el estigma de la parcela perdida.

         Al llegar a la gran urbe, ese monstruo de mil cabezas que ruge sin descanso, los 2 viejos se sintieron pequeños ante los edificios que rascaban el cielo, pero la brújula del destino y el arrepentimiento le marcaba el norte hacia la zona de inquilinatos más cercana de la terminal

—¡Vea, Samuel, que la vida da vueltas como un remolino en el río y hoy nos puso aquí para recoger lo que el viento no pudo llevarse del todo! —le decía Teófilo, mientras caminaban por calles que olían a hollín y a sueños rotos, buscando el rastro de una mujer que huyó para no morir. Mostrando una foto vieja de su mujer y los niños perdieron todo el día y por la noche fueron a dormir en casa de unos parientes de don Teófilo.

       La buenaventura quiso que un joven pariente de don Teófilo, creyera reconocer a doña Mariela aunque la foto era vieja, lo  mágico de la ciudad se manifestó cuando una mariposa amarilla, de esas que solo nacen en los maizales de la infancia, se posó sobre el hombro de Samuel en mitad de un semáforo en rojo, después voló delante de ellos y prácticamente los guio, en la puerta de un inquilinato, encontraron a la madre de los niños, una mujer que ya no lloraba porque se le habían secado las fuentes del alma, pero que mantenía el fuego encendido en una hornilla de barro.

     El encuentro fue un silencio que tronó más fuerte que un rayo en agosto, un cruce de miradas donde se perdonaron los pecados sin decir nada, mientras los hijos menores se aferraban a las piernas de un padre que creían convertido en leyenda de espanto.  Aquel mismo día La hija mayor, que ahora vestía ropa de marca comprada con el sudor de su propio martirio y ocultaba su pasado tras un nombre de reina, no se quedó atrás en esta cita con la redención que el tiempo los había preparado. Ella, que había rastreado a su madre con la astucia de una tigresa y valiéndose de unos cuantos billetes que sabían a revancha.

        Marucha llegó al inquilinato justo cuando el sol se escondía tras los cerros grises de la ciudad. Al ver a su padre allí, pequeño y tembloroso bajo el amparo de Teófilo, la coraza de "prosti redomada" se le partió como un cristal golpeado por una piedra, dejando salir a la niña que un día fue feliz en la parcela. No hubo reproches, porque en ese cuarto de inquilinato el dolor ya no cabía, y la muchacha, con un gesto de soberana bondad, puso sobre la mesa de madera vieja el dinero que había guardado con tanta saña, declarando que la familia nunca más volvería a saber lo que era el hambre ni el frío de una esquina olvidada.

—¡Taita, que ya la cuenta está paga y ahora nos toca inventarnos otra historia donde la nieve sea de verdad y no ese polvo que nos marchitó la vida! —sentenció la hija con una voz que recuperaba el acento de la tierra, mientras abrazaba a sus hermanos con una ternura que creía perdida para siempre. Don Samuel doña Mariela, con las manos juntas en oración y el corazón latiendo como un tambor de fiesta, comprendían que el perdón es una planta que florece hasta en el cemento si se le riega con lágrimas de verdad.

        Aquella casona, que antes era un antro de sombras y ladrones, pareció iluminarse con una luz dorada, como si las paredes desconchadas se convirtieran en muros de palacio y el aire rancio se transformara en brisa de montaña. Los vecinos viciosos y los malvivientes se asomaron a las puertas, guardando un minuto de respeto ante el milagro de una familia que se rescataba del abismo, reconociendo que hasta en el fango más profundo puede brotar una flor que no conoce de manchas.

        Esa noche no se comió sopa rancia, sino que el banquete fue de risas contenidas y de planes para comprar una tierrita lejos de la selva y lejos de la ciudad, un lugar donde el nombre de "Puerto Silencio", fuera solo un mal sueño en una siesta de domingo. Teófilo, el viejo amigo, sonreía desde la penumbra del pasillo, sintiendo que su tarea estaba cumplida y que ya podía regresar a su río con la conciencia tranquila de haber salvado un alma de las garras del martirio. La madre, recobrando el brillo en sus ojos de palma real, empezó a trenzar el cabello de su hija mayor como lo hacía antes de la tragedia, sellando un pacto de silencio sobre las noches oscuras que ambas tuvieron que cruzar para llegar a este puerto seguro.

       El sino de su nueva vida ya no era trágico, sino mágico de esperanza, una segunda oportunidad que la tierra les regalaba después de haberles cobrado un precio tan alto por un error de aventura y ambición.

—¡Mañana mismo nos vamos, que el sol ya no nos va a quemar la espalda sino a alumbrarnos el camino hacia una finquita propia donde nadie nos señale! —exclamó Samuel, sintiendo que la ignominia se disolvía en el café caliente que compartían en tazas desportilladas pero llenas de cariño. La hija mayor asintió, decidida a usar su inteligencia y su capital para que sus hermanos menores fueran hombres de bien, lejos de las garras de la coca y de los peligros de la calle que ella tan bien conocía.

       En aquel inquilinato, rodeados de gente que luchaba por un día más de vida, los miembros de la familia de don Samuel se durmieron abrazados, formando un solo cuerpo que ya no estaba en martirio, sino en paz. El destino, cansado de azotarlos, les dio un respiro, permitiendo que la historia de estas almas prisioneras terminara con el sonido de una llave girando en una cerradura que ya no encerraba penas, sino que abría las puertas hacia un mañana mejor.

       El regreso no fue hacia el calor asfixiante del Guaviare, sino hacia el abrazo fresco de las cordilleras, allá en su Boyacá del alma, donde el aire huele a café maduro y el Nevado del Cocuy vigila los pasos de los hombres como un abuelo de mármol. regresaron a la tierra de sus ancestros, donde el verde tiene mil matices y la dignidad se cultiva con paciencia de arriero. Con el capital que la hija mayor rescató del fuego de su propia desgracia, rehicieron su vieja finca de laderas empinadas, un lugar donde las nubes se enredan en los cafetales y el agua corre cristalina por las acequias, lavando por fin el rastro de lodo que la familia arrastró durante su vivir en la selva cocalera.

        Allí, Samuel volvió a sentir el peso bendito del azadón, pero esta vez no para sembrar el veneno que marchita el alma, sino para abonar el grano rojo, las maticas de yuca y de plátano que devuelven el honor a quien trabaja con manos limpias.

—¡Ay, Samuel, que aquí en la tierra sí le devuelve a uno el cariño, no como allá en ese infierno donde hasta los árboles parecían tener espinas! —exclamó la madre, mientras colgaba ropa blanca en un cordel que cruzaba el patio, sintiendo que por fin el sol no la perseguía, sino que la entibiaba. Sus hijos menores, ya recuperados de la palidez de los inquilinatos, crecen ahora con el acento golpeado de la gente de montaña, aprendiendo que la verdadera riqueza es el plato de fríjoles compartido sin miedo a que la puerta sea derribada por un fusil o una ley ajena.

      Resurge su vida cada mañana con la  magia del paisaje  de la región se siente en las madrugadas, cuando dicen que los duendes del café ayudan a recoger los granos más rojos de las matas  de Samuel, como un regalo de la montaña por haber tenido el valor de volver a empezar desde las cenizas, disfrutan de un café caliente , mientras  Mariela ordeña las vacas que compraron al volver; la hija mayor, Marucha la  "prosti redomada" y ahora  administradora de la esperanza familiar, camina por los surcos con una paz que nadie le pudo arrebatar ni en los peores callejones de la ciudad. Ella reflexiona sobre la ambición de aquellos que, como su padre en un momento de flaqueza, corren tras el espejismo del dinero fácil, ignorando que esa riqueza es una fiera que primero te lame la mano y luego te devora las entrañas.

