Prólogo
El viento mecia suavemente el pasto bajo sus pies. A pesar de traer sandalias no le era difícil percibir la estabilidad y tranquilidad que le brindaba el contacto con la tierra y la naturaleza.
Dayana sentía un gran alivio al respirar aquella brisa mañanera; a la que estaba tan acostumbrada desde su niñez. Con las montañas y los campos verdes de fondo. Ella estaba lista para otro día más de gratificante trabajo.
Junto a su madre, la señora Dinora Tolima, administraban una modesta posada en medio del campo. En meses recientes habían plantado un pequeño huerto junto a su casa y construido luego una granja a la que la propia Dayana mantenía bajo su cuidado. Esto mientras que su madre atendia los asuntos correspondientes a la posada: una casa de dos pisos con chimenea incorporada. Un lugar muy concurrido y acogedor para propios y visitantes.
Los numerosos tomates que se daban en el huerto eran desprendidos por las sutiles manos de aquella hermosa joven de cabellos rojos y unos bellos ojos azules que emulaban el color del cielo. Su rostro lleno de pecas en la zona de la nariz y unas mejillas rosadas que se hacían bola cuando ella sonreía. Feliz de que se dieran unos ejemplares tan lindos y exquisitos. Dignos de recolectar en su cesta de mimbre hecha a mano.
Para Dayana la vida era sencilla; tan sencilla como su vestido de lana rosada; el cual su madre le había confeccionado gracias a su talento como costurera. Un talento que Dayana había heredado pero que por cuestiones de tiempo no había tenido la oportunidad de poner en práctica. "Ya habra tiempo de enfocarse en ello" pensaba Dayana en su interior. Mientras se disponía a levantarse para ver qué más frutos estaban listos para ser recolectados. Ni los pepinos ni las berenjenas parecían estar en condiciones todavía. Dayana los dejaría madurar el tiempo que fuese necesario.
Ella llevaba una pequeña flor amarilla adornando su cabello lacio. Tan largo que debía echarselo hacia atrás para descubrirse la oreja en un gesto más que sutil e intencional.
El canto de los pájaros y el ulular de las mariposas de pronto le recordaron a alguien a quien ella esperaba paciente. Un joven cuyas habilidades y carácter noble le habían robado el corazón hace tiempo. Por razones del destino, aquel joven se había tenido que marchar hace varios meses atrás para cumplir una importante misión. Dejando a Dayana la promesa del reencuentro. Dayana siempre pensaba en él y en su corazón anhelaba volverlo a ver. Siempre que miraba el cielo pedía porque aquel joven guerrero estuviese bien.
El manto de nubes en el firmamento azul eran su consuelo. El canto de los mismos pájaros, la voz que la alentaba a seguir adelante. Y el olor de las rosas silvestres en la entrada de su casa, el perfume que deleitaba sus sentidos y le embargaba de una absoluta paz.
Unas flores tan delicadas como esas debían de ser cuidadas por lo que Dayana se dispuso guardar la cesta de mimbre con los tomates para dedicarse a regar las plantas y las demás flores en proceso de crecimiento.
Al entrar, el bullicio era notable aunque moderado. Los numerosos inquilinos que se hospedaban en la posada de su madre, Dinora, iban y venían. Algunos hablando, otros riendo. Unos cuantos sentados; comiendo, y otros tantos ocupados en sus asuntos. De los cuales ni Dayana ni su madre tenían idea pues solo se dedicaban a atenderlos como era debido. Para la señora Dinora, una mujer identifica a su hija pero en versión adulta, lo más importante era mantener contentos a los huéspedes y encargarse de cubrir los gastos que conllevaban la administración de una posada como aquella.
Unas cortinas de color vinotinto adornaban las ventanas. Unos cuadros adornaban las paredes y las mesas donde se sentaban los huéspedes llenaban el salón principal, en cuyo centro se erguia la estatua de un león sentado: símbolo de la cultura y poder del reino Candoriano.