         La vida en el campo boyacense les ha enseñado que la gente que persigue esos sueños de opulencia termina siendo prisionera de una jaula de oro con los barrotes hechos de remordimiento y sangre. En cambio, ellos hoy poseen la única fortuna que no se devalúa: el silencio de una conciencia tranquila y el derecho de ver el atardecer desde su propio corredor, sin deberle un beso al diablo ni una lágrima a la justicia.

FIN

San José del Guaviare mayo 2026

Fernando Barbosa seudónimo

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO 2

RECLUTAMIENTO FORZADO

El Reclutamiento Forzado: por parte de las guerrillas Cómo el sueño de "dinero fácil" seduce a los jóvenes, convirtiendo a hijos de campesinos cocaleros en verdugos de su propia gente.  El sol se caía a pedazos sobre los cocaleras cuando el "Tuerto" bajó del monte cargando una mochila que según el sonaba a monedas de oro y a promesas de esas que se quedan enredadas en la garganta. —Vea, mijo, que en la guerrilla la plata florece más rápido que el bledo y el que tiene fierro manda sobre el que solo tiene callos— le susurró a Jairo, mientras un viento frío de mala hora empezaba a marchitar las flores del patio. El muchacho miraba sus tenis rotos, que ya conocían cada piedra del camino al caserío del Hatillo.

          Él era un muchacho  al que poco trabajo le daban  como “raspachin”, a pesar de ser bastante alto, y ser hábil recolectando hoja, su fama de borracho, enamorado  y pendenciero, lo alejaba de las raspas   su madre se daba formas de quitarle un hambre de importancia que le quemaba las tripas, además le daba pesitos para que se tomara sus agrias  de vez en cuando, pero él tenía una idea  en la cabeza desde  pequeño, quería ser jefe guerrillero, su madre siempre le repetía la misma letanía,  —Si se va con ellos, el alma se le va a volver un pozo de agua estancada y la sombra se le va a despegar del cuerpo por la vergüenza— trataba de aconsejarlo, además le conseguí trabajos en pequeñas chagras, pero Jairo no duraba en esos  trabajos.

          A él le gustaba trabajar en las siembras grandes, pues allí siempre había hasta 2 cocineras y los trabajadores  por las tardes consumían trago, pero ahí era donde surgían las riñas, si no era por una mujer, era por malos tragos, doña Engracia que aún era joven y tenía fama de buena raspachin, lo sobrellevaba y le daba gusto con tal de no dejar que se enrolara en la guerrilla---mijo esa vida no es como la pintan, esos hombres llevan una vida dura allá hay disciplina y a los pendejos lanzados como tú los ponen donde los tiros los encuentren más ligero--- sentenciaba  su madre desde la cocina, mientras las arepas en el fogón  empezaban a llorar un aceite negro que olía a despedida y a entierro.

        Jairo no escuchaba, pues en sus ojos ya bailaba el brillo de las hebillas de plata y el peso de un fusil que le prometía ser el dueño de su propio destino y del ajeno. Cualquier día se decidió y se recluto solito, para comprender demasiado tarde lo que su madre le decía, en los entrenamientos muy pocos, por cierto, al primer paso que daba hacia la espesura, el camino se estiraba como una serpiente herida y los pájaros del monte callaban, para no ser testigos de la entrega de una vida al servicio de la muerte. —Camine derecho, que aquí el que flaquea se vuelve abono para las palmas y el miedo es un lujo que se queda enterrado en la vereda de sus viejos— bramaba el comandante, cuya voz tenía el eco de las piedras chocando en el fondo de un barranco profundo.

       Los primeros días Jairo sintió que los pies se le ponían pesados, como si la tierra misma tratara de amarrarlo para que no cruzara el umbral donde el hombre se vuelve lobo de su misma sangre campesina. En el campamento, el aire sabía a pólvora y a sudor rancio, un ambiente espeso donde las mariposas se volvían de plomo apenas tocaba el cañón de los fusiles que relucían bajo la luna enferma. —Deme esa mano, que hoy nace un soldado y muere un ordeñador de vacas, y sepa que de aquí no se sale sino con los pies por delante o con el mando en el puño— le dijeron, mientras le entregaban un uniforme que olía a la piel de un muerto que aún no terminaba de enfriarse del todo. La primera noche con arma, el fusil le pesó más que el palo de guayacán con que lo entrenaron hasta sentía que el acero le succionaba el calor de las manos hasta dejarle los dedos convertidos en raíces de hielo seco.

        —No piense tanto, que el pensamiento es el primer enemigo del que quiere comer caliente y dormir con el poder bajo la almohada— le aconsejó un compañero que ya no tenía ojos, sino dos cuencas llenas de una niebla gris que lo veía todo sin mirar a nadie. Jairo intentó recordar el olor del café recién colado y el canto del gallo de su casa, pero el monte se tragaba los recuerdos con un ruido de mandíbulas de piedra que trituraban cualquier rastro de la infancia perdida. —Mañana vamos a la vereda de abajo a cobrar el impuesto de guerra, y usted será el primero en entrar a la finca de los González para que aprenda a mandar— le ordenaron, y el corazón le dio un vuelco como un animal atrapado en una trampa de lazo que se aprieta más con cada movimiento.

          El joven sintió entonces que su sombra ya no era suya, sino un fantasma largo y oscuro que se arrastraba por el suelo buscando una salida que la selva le negaba con mil brazos de espinos. Tal como presintió la primera salida y el primer “morraco”, para anotar en su libro de crucecitas.  El aire en el campamento se volvió una mortaja de neblina espesa que se metía por los poros, cargada con el olor a pólvora y la mirada vidriosa de don Lucas, su muertito que no se le despegaba de las pupilas al muchacho. Jairo sentía que el fusil, recostado contra el horcón de la caleta, lo observaba con un ojo de acero frío que juzgaba cada uno de sus respiros entrecortados y amargos. —No ponga esa cara de ánima en pena, que la muerte es el único bautizo que nos quita el olor a bosta de vaca y nos pone el de hombres de respeto— le soltó el "Tuerto", mientras escupía una saliva negra de tabaco que parecía quemar la tierra misma donde caía. Así de contaminada era la boca de este viejo guerrillero.

         El joven cerró los ojos, pero en el cine de sus párpados veía a las vacas de la finca de los González mugiendo un llanto de sangre que inundaba los potreros hasta ahogar el recuerdo de su propia infancia. Sentía que las manos le pesaban toneladas, como si el plomo disparado se le hubiera quedado fundido en los huesos, convirtiéndolo en una estatua de carne condenada a cargar con el muerto a sus espaldas por los siglos de los siglos. El monte, que antes le parecía un refugio de sombras amigas, ahora le susurraba insultos con el roce de cada rama y el crujir de la hojarasca, bajo sus botas de recluta recién parido por la violencia.

        La noche se hizo eterna como un velorio sin café, y las lechuzas empezaron a cantar el nombre de Jairo con una voz que imitaba los gritos de las viejas de la vereda cuando recogen a sus difuntos. —Dígame, compañero, ¿será que la mancha de la sangre se quita con el agua del río o es que uno ya se queda teñido de rojo por dentro hasta que le toque el turno? — preguntó el muchacho con un hilo de voz que parecía romperse con el viento, buscando una absolución que no existía en esos parajes de pecado.

         El tuerto lo miró con unos ojos que eran dos pozos de ceniza fría, donde ya no quedaba ni rastro de compasión ni de memoria, solo la costra dura de una guerra que se alimenta de la inocencia. —Aquí el agua solo sirve para limpiar el barro, porque la sangre es la tinta con la que escribimos nuestra historia en esta selva de los diez mil demonios — le respondió, mientras el sonido de una quebrada lejana parecía el lamento de mil madres buscando a sus hijos perdidos en la manigua. Jairo sintió que su cuerpo se volvía de madera vieja, una cáscara seca donde el corazón golpeaba como un pájaro atrapado en una jaula de alambre de púas, oxidado por el olvido.

        Al rayar el alba, el cielo se tiñó de un violeta herido que recordaba los morados en la piel de los castigados, y el olor a monte húmedo trajo consigo el rumo del viento ululando entre los árboles, como si fuera eco de campanas de iglesia en redoble de entierro. —Levántese, recluta, que el sueño es para los que no tienen deudas y usted ya debe la vida entera al comando central por haberle dado el honor de la primera baja— lo llamo a gritos, un guerrillero que tenía la cara surcada por cicatrices que parecían mapas de huidas y emboscadas.

         Jairo se puso en pie y sintió que la sombra se le había quedado pegada al suelo de la finca de don Lucas, dejándolo caminar como un espectro sin peso, un cuerpo que ya no le pertenecía. Los otros muchachos lo miraban con una mezcla de envidia y de terror, sabiendo que en él se reflejaba el espejo de lo que todos terminarían siendo: verdugos de su propia gente campesina. Las mariposas amarillas que antes seguían su rastro por los senderos de herradura se habían vuelto grises, con las alas cargadas de hollín y de tristeza, cayendo muertas a su paso como si su sola presencia fuera un veneno para la vida. El joven acarició el cañón de su arma y sintió que ya no era una herramienta, sino su única compañera de martirio en ese calvario de fango y de violencias.

         El grupo guerrillero emprendió la marcha hacia el corazón de la selva virgen, donde los árboles son tan altos que ocultan el juicio de Dios y las raíces se enredan en los tobillos para que nadie pueda dar marcha atrás hacia la luz. —Vea cómo las palmas espinosas se agachan cuando pasamos, eso no es respeto, mijo, eso es que hasta la naturaleza sabe quién es el que manda ahora en estas tierras de nadie— se jactaba el "Tuerto", mientras que, a Jairo, le parecía que las flores del camino se marchitaban apenas las rozaba el borde de su camuflado nuevo.

      Se sintió un poco aliviado cuando pudo percibir en su mente, la imagen de su madre prendiendo una vela frente al cuadro de la Virgen del Carmen, se le aparecía como un espejismo de agua fresca en mitad de un desierto de cenizas ardientes. —¿Será que ella ya sabe que su hijo tiene las manos untadas de la vida de un justo, o será que el humo del fogón le tapa la vista para que no vea mi desgracia? — se preguntaba el muchacho, sintiendo un nudo en la garganta que sabía a hiel y a tierra removida de fosa común. El comandante le ordenó que tomara la delantera, que abriera trocha con el machete como si estuviera degollando al aire, para que el brazo no se le enfriara y el pulso se le mantuviera firme para la próxima ejecución. Cada golpe de la hoja contra la maleza era para Jairo un hachazo contra su propio árbol genealógico, una ruptura definitiva con el mundo de los vivos que todavía saben lo que es el perdón.

           Pasaron por un caserío donde los niños se escondían tras las faldas de las mujeres y los hombres bajaban la mirada como si estuvieran contando las hormigas del suelo para no ver la cara de la guerra. —Mírelos bien, Jairo, que esos son los que vamos a proteger de los de la ciudad, aunque para protegerlos primero nos tengan que tener más miedo que a la misma peste negra— sentenció el jefe de la columna, con una sonrisa que mostraba unos dientes amarillos y gastados de morder tanto odio. El muchacho reconoció a uno de sus primos en la esquina de la plaza, pero cuando intentó saludarlo, el otro escupió en el polvo y le dio la espalda, marcando una frontera de silencio que ningún disparo podría romper jamás. El dolor le subió por las piernas como una corriente de agua helada, recordándole que ya no era parte de ese pueblo, sino un intruso, una plaga que llegaba con el viento de la desgracia para sembrar el terror.

        Sintió que el uniforme le apretaba el cuello como una soga de horca, y que cada botón era un clavo que lo sujetaba a esa cruz de hierro y pólvora que ahora llamaba "vida de combatiente". El sol de mediodía no calentaba su piel, pues por dentro se le había instalado un invierno de huesos rotos y de esperanzas muertas que no dejaba espacio para el calor humano.

          Al tercer día de marcha, el monte escupió a un hombre flaco y pálido que se arrastraba entre los helechos como un animal herido que busca el perdón de la tierra. —Miren lo que nos trajo la selva, un traidor que pensó que podía sacudirse el uniforme como si fuera polvo de camino— bramó el "Tuerto", mientras pateaba las costillas del desertor que sollozaba ruidos de cántaro roto. Jairo recibió la orden de custodiarlo bajo la sombra de un caracolí gigante, cuyas raíces se retorcían como serpientes de madera dispuestas a asfixiar al que intentara escapar del destino verde. El cautivo no era un extraño, era "el Flaco" Arcadio, el mismo que le enseñó a Jairo a silbarle a las mirlas en los tiempos en que la guerra era solo un cuento de viejos. —No me mire así, mijo, que el hambre de libertad me pesó más que el miedo al paredón y por eso me eché a correr tras el rastro de mi madre— suplicó el hombre, con unos ojos que ya no eran de gente sino de espectro condenado.

            El muchacho apretó el fusil y sintió que el acero le quemaba las palmas, mientras las hormigas arrieras empezaban a subir por las botas del prisionero como si olieran la carne de la muerte próxima.

—Cállese la boca, Arcadio, que el que deserta le entrega el cuello al diablo y aquí el único patrón es el mando central que no sabe de recuerdos ni de nostalgias— respondió Jairo con una voz que le salió prestada de ultratumba, mientras el sol se escondía tras nubes de color ceniza. El aire se puso pesado y las flores de mayo empezaron a cerrarse con un crujido de dientes, presintiendo que la sangre volvería a regar el suelo antes de que la luna asomara su cara de tierra fría. El "Tuerto" se acercó fumando un cigarro que soltaba chispas de azufre y le puso el cañón de su propia arma en la nuca al muchacho para que no bajar la guardia ante el traidor. —Vea cómo tiembla la hoja del árbol cuando siente el hacha, así debe temblar usted si le da por pensar que la familia vale más que la causa— sentenció el comandante, cuya sombra se estiraba por el campamento como una mancha de aceite negro que lo ensuciaba todo. Jairo sentía que el llanto de Arcadio se le metía por los oídos y le taladraba el juicio, convirtiendo el murmullo del río cercano en un coro de voces que le pedían clemencia desde el fondo del fango.

          La noche cayó como un hachazo sobre la nuca del mundo y el silencio se volvió tan filoso que cortaba el aliento de los que vigilaban bajo el toldillo de la desdicha. —Jairo, por la memoria de su taita, déjeme ir que yo le juro que me pierdo en el olvido y nadie sabrá que fui yo quien cruzó la frontera del espanto— susurró el Flaco, mientras las luciérnagas se apagaban a su paso como si no quisieran alumbrar el camino de un hombre que ya estaba sentenciado por la ley del monte. El muchacho sintió que el fusil se le volvía de plomo derretido y que su corazón era un tambor que anunciaba el entierro de su propia decencia frente a la mirada de las estrellas frías. —El que sale de aquí no llega a ninguna parte, Arcadio, porque la selva tiene ojos de tigre y oídos de lechuza que cobran el peaje de la traición con la moneda del alma— contestó el joven, viendo cómo del suelo brotaban hongos rojos que parecían las manchas de sangre de don Lucas floreciendo en la oscuridad.