—Oh Dayana que bueno que te veo—. Le dijo su madre al verla.—Hazme el favor de llevarle más toallas a la señora de la habitación número dieciseis, por favor. Su hijo mayor bajo hace unos instantes y me pidio el favor. Pero como puedes ver estoy en un asunto importante y no tengo tiempo.
La señora Dinora estaba ocupada sacando cuentas en el libro mayor por lo que no podía hacer el trabajo ella misma.
Dayana replicó con aires de cansancio—ay pero mama, el hijo de la señora es un jovencito grande. Porque no tomo las toallas y se las llevo él mismo a su madre? Que le cuesta? Están en el depósito. Junto al salón de meditación.
A lo que Dinora en cierta forma ofendida respondió—y tu crees que nosotras estamos pintadas acaso? Dayana, hija. Esto es un sitio de descanso. Aquí la gente viene a relajarse, no a preocuparse por cosas tan absurdas como buscar unas toallas.
Dayana gruño—lo absurdo es que ni siquiera tengan la decencia de coger una toalla por ellos mismos. Todos están en perfecta condición física. Qué no?
—No seas floja y haz lo que te digo. —Le insistió Dinora, usando su autoridad de madre, por lo que Dayana no tuvo más remedio que obedecerla e ir a buscar las toallas al depósito.
En eso, un huésped, sentado en una de las mesas del salon; junto a la estatua del león sentado dijo—señora Dinora, podría servirme más jugo de naranja por favor?
A lo que Dinora respondió—enseguida, mi señor. Dayana ya sabes que hacer. —Dijo mientras miraba a su hija con la seriedad de una patrona.
La pobre Dayana giro los ojos y fue a hacer lo que le mandaron. Evidenciando en su desganada forma de caminar la apatía que sentía.
El pequeño bullicio de los huéspedes llenaba de alegría y buena vibra el local. Había personas de diferentes partes del reino Candoriano así como una buena parte de elfos Herbolarios y Lunarboreos (de las naciones vecinas de Candora) quienes, a pesar de sus diferencias, compartían la mesa, la comida y la bebida que había disponible. Otro día de ganancia, en la opinión de la señora Dinora. Un buen día, sin lugar a dudas.
Dayana, en cambio, no lo veía de la misma forma. Ella tenía su propia manera de contemplar la vida y aunque el trabajo en la posada les ayudaba a vivir a ella y a su madre, lo que Dayana en verdad quería era poder aventurarse más allá de dónde vivía y recorrer el mundo... al igual que lo había hecho Lionkai cuando salió del templo donde creció.
Lo único que le impedia cumplir ese sueño era su evidente debilidad física. Y no porque fuera una chica enferma, al contrario, Dayana gozaba de buena salud. El problema residía en su delgadez y el hecho de que no estaba acostumbrada a lidiar con pesos tan grandes. Para ella, hasta un manojo de toallas bien grueso y voluminoso, como el que traía en las manos, pesaba tanto como tablones de madera de los más robustos. De esos que solo alguien con la suficiente fuerza pueden llevar.
Esto para su pesar representaba un obstáculo si es que aspiraba poder levantar un arma sin llegar a fatigarse por el uso extendido de la misma. Las espadas, hachas y lanzas eran pesadas en cierta medida y maniobrarlas llevaba tiempo y esfuerzo.
La magia era su segunda opción. El problema? Las escuelas de magia resultaban ser muy caras para la gente común, por lo que no todo el mundo accedía a ella fácilmente. La forma más común de volverse un experto que dominará la magia era aceptando hacer un pacto con las fuerzas oscuras, dirigidas por el rey brujo Malekort y los demás seres bajo su mando.
A Dayana ni loca se le ocurriria hacer una cosa semejante. No fuera a ser que terminara como la extinta bruja Agarthis; quien hasta hace poco tenía sometidos a los habitantes del reino de Candora con todo y la ayuda de un Armadillosaurio: criatura docil pero susceptible a la que ya estaban domésticando para su uso en el campo y la milicia.
Ay, la magia. Que cosa tan complicada. E igual de complicadas eran las armas.