           El comandante apareció de entre las sombras con un lazo de fique y una orden que pesaba más que una condena eterna: Jairo debía ser quien amarrara al desertor al árbol del martirio. Y él se dejó arrastrar por esa marea de rezos y manos tibias que lo sacaban del pozo de sombra donde el comando central le había hundido la mirada y el juicio. A medida que se alejaba del campamento, el uniforme se le iba deshaciendo en jirones de niebla, dejando ver las costuras de un alma que buscaba afanosamente el hilo de su antigua inocencia campesina. Las madres caminaban con un paso de algodón sobre las espinas, y bajo sus huellas el monte herido por la metralla empezaba a sanar con una velocidad de milagro, brotando orquídeas donde antes hubo casquillos.

          El muchacho sentía después de ver el final de un antiguo amigo, que el peso de los muertos que cargaba en la conciencia se volvía pluma, pues las mujeres entonaban un perdón que lavaba hasta la mancha más profunda de la sangre derramada. Don Lucas y el Flaco Arcadio aparecieron al borde del sendero, ya no como espectros de luto, sino como reflejos de luz que saludaban la procesión con sombreros de paja y sonrisas de eternidad recobrada. El aire de la montaña recuperó su aroma a guayaba y a tierra recién labrada, barriendo el tufo de azufre que el "Tuerto" había sembrado en cada rincón de la selva con su palabra de veneno. Jairo miró hacia atrás por última vez y vio que el fusil que tenía ganas de   deja botado se convertía en una rama seca de guayacán, destinada a dar flores amarillas en vez de balas, pero él no estaba ya para milagros de redención, así que se devolvió y recogió su arma, ese fusil jadeo casi como amante a punto de entregarse a su macho.

           Al llegar a las goteras del pueblo, las campanas de la iglesia empezaron a repicar solas, con un sonido de bronce alegre que anunciaba el retorno de los hijos que se creían perdidos en el infierno. La procesión cruzó la plaza principal y la gente salía a las puertas con velas encendidas, viendo cómo los jóvenes reclutas caminaban rodeados por ese halo de protección divina que las madres tejieron con sus lágrimas. Jairo sentía que sus pies ya no buscaban el fango del escondite, sino la firmeza del suelo que lo vio nacer y que ahora lo recibía con un abrazo de polvo y de sol de tarde. Su madre lo tomó del brazo con una fuerza que no era de este mundo, una firmeza de raíz que se aferra a la vida para que el viento de la desgracia no se la lleve nunca más.

         El joven vio que su casa, antes envuelta en una neblina de tristeza, ahora brillaba con el fuego del fogón encendido y el olor del café recién colado que esperaba su regreso del martirio. Las almas que estuvieron prisioneras en el miedo empezaron a cantar un himno de paz que subía hasta las nubes, borrando para siempre la sombra del reclutamiento que marchitó su juventud. El realismo de la miseria se rendía ante la magia del amor, transformando al verdugo en hijo y al campo de batalla en un santuario de memoria viva, pero todo aquello era un suelo que se diluyó.

         La redención fue apenas un espejismo de la fiebre, pues Jairo despertó con el corazón endurecido y los galones de jefe de escuadra pesándole en el hombro como una bendición del diablo. Ahora sus ojos no buscaban el perdón, sino carne nueva para alimentar la maquinaria de una guerra que se le había metido en la médula como un parásito de acero. Ahora estaban en medio de unas fiestas de un pueblo olvidado, puso la mira en dos muchachas que brillaban como azucenas en medio del fango: una de ellas, reina de belleza con corona de papel y sueños de pasarela. Jairo, con el uniforme impecable y la palabra untada de una miel traicionera, se les acercó prometiéndoles un reino donde ellas serían las dueñas del mundo y del tiempo.

             Las adolescentes, encandiladas por el brillo de las pistolas y la falsa seguridad del mando, escuchaban los cuentos de "dinero fácil" mientras el aire se llenaba de mariposas de plomo. El otro guerrillero, un hombre de risa oscura, le seguía el juego a Jairo, tejiendo una red de halagos que ocultaba el olor a fosa común que ya emanaba de sus promesas. La seducción era un arma más poderosa que el fusil, pues lograba que las jóvenes vieran en el verdugo a un príncipe de la selva espesa.   El reclutamiento se selló bajo la luz de una luna que parecía un ojo de buey vigilando la entrega de la inocencia a los altares del sacrificio armado. Las muchachas, con sus risas de quince primaveras, subieron a la camioneta creyendo que el camuflado era una seda fina y que el monte sería su palacio de esmeraldas.

          Jairo las miraba con la frialdad de quien ya no reconoce en ellas a las hijas de su propio pueblo, sino a futuras piezas de un ajedrez de sangre y martirio. La reina de belleza se tocaba el pelo pensando en la fama, sin saber que pronto su corona sería el casco de guerra y su pasarela un sendero de minas quiebra patas. El viento traía un lamento seco desde las cocaleras, pero el ruido del motor ahogaba cualquier advertencia que la tierra quisiera gritarles a las nuevas prisioneras del destino. Al llegar al campamento, el lenguaje campesino de Jairo se volvió una orden cortante que les arrebató los nombres para darles alias de combate y de olvido. Las jóvenes sintieron que el frío de la noche les mordía la piel, dándose cuenta de que el "sueño" era en realidad una pesadilla de barro y fusil al hombro.

        La primera noche en la entraña del monte no trajo el oro prometido, sino una oscuridad que se bebía los gritos como si fueran agua de charco estancado. Las muchachas, que ayer lucían cintas de seda, vieron cómo sus sueños de pasarela se convertían en harapos de niebla bajo el peso de los comandantes que olían a muerte y a tabaco negro. Jairo, convertido ya en un espectro de mando, custodiaba la entrada del cambuche mientras el aire se llenaba de mariposas de ceniza que se posaban sobre los cuerpos de las jóvenes mártires.

            La reina de belleza sintió que su corona de papel se transformaba en una corona de espinas de alambre de púas que le perforaba el alma hasta dejarla seca de ilusiones. No hubo romance bajo la luna, solo el crujir de las lonas y el sudor rancio de hombres que habían olvidado el significado de la palabra ternura en sus años de degüello. El monte entero guardó un silencio de tumba, y los árboles de caucho lloraron una leche espesa que parecía el llanto de todas las vírgenes sacrificadas en ese altar de barro. Al rayar el alba, las muchachas ya no tenían ojos de niña, sino cuencas vacías donde se reflejaba el abismo de una guerra que se alimenta de la carne más tierna. Ambas lucían en la ropa las huellas de la sangre del himen, que era como el bono para que les dieran el camuflado.

            El sol salió con un color de sangre vieja, iluminando los rostros de las muchachas que ahora parecían tallados en piedra de río fría y desolada por la corriente. Jairo se acercó con un café que sabía a hiel, mirándolas con la indiferencia de quien cuenta cabezas de ganado en una feria de pueblo abandonado por la mano de Dios. —Vea, reinas, que aquí la belleza se acaba cuando empieza el plomo y el único honor que les queda es servirle de descanso al guerrero que expone el pellejo— sentenció con una voz que vibraba como el eco de una fosa común abierta en mitad de la selva virgen. La joven más tierna la de quince años sintió que su cuerpo ya no era suyo, sino una propiedad del comando central, una herramienta de carne que perdía su valor con cada minuto de luz amarga.

         La realidad   de su desgracia se mezclaba con la magia negra de la manigua, donde los fusiles empezaban a brotar de las manos de los hombres como si fueran ramas de un árbol maldito. Las flores del bosque seguían marchitándose al paso de las nuevas reclutas, reconociendo en ellas el aroma de la deshonra que no se quita ni con toda el agua de los siete mares. La ilusión del dinero fácil se había transformado en una cadena de hierro invisible que las ataba al fango de los condenados para siempre.

          La antes orgullosa reina de belleza miró su reflejo en el acero de un machete y vio que su rostro ya no era el suyo, sino una máscara de cera derretida por el fuego del martirio. Jairo la obligó a coger un   uniforme que aún guardaba el frío de un muerto anterior, un camuflado que se le pegaba a la piel como una escama de serpiente venenosa y antigua, mientras la asesoraba a vestirse aprovecho para tocarla y con la sangre caliente del momento aprovecho para violarla ella lo recibió con la mansedumbre de una oveja que ya ha sido degollada, cuando termino de saciarse le dijo al oído como si fuera una promesa de matrimonio. —Ya no hay reinas ni hay nada, ahora solo hay combatientes que deben aprender a morder antes de que las muerdan en este laberinto de sombras y de traiciones—luego la apresuro a ajustarse el uniforme, bajo la mirada atenta de un guerrillero que tenía la cara surcada por cicatrices que parecían mapas de huidas desesperadas hacia el olvido.

          La otra muchacha, sentada afuera del cambuche, intentó rezar un rosario de memoria, pero las palabras se le volvían hormigas rojas en la boca, picándole la lengua hasta dejarla muda de esperanza y de fe. Ahora el monte se estiraba hacia el cielo como queriendo tapar el juicio divino, creando un domo de hojas donde el tiempo se detenía para torturar a los que caían en la trampa del verdugo. Cada suspiro de las jóvenes era una gota de perfume que la selva absorbía para alimentar a sus demonios, convirtiendo el sacrificio de la inocencia en el combustible de una marcha sin retorno. El peso del fusil que les entregaron era el peso de una cruz de plomo que debían cargar por senderos donde la piedad había sido desterrada hace siglos.

        El entrenamiento bajo el mando de Jairo se convirtió en un ritual de despojo donde el cuerpo de las muchachas era el primer campo de batalla que la guerrilla reclamaba como propio. —Aquí se viene a ser de todo, desde sombra en el monte hasta consuelo en la caleta, porque una guerrillera sin entrega es un fusil sin balas— bramaba Jairo mientras las obligaba a marchar bajo un sol que pesaba como el plomo. El entrenamiento no solo consistía en armar y desarmar el acero, sino en endurecer el espíritu hasta que la humillación de ser esclavas sexuales se sintiera como una rutina más del servicio. Las noches eran una extensión del suplicio, donde los comandantes las llamaban por sus alias para recordarles que su voluntad ya no les pertenecía, que eran propiedad del comando central.

        La otrora de belleza de la verdad las Brisas sentía que su piel se volvía de corteza de árbol, una coraza seca para no sentir el rastro de los verdugos que la devoraban en la penumbra. El realismo mágico de las penurias de las jóvenes, se manifestaba en el vaho de la selva, que tomaba formas de espectros vigilantes que custodiaban el martirio de las nuevas reclutas sin dejarles espacio para el llanto, mucho menos para escapar. además de la milicia, había las lecciones de infiltración impartidas por Jairo con una frialdad que helaba la sangre, enseñándoles que su belleza era el veneno más efectivo para entrar en los campamentos de los soldados. —Ustedes van a llegar a la orilla del río cuando los militares estén de guardia, les van a ofrecer una sonrisa de miel y una mirada de virgen herida para que bajen la guardia— decía mientras les ajustaba el camuflado como si fuera una mortaja de seda.

         El plan era que se convirtieran en espías de carne y hueso, usando la seducción para contar cada fusil y cada radio antes de que la columna guerrillera cayera sobre ellos como una maldición de sombras. —Recuerden que el enemigo es hombre antes que soldado, y un hombre con ganas no ve la granada que lleva escondida en el alma quien lo abraza— sentenciaba el "Tuerto" con una risa que sonaba a vidrios rotos. Las muchachas escuchaban con los ojos perdidos en el horizonte, comprendiendo que su destino era ser el cebo en una trampa de sangre donde la dignidad era el precio de la supervivencia. La selva parecía asentir con el crujir de sus ramas, convirtiéndose en cómplice de un adiestramiento que transformaba a las flores de la vereda en espías de la deshonra.

            —Dígame comandante Jairo, ¿será que después de que les entreguemos la vida de esos soldados para sacarles la información, todavía nos quedará un rastro de lo que fuimos en el pueblo? — preguntó la menor con una voz que temblaba como una hoja de níspero bajo la tormenta. El jefe de escuadra la miró con una mezcla de desprecio y de lástima, mientras el humo de su cigarro formaba figuras de serpientes que se enredaban en el cuello de la joven. —Lo que usted fue ya se lo comió el monte la primera noche, ahora usted es una herramienta de infiltración y su pasado es un muerto que no tiene tumba— respondió tajante, golpeando el suelo con la culata del arma. El entrenamiento de infiltración incluía aprender a esconder mensajes en el cabello y a memorizar las coordenadas de los batallones mientras fingían ser vendedoras de fruta o campesinas extraviadas.

            Cada simulacro era una puñalada a la identidad, una danza de mentiras donde debían actuar con la precisión de un fantasma que atraviesa paredes sin dejar rastro de su pecado. El realismo fantástico del mal envolvía los campamentos, donde los soldados a veces juraban ver a mujeres con ojos de fuego que desaparecían entre los matorrales apenas el sol se ocultaba tras los cerros. La reina de belleza aprendió a ocultar su odio tras una máscara de sumisión, permitiendo que el adiestramiento le borrara hasta la última lágrima de los ojos para que no la delatara en la misión. —Vea, hija, que, si un soldado le ve la tristeza en la pupila, le va a ver el fusil que lleva guardado en el pensamiento, así que ría como si el mundo fuera nuevo— le ordenaba Jairo mientras la obligaba a practicar el arte del engaño frente a un espejo roto. La muchacha veía su reflejo y veía a una extraña, una criatura de la manigua que ya no recordaba el olor del perfume sino el de la pólvora y el del sudor de los comandantes.

            El monte se volvía cada vez más   espeso y las raíces parecían amarrarse a sus tobillos, dándoles la agilidad de los tigres para cruzar las guardias enemigas sin que una sola rama crujiera bajo sus botas de caucho. Se les enseñaba a besar con sabor a traición y a extraer secretos en medio de caricias fingidas y orgasmos simulados, convirtiendo el acto del amor en una emboscada letal para el adversario. Era un martirio doble: el del cuerpo esclavo y el de la mente convertida en un mapa de objetivos militares, donde cada caricia era una coordenada de muerte. Las muchachas se volvieron espectros que caminaban entre dos mundos, el de la esclavitud sexual en el campamento y el de la seducción mortífera en las líneas del frente.

          El campamento militar de aquel caserío llamado Puerto Amor, amaneció envuelto en una bruma de color violeta que parecía esconder los pecados de la noche bajo una manta de seda húmeda. Jairo, con el mando pesándole en la mirada, ajustó el vestido de flores de la reina de belleza, que ahora debía actuar como una campesina extraviada buscando el cariño y la guía de un soldado. —Vea, mija, que, si el centinela le pregunta por el camino, usted le entrega una sonrisa que huela a albahaca y le roba el secreto de la guardia con los ojos— le ordenó, mientras el aire se llenaba de mariposas de vidrio que tintineaban con cada paso. La muchacha sentía que el vestido era una armadura de espinas y que su alma se quedaba atrás, amarrada a un tronco de guayacán para no ser testigo de la traición.