Dayana sentía admiración por aquellos aventureros quienes emprendian viajes a tierras desconocidas y peligrosas en la busqueda de tesoros o de realizar proezas en nombre de la justicia y el valor. Tan solo historias. Puras historias. En su hogar, Dayana de lo único que tenía que preocuparse era por regar su huerto, alimentar a las gallinas en el corral y tratar de no chocar con los niños que pasaban corriendo a su lado mientras llevaba las numerosas toallas a la acaudalada señora de la habitación número dieciseis.
El simple toque de la puerta y un llamado de su parte bastaron para que Dayana anunciará su presencia a la inquilina. Al ver que está no le respondia, Dayana tocó de nuevo y como un instinto natural pego su oído a la puerta para ver si oia algo.
Para ahorrar los detalles se podría decir que lo escuchado al otro lado de la puerta basto para hacer que Dayana se sonrojara y alejara su oido de aquella madera color cafe. Después se oyó la voz de la señora diciéndole que le diera un momento, que ya abriria la puerta.
Dayana en aquel instante pensó que a lo mejor la señora estaba ocupada; abriendo otra cosa. Sus mejillas se enrojecieron y una risita nerviosa se le dibujo en los labios.
De pronto la puerta se abrió y la señora de cabellos oscuros, ligeramente despeinados, y con una piel morena, parcialmente cubierta por una sábana, se dejó ver ante Dayana mientras intentaba disimular lo que seguramente la jovencita pelirroja ya había intuido.
—si, dígame—. Dijo la señora con un temple sereno pero a la vez un poco agitado mientras se intentaba acomodar el pelo lacio.
—ah, hola. Usted pidió más toallas?
—oh, si. En efecto. Son para mis hijos. El chico de catorce años y los cuatrillizos. Por cierto. Donde están ellos? Los has visto?
—eh, creo que están en el salón. Los cuatrillizos están jugando, y el adolescente, pues no lo he visto cuando venía para acá.
—ay, de seguro anda por ahí conquistando a una muchacha. Vieras como es de coqueto mi hijo. Salió todo un galán. Igualito que el padre.
Dayana se sonrió para ocultar la pequeña incomodidad que sentía. De verdad que algunas personas resultaban ser muy indiscretas.
Ni siquiera el marido de la señora, desde adentro de la habitación, ocultaba sus ganas de seguir con el agradable momento. Llamandola para que siguieran disfrutando de las vacaciones y de su momento a solas. La mujer se sonrió gustosa y Dayana puso una cara de incomodidad bastante evidente.
La mujer luego se volteo hacia ella y viéndola mejor le dijo—oye pero tú no estás nada mal. Eres joven y bonita. Dime, no te gustaría que te presente con mi hijo, Roberto? Ay, de seguro harían una bonita pareja ustedes dos. No te parece?
—no, no es necesario! Tranquila—. Exclamó Dayana para asi cortar de tajo cualquier posible idea de emparejamiento forzado y procedió a entregar las toallas para retirarse lo más pronto posible. Asi terminó aquel episodio tan extraño e incómodo para ella. Procedió luego a regresar por dónde vino.
Detrás de su sonrisa amable, ella ocultaba no solo su incomodidad por lo ocurrido sino también la idea de que si alguien se merecía su cariño era precisamente el joven monje que alguna vez se enfrentó a unos maleantes para protegerla. El mismo al que ansiaba volver a ver. Sus delicadas manos se juntaron y se pegaron a su pecho para mantener viva aquella esperanza.
Mientras bajaba por las escaleras, su madre, desde el otro lado del mostrador, le hizo señas para recordarle su siguiente tarea. Llevarle más jugo de naranja al huésped de la mesa tres. Dayana ni se inmuto pero en el fondo se preguntaba si la gente perdía sus facultades de movimiento al estar en aquella posada suya. Fue a la cocina a buscar la jarra con el jugo.
El ambiente en la posada seguía tal cuál como siempre. Parecia que seria un día más como los anteriores. En eso, un nuevo huésped entro sin que nadie lo notará. En Candora era costumbre que los viajeros usarán capas largas para protegerse del frio durante la noche y del sol durante el día. Así como de la lluvia, el viento y de otros factores de menor importancia. Por lo que todos daban por centavo la presencia del extraño.
Todos seguían metidos en sus asuntos, ignorando al encapuchado que pasaba al lado de ellos, en total silencio. Parecia no querer llamar la atención. Pero un pequeño bebé; de tan solo dos años, fue el único que le prestó atención; regalandole una sonrisa tierna cuando el viajero le devolvió la pelota que el chiquitín había lanzado desde el otro lado del salón mientras jugaba.
En ese momento, Dayana venía con una jarra y un vaso de jugo para el huésped de la mesa tres. Basto con que el viajero le dirigiera su mirada de ojos verdes para que la conmocionada Dayana dejara caer la jarra y el vaso con todo y su contenido. El estruendo llamo la atención de los inquilinos y de la propia Dinora; quien se detuvo para mirar; sin soltar la pluma afincada en el libro contable.
Lionkai no había cambiado nada. Su cabello castaño seguía tan crespado como siempre y su rostro, aunque reflejaba un notable cansancio, fue capaz de regalarle una gran sonrisa a Dayana; llena de satisfacción y alegría por volver a verla.
Dayana se llevó las manos a la boca mientras los ojos azules se le llenaban de lágrimas.
Sería acaso posible que sus plegarias hubiesen sido escuchadas? O sería que tanto pensar en Lionkai ya le estaba afectando y ella estaba teniendo visiones?
Lionkai, para demostrarle que aquello no era una ilusión, dio unos pasos hacia adelante mientras abría lentamente sus brazos. Cómo queriendo invitar a Dayana a darle un recibimiento adecuado.
Sus sencillas ropas de monje, aunque desgastadas por tanto viajar, no fueron impedimento para que Dayana, conmovida, se lanzará hacia él y se fundieran en un fuerte abrazo que muy a su pesar termino impulsandolos, de un momento a otro a otro, a besarse ahí en medio del salón. Frente a todos los huéspedes y frente a una soprendida Dinora, quien con los ojos abiertos cuál platos miro como su hija había roto las costosas vasijas traídas desde el reino de Herbolaria. Y todo para irse a besuquear con el joven Lionkai; a quien Dinora daba por olvidado desde hacía un buen tiempo.
Pero su hija, sin embargo, no se olvidó de él y ahora que lo tenía en frente no reparaba en besarse con su amado en frente de todos, sin importar que los estuviesen viendo. Un acto conmovedor para los demás pero trágico para la pobre mujer de cuarenta años. Empresaria y madre adnegada que veía el futuro de su hija tirado a la basura por un hombre.
—madre luna!—. Exclamó Dinora mientras se llevaba las manos a la frente en un gesto de decepción y dramatismo.—a está muchacha me la van a embarazar rapidito.
A pesar de la preocupación de la dueña por su hija, el resto de los huéspedes veían el momento con agrado. Un par de jóvenes enamorados eran un buen motivo para creer y brindar por un mejor mañana. Algo que todos necesitaban sin importar su raza, su clero o el lugar de donde vinieran.
Puede que Dinora no aprobará su relación, pero para Dayana y Líonkai eso no importaba. Ellos estaban otra vez juntos y eso era todo lo que necesitaban.
En aquel momento no había nadie más que ellos y a partir de ahora se asegurarían de recuperar todo el tiempo perdido.
***
—y todo eso paso desde que te marchaste, Líon?—le pregunto Dayana, sorprendida al escuchar las anécdotas sobre su viaje para detener al brujo de la túnica color púrpura.
Lionkai asintió con una leve sonrisa mientras jugaba con una pequeña florecita entre sus dedos. Hasta él mismo se sorprendia de la gran aventura que había vivido y de como la misma lo había cambiado y lo había ayudado a crecer como guerrero y como persona.
—que increíble, Lion. Impresionante!
Lionkai se sonreía y la volteaba a ver cómo quien mira a un espectador asombrado tras realizarle un increible acto de magia. Para cualquiera, una aventura como la suya era digna de admiración.
Líon luego procedió a colocar la florecita en el pelo de Dayana y ella, coquetamente, se descubrió la oreja mientras le sonreía. Sus miradas se cruzaban, entendiendo lo que sentían sin la necesidad de decir alguna palabra.