           El nuevo jefe de escuadra no sabía que, en el pecho de la joven, entre tantos sufrimientos y desamores, florecía un romance prohibido con un recluta de la otra escuadra, un amor que sabía a café caliente y a promesas susurradas bajo el toldillo de la desdicha. —Si salimos de esta, nos volamos pal otro lado del río donde la guerra no tenga nombre ni apellido— le había dicho el muchacho antes de la partida, sellando un pacto de sangre y de esperanza. Al llegar a la entrada del campamento, el olor a rancho y a pólvora se mezcló con el aroma de las rosas de mayo que brotaban de los bolsillos de la infiltrada por puro milagro del espanto. —Señor soldado, que vengo de la vereda del olvido buscando a mi taita y me perdí entre estos bosques que parecen querer tragarme la sombra— dijo la reina con una voz de miel que ocultaba el veneno del comando. El centinela, un muchacho con ojos de perro triste y el alma cansada de vigilar la nada, bajó el fusil y sintió que el mundo volvía a tener colores de fiesta de pueblo en su presencia.

           Jairo observaba desde la espesura, con el dedo en el gatillo y el corazón convertido en una piedra de río que ya no sabía lo que era sentir compasión, ni por los de su misma sangre. La joven sintió un impulso de gritar la verdad, de avisar que tras los helechos la muerte estaba agazapada esperando el cambio de guardia para cobrarse el peaje de la vida. Pero la sombra de Jairo era un lazo de fique que le apretaba el cuello, recordándole que el que traiciona al monte termina siendo abono para los arrayanes antes de que cante el primer gallo.

         Dentro del campamento, el tiempo se estiró como un chicle de caucho amargo, y cada paso de la muchacha dejaba una huella de luz que solo los perros de guerra podían ver con su olfato de ánimas. —Venga y se toma un tinto, muchacha, que por estos lares la belleza es un bicho raro que asusta más que el mismo diablo en una noche de tempestad— le invitó un cabo, sin saber que ella contaba cada radio y cada puesto de ametralladora con la precisión de un reloj de arena. Ella sonreía, pero por dentro gritaba un nombre, el del muchacho guerrillero que la esperaba en el campamento con un mapa de huidas trazado en la palma de la mano con tinta de mora.

          El romanticismo de aquel amor secreto era el único combustible que le permitía no desmayarse ante el asco de la seducción fingida y el martirio de la mentira que le quemaba la lengua como una brasa de leña seca. —¿Y hay muchos como usted allá afuera, o es que la tierra se cansó de dar flores y ahora solo da frutas vestidas de mujer? — preguntó el cabo, mientras el cielo se tornaba de un rojo herido. La mujer sufría de alucinaciones por el nerviosismo, le parecía que las balas en los cargadores de los soldados empezaran a vibrar con un canto de grillos de acero, presintiendo que el plomo reclamaría pronto su lugar en el pecho de los vivos.

           En un rincón oscuro del cambuche, mientras un soldado la acariciaba de forma torpe, la muchacha intentó su pequeña rebelión, dejando caer un escapulario que Jairo le prohibió llevar para no levantar sospechas sobre su fe campesina. —Si este hombre lo encuentra, sabrá que soy de las que rezan y quizás me deje ir antes de que, la contra ofensiva si la descubrían   iniciara la matanza de guerrilleros — pensó ella, mientras una lágrima de cristal caía al suelo y se convertía en una piedra preciosa que nadie se atrevía a tocar. Pero recordó que Jairo, tenía oídos de lechuza y ojos de gato montés, apareció en su mente como una advertencia de trueno que le prohibía cualquier rastro de humanidad o de arrepentimiento en mitad de la misión de infiltración.

          El jefe de escuadra sentía una envidia sorda por los seres humanos que todavía podían amar, pues su propio corazón se le había muerto la noche que reclutó a su mejor amigo y lo convirtió en fantasma de la espesura. —No se me tuerza, reina, que la belleza sin mando es como un fusil sin percutor: bonita por fuera pero inútil para la causa de los desposeídos— le había siseado al oído antes de que ella cruzara la frontera del miedo hacia el batallón enemigo. La rebelión se le quedó atragantada en la garganta como un nudo de espinas, mientras veía cómo el sol se ocultaba tras los cerros, dando paso a la hora de la sangre y del martirio.

         La señal fue una bengala de luz cárdena que rasgó el cielo como un arañazo en el rostro de Dios, y en ese instante, el silencio del caserío se rompió en mil pedazos de plomo y de gritos. Jairo dio la orden y el monte entero pareció vomitar fuego sobre el pequeño campamento, mientras los árboles de caucho se doblaban como juncos bajo la fuerza de un viento que olía a pólvora y a carne quemada. En medio del estruendo, la reina de belleza y su enamorado, el recluta de ojos tristes, intentaron correr hacia el lado opuesto de la muerte, buscando la orilla del río donde el agua prometía lavarles el nombre y la desdicha. —¡Corra, mija, que, si cruzamos el vado antes de que   termine el combate, cuando el sol despunte, seremos solo dos sombras civiles en la inmensidad de la llanura! — le gritó el muchacho, pero el destino tenía otros planes escritos con tinta de luto.

             Una ráfaga de ametralladora lo alcanzó en pleno vuelo, y su cuerpo cayó sobre el barro con un ruido seco de cántaro roto, mientras de su pecho brotaban mariposas de sangre que se apagaban al tocar el suelo frío. La magia de la guerra hizo que el río se detuviera por un segundo, viendo cómo el primer amor de la joven se hundía en el fango de los olvidados.   La reina no lloró; algo en su interior se quebró con un sonido de cristal templado, y en ese vacío donde antes hubo romance, se instaló un invierno de huesos rotos y odio puro. Vio cómo Jairo se acercaba con la cara tiznada de hollín, y en lugar de buscar consuelo, ella le arrebató el fusil al cadáver de su novio y descargó el resto del proveedor contra el campamento que ya ardía.

            El dolor se le convirtió en una costra de piedra, una armadura invisible que le secó las entrañas y le borró para siempre la mirada de virgen herida que traía del pueblo. —Ya no hay amor que valga un peso, Jairo, ahora solo queda el poder de ver a los demás arrastrarse como gusanos bajo la bota de quien no tiene nada que perder— sentenció con una voz que ya no era de mujer, sino de espectro. El jefe de escuadra vio con asombro cómo la víctima se transformaba en verdugo, superando en crueldad a los mismos comandantes que la habían martirizado en su primera noche de cautiverio. La belleza que antes era su orgullo se volvió una máscara de hierro, un disfraz de mando que usaba para ocultar un alma que se había podrido antes de florecer del todo.

           Pasaron los años y la "Reina" se convirtió en una leyenda de espanto que recorría las veredas sembrando un terror que hacía que los perros aullaran antes de que ella llegara a las fincas. Ya no era la muchacha infiltrada, la inocente reina de vereda, sino una jefa de columna que extorsionaba a los habitantes con una frialdad, que helaba la leche en las ubres de las vacas y marchitaba los sembradíos. Su especialidad era el reclutamiento de niñas de trece y catorce años, flores frescas que ella misma seleccionaba en las escuelas y caminos, con una sonrisa que sabía a hiel y a traición de hermana mayor. —Vengan conmigo, que yo las voy a hacer reinas de verdad, no de esas que llevan coronas de plástico sino de las que mandan sobre el miedo de los hombres— les decía, mientras las conducía al mismo matadero de almas donde a ella le arrebataron la luz.

           Sus botas parecía que, dejaran rastros de ceniza caliente, que las aves de rapiña y los chulos la siguieran como una corte de ángeles negros sedientos de restos de inocencia perdida. En el campamento, la Reina disfrutaba con una perversión refinada viendo cómo las nuevas reclutas eran usadas como juguetes sexuales por los mandos, repitiendo el ciclo de su propio martirio con una sevicia que asustaba hasta al propio Jairo. Si alguna intentaba rebelarse o derramaba una lágrima de nostalgia por su hogar, ella misma se encargaba del castigo, azotándolas con bejucos de espinas hasta que la espalda de las niñas era un mapa de sangre. —¡Lloren ahora para que se les seque el manantial, que aquí no se viene a sentir sino a obedecer la ley de la guerra, que no perdona la debilidad del corazón! — les gritaba, mientras obligaba a las víctimas a mirarse en un espejo para que vieran cómo su belleza se desvanecía en el fango, cuando los jefes estaban encima de ellas jadeando de gozo

         . El martirio que ella sufrió se volvió su combustible, y el dolor ajeno era el único bálsamo que calmaba la quemadura eterna que le dejó la muerte de su novio en la orilla del río. Sus ojos eran dos pozos de odio donde ya no cabía el romanticismo, solo la satisfacción enferma de ver cómo otros cuerpos en martirio se unían al ejército de las almas prisioneras bajo su mando de hierro y de plomo.

        La selva se puso espesa como un caldo de sangre y olvido el día que la "Reina" decidió que Jairo ya no era más que un estorbo de madera vieja en su camino al trono del comando central. —Vea, Jairo, que usted ya huele a muerto y sus órdenes suenan a ruego de cura de pueblo, mientras que yo tengo el mando metido entre las venas como un veneno que no conoce el miedo— le soltó ella, mientras su sombra crecía hasta tapar la luz del fogón con una silueta de jaguar hambriento. Jairo, con el fusil terciado y la cara surcada por los años de degüello, la miró con una lástima que sabía a ceniza, comprendiendo que el monstruo que él mismo ayudó a parir ahora venía a devorarlo sin pizca de remordimiento.

        El aire se llenó de mariposas de plomo que vibraban con el odio contenido de dos verdugos que se disputaban el derecho a seguir dirigiendo la barbarie guerrillera, o el martirio para los campesinos en aquellos montes de Dios. —Usted se olvidó de dónde viene, muchacha, pero el monte tiene memoria de piedra y no perdona a quien escupe sobre su propia sangre campesina solo por un poco de mando— respondió el ahora avezado guerrillero, mientras el trueno anunciaba una tormenta que lavaría los pecados o los hundiría más en el fango de la deshonra. Aquella noche Jairo decidido por su bien que pediría a los mandos que lo enviaran a otro frente.

          Mientras tanto, en la penumbra de las caletas, las niñas que la Reina usaba como carnada y juguete sexual tejían una venganza de hilos de humo y oraciones al revés, invocando a las ánimas benditas del purgatorio para que enviaran el castigo para tanta humillación. —Hermanita, pásele el cabello de la patrona que recogimos del peine, que con este nudo de espinas y tierra de fosa le vamos a amarrar el paso para que la muerte la encuentre desprevenida— susurraba la menor, mientras una lágrima de cristal negro caía sobre un muñeco de trapo vestido con retazos de camuflado viejo. Mientras que el suelo del campamento empezara a hervir con hormigas arrieras que cargaban trozos de la sombra de la Reina, llevándosela hacia el fondo de las raíces de un caracolí que sangraba leche de amargura.

          Las nuevas reclutas víctimas de los abusos ya no lloraban, ahora sus ojos eran espejos de justicia mística que parecían reflejar el final de la opresora, en su desespero llamaban a los espíritus del monte para que le cerraran los caminos y le nublaran el juicio en la hora de los combates. El ambiente olía a ruda y a azufre, una mezcla de cura de espanto y sentencia de muerte que se filtraba por los poros de los guerrilleros que, sin saberlo, ya estaban rodeados por la voluntad de las almas prisioneras.

          Los guerrilleros al mando total ahora de la reina, no sabían, que muy cerca, entre los arboles de la cresta de un cerro, un comando de operaciones especiales del Ejército observaba el nido de víboras con lentes de visión nocturna que convertían el infierno en un paisaje de fantasmas verdes. —Esa mujer ya no es un objetivo militar, es una plaga que hay que arrancar de raíz antes de que termine de secar la inocencia de toda la región, y hoy se va con una bala que lleva grabado el nombre de cada niña que maltrató— sentenció el Mayor, un hombre de acero que conocía el prontuario de la Reina desde que era una simple reina de belleza de caserío olvidado. Los soldados se movían como sombras de aceite entre la maleza, sin que una sola hoja crujiera bajo sus botas, pues la tierra misma, cansada de tanta sangre, les abría paso para que llegaran al corazón del campamento sin ser detectados por los guardias.

         El plan no era capturarla, sino darla de baja con la precisión de un rayo caído del cielo, una ejecución silenciosa que no le diera tiempo de rezarle al diablo ni de pedir clemencia a las personas que ella agredió con tanta saña. La tecnología de la guerra se aliaba con el clamor de las víctimas, creando una tenaza de plomo y espíritu que se cerraba implacable sobre la jefa de escuadra .mientras en el campamento guerrillero el enfrentamiento entre la reina y Jairo ya era inevitable, ya no era venganza, era  más que eso, rabia, odio y ganas de poder,—¡Atrévase, viejo infeliz, que si usted me dio el fusil, yo le voy a dar la fosa, que aquí ya no manda su historia sino mi voluntad de hierro y mi sed de grandeza!— gritó la Reina, levantando su arma contra Jairo en un duelo que detuvo el pulso de la selva entera.

          Pero en ese instante, el muñeco de trapo en manos de las niñas fue atravesado por una espina de guayacán, y la Reina sintió un dolor punzante en el pecho que le hizo fallar el disparo, mientras su sombra se desprendía de sus pies para huir hacia la espesura del olvido, Jairo quizás acobardado por sus propios delitos salió corriendo y en segundos se perdió entre unos matorrales. El Mayor dio la orden por el radio, se suponía que ese primer disparo del francotirador, preciso como un juicio divino, le atravesaría el frente justo donde antes solía llevar la corona de papel de sus sueños de pasarela marchita.        

           Jairo que ya estaba lejos escucho el retumbar de la bala, justo para descubrir que los soldados tenían un cerco bien montado, se dejó caer como un bulto de miedo, imagino que el disparo del ejército había matado a la Reina, imagino sus ojos vidriosos, donde ya no encontraría el reflejo de la jefa dura, sino el miedo de la muchacha que una vez quiso escapar con un amor de recluta a la orilla de un río de esperanzas muertas. El monte entonces soltó un suspiro de alivio, y las niñas salieron de las sombras como mariposas que recuperan el color, con las manos levantadas y desarmadas se entregaron viendo cómo el cuerpo del martirio se convertía en polvo, mientras los soldados avanzaban para terminar con el ciclo de la violencia.

       Jairo se quedó agachado y siguió reptando, mientras los soldados que estaban cerca de él avanzaban a toda prisa hacia el campamento guerrillero así que, con el humo del combate enredado en el pelo, corrió durante varias horas lo más que pudo, imaginando los cuerpos de sus compinches empezando a ser devorados por una alfombra de hormigas rojas. El Mayor del ejército se acercó, a lo que quedaba de aquel campamento con el fusil en alto, mientras el sol de la mañana, de un amarillo enfermo, iluminaba la ruina de los hombres y mujeres caídos, entre ellos también había soldados, pero por más que miraron y revisaron incluso entre los heridos.

     Hecha la revisión minuciosa    no encontraron ni a la Reina ni a Jairo qué eran los objetivos importantes. Mientras Jairo se alejaba  cada vez mas de aquel sitio y pensaba para sus adentros  “Se le acabó el monte, Jairo, que la tierra ya no aguanta más el peso de mis  pasos y los muertos están pidiendo campo para descansar” mientras el Mayor del ejército  reconvenía a sus soldados --- somos toda una partida de maricas, como fue posible que la” reina” y Jairo se nos volaran, toca poner estos guevones a reentrenar---- sentenció el oficial, mientras se apretaba pantalones con una rabia  que sabía a hierro y a guerra  de siglos. Lejos de allí el veterano guerrillero pensaba que destino tomar y lo primero que pensó fue en buscar un refugio mientras encontraba otro reducto guerrillero, “menos mal ya debía dejar esa escuadra, lo bueno es que esa culicagada asesina ya debe estar en los infiernos. allá tendrá tiempo paz   masticar los recuerdos”.

         Después del combate, las niñas fueron sacadas del lugar por soldados que intentaban ser gentiles, pero cuyos uniformes despertaban en ellas el mismo terror de los verdugos que las habían martirizado. —Vengan, que aquí ya no les va a pasar nada, que las vamos a llevar a un lugar seguro donde el diablo no las encuentre— decía un sargento, mientras les entregaba mantas que olían a desinfectante y a ciudad lejana. La niña menor, la que había tejido la venganza mística, miraba los helicópteros con unos ojos que ya no eran de infante, sino de anciana que ha visto el fin del mundo desde un rincón de sombra. La magia de su inocencia se había evaporado, dejando en su lugar un vacío donde solo crecían espinas de desconfianza y un silencio que ningún psicólogo sabría descifrar en el futuro. —Ustedes dicen que somos libres, pero nos llevan encadenadas al miedo de no volver a ver el humo del fogón de nuestras madres ni el olor del café en la mañana— susurró la joven, mientras sentía que el viento de la hélice le arrebataba el último rastro de su identidad campesina.

            El traslado fue un desfile de almas rotas hacia centros juveniles en ciudades de concreto frío, donde el cielo no se ve y el ruido del tráfico ahoga el canto de las mirlas que las vieron nacer. En esos lugares, lejos de sus familias por una seguridad que se sentía como un destierro, sus vidas seguían desmoronándose bajo el peso de expedientes y de diagnósticos que no entendían el lenguaje de la selva. —Aquí no hay monte para esconder la vergüenza, solo paredes blancas que nos recuerdan que somos el desecho de una guerra que no ganamos ni perdimos— le dijo Maura a su compañera, mientras miraban por una ventana enrejada el gris de una urbe que no las conocía. El desarraigo era otra forma de martirio, una prolongación de la esclavitud donde el "rescate" era apenas el cambio de una jaula verde por una de cemento y leyes abstractas.

            Sus cicatrices, grabadas en el cuerpo y en el espíritu, florecían en la soledad de los dormitorios colectivos como marcas de un hierro al rojo vivo que la sociedad prefería mantener oculto tras los muros de la burocracia, donde la humedad de las paredes les recordaba el moho del campamento y el chirrido de las rejas era el eco del gatillo que presionaron algunas veces. —Aquí las noches son más largas que en el Guaviare.

         Jairo cansado, harapiento, pues por el camino boto el flamante camuflado y se vistió con unas ropas que robo de un rancho campesino, a hurtadillas llego a su casa  y su madre lo llevo a una choza aislada, y de vez en cuando iba a llevarle comida, pero ni con todo el deambular huyendo y escondiéndose del ejercito que tenía copada la región,   no pudo deshacerse de los fantasmas  de Arcadio y de la Reina, ahora en este camastro miserable  venían a hacerle compañía y a  cobrarle el tiempo robado,  confesó a su madre que por raticos era su única compañera  y  que también cargaba con la culpa por no haberle dado garrote, cuando de niño hablaba de coger el  fusil.

          . El viejo verdugo pasaba los días mirando sus manos callosas, intentando recordar el tacto de la tierra fértil antes de que se le convirtiera en fango de fosa común por el sueño del dinero fácil. Su condena, ser martirizado por los fantasmas de sus muertos era una cuenta de cobro que no terminaría nunca, pues cada minuto allí encerrado era un recordatorio de los hijos de campesinos que él mismo convirtió en verdugos de su propia gente.

       El tiempo en el rancho se había vuelto de barro, una masa espesa que Jairo moldeaba con la desidia de sus manos ociosas. Durante más de sesenta días, el mundo fue apenas el perímetro de tablas carcomidas y el aroma a leña mojada, mientras el silencio de la montaña se le metía en los huesos como un parásito. Pero la paz en esas tierras es un espejismo de agua sucia; un mediodía, el viento dejó de oler a bosque para oler a pólvora vieja y sudor de trasegares.

          Entonces La sombra de la guerrilla se proyectó sobre el patio, aquellos   hombres. Reaparecieron como espectros que la selva escupía de vuelta, con los uniformes deslavados por la derrota y los ojos cargados de una furia estancada. La madre de Jairo, con el corazón traicionado por el alivio de saberlo vivo, no pudo ocultar el secreto que los muros de madera guardaban con tanto celo.

—Mírenlo nada más —masculló el comandante, cuya voz sonaba como piedras chocando en el fondo de un pozo—. Dos meses ocultos mientras tus hombres alimentan a los buitres abandonados por quien debía cuidarlos.

          Jairo no opuso resistencia cuando los fusiles le buscaron las costillas. Lo sacaron del letargo a empujones, recordándole que en esa guerra el cuerpo no es de uno, sino un préstamo que se paga con sangre. El castigo no se hizo esperar: le vendaron los ojos con el estandarte sucio de la columna y lo obligaron a caminar descalzo sobre las piedras calientes del caño, una procesión de penitencia por la vergonzosa derrota frente al ejército. El dolor era un lenguaje que él ya hablaba con fluidez, pero lo que realmente le quemaba no era la planta de los pies, sino la humillación de haber sobrevivido a su propio fracaso.

          Esa noche, bajo un cielo de estrellas frías que parecían alfileres de plata, la noticia cayó, como un balde de agua fría para apagar el ultimo fogón de su tranquilidad. Sus compañeros, con voces que aun arrastraban el asombro de lo imposible, le soltaron la nueva que le dio otra pena a su alma marchita. —La Reina no cayó en esa emboscada, Jairo —le susurró un combatiente de rostro curtido, mientras le pasaba un poco de aguardiente para lavar sus heridas—. Dicen que ese día la muerte se le acercó y ella le escupió en la cara. Dicen que peleó como una fiera herida, que las balas parecían   rebotar en su pecho como si ella fuera invulnerable.

         Jairo escuchó, inmóvil, cómo la leyenda de su enemiga crecía en la oscuridad. Le contaron que ahora ella operaba cerca de la capital, moviéndose como un fantasma entre las sombras de la gran ciudad, infiltrándose en los cuarteles con la misma facilidad con que la humedad penetra en las paredes. La Reina no era una mujer, era una maldición que se negaba a ser enterrada. —¿Entonces está viva? —preguntó Jairo, y su voz fue un hilo de humo en la noche. —Más viva que el rencor, camarada. Dicen que cada vez que un soldado cae en la ciudad, es porque ella ya le había marcado la nuca con la mirada. Jairo cerró los ojos. La noticia de su castigo y la supervivencia de la Reina se mezclaron en su pecho, creando una extraña mezcla de miedo y propósito. El martirio de su cuerpo apenas comenzaba, pero su alma ya no estaba prisionera en el rancho; ahora volaba hacia el asfalto, buscando el rastro de la mujer que se había convertido su peor enemiga y su destino ahora era irse en el tren de la venganza. (continuara)

San José del Guaviare mayo 2026

Fernando Barbosa seudónimo

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