El asombro de Dayana por el logro de Líon era casi tan grande como el manto de estrellas que adornaba el cielo nocturno. En aquella noche la luna llena se alzaba como reina indiscutible y las luces de las aldeas y las granjas cercanas iluminaban el tapete silvestre que era aquel valle de colinas pronunciadas y montañas visibles a lo lejos.
Dayana no cavia de la emoción. Su curiosidad le llevo a hacerle mil preguntas a Líon, sin detenerse a pensar en que quizás lo atosigaba demasiado.
Para Lionkai, en cambio, no había mayor emoción que volverla a ver y conversar con ella. Se veía tan bonita, feliz y adorable como siempre. Ante sus ojos, Dayana era como una niña dulce y algo ingenua a la que Lionkai solo quería abrazar y proteger como si fuera lo más sagrado que tenía en su vida, además de su familia y las artes marciales.
Para Dayana, el solo hecho de estar entre sus brazos le resultaba agradable. Ella solo quería permanecer así todo el tiempo que fuera posible. Acurrucada y sintiendo el cariño que Líonkai le daba. Un cariño sincero, desprovisto de malas intenciones y que reflejaba la inmensa bondad que habia en el corazón del joven guerrero.
—te extrañe, Lionkai—. Le susurro mientras se acurrucaba en su pecho. El corazón de Líon parecía latir con más fuerza. Quizá Dayana lo había puesto nervioso. O quizá solo era la emoción del momento. Tan íntimo y emocional a la vez.
Lionkai dudo por un breve instante antes de atraverse a colocar su mano sobre el hombro desnudo de Dayana. Ella había elegido ponerse un vestido diferente para la ocasión. De color verde. Con los hombros descubiertos y ligeramente más corto de lo habitual. Eso a Lionkai le fascinaba pero no decía nada para evitar incómodarla. Aunque con breves miradas a su escote y su falda le daba a entender de forma discreta la atracción que sentía por ella.
Dayana, en el fondo, hubiera querido que Lion la alagara y dijera todo lo que pensaba en aquel momento. Pero Lion era un caballero. Podía no vestir armadura ni tener una montura, pero su alma noble y sincera reflejaba el inmenso cariño que le tenía a la bella chica de ojos azules sentada a su lado. Una chica que sin trono ni título resultaba ser una princesa; como aquellas que viven en los castillos.
Ambos permanecían en silencio, contemplando el paisaje sobre aquella colina cercana a la posada. Quizá esperando que el otro tomara la iniciativa. Pero ninguno de los dos se atrevería. Ambos eran demasiado penosos para hacerlo.
Lo mas conveniente sería quedarse sentados, divagando en el silencio mientras las horas pasaban, la luna reinaba en el firmamento estrellado y poco a poco crecía aquel sentimiento; que en un principio los unió a ambos. Un sentimiento que, sin importar cuánto lucharan, jamás podría negarse.
—porque tardaste tanto en regresar?—. Le pregunto Dayana al cabo de un rato de silencio. Aún se aferraba a su brazo como una niña aferrándose a lo que más quiere en el mundo. Su mirada triste lo decía todo.
Lionkai se encogió de hombros y respondío—vivi un tiempo en Kalendria para aprender sus costumbres. Los Kalendrianos son personas interesantes, debo admitir. Sus ciudades flotantes y barcos voladores parecen algo sacado de otro mundo.
Luego regrese a Koneida con mi madre, los maestros y demás estudiantes del templo. Su recibimiento fue grato. Vieras como me vitorreaban. Cualquiera hubiera pensado que estaban alabando a un caballero que volvía tras una larga cruzada heroica. Aunque claramente no soy un caballero. Ni siquiera soy noble de cuna.
Un tiempo después me dedique a seguir entrenando y justo cuando pensé que había dejado todo atrás, que recibo un mensaje de la reina Candoriana, Lady Samira. Me invitó a visitarla en su castillo para convivir con ella y sus hijos. Total que entre una semana y la otra me iba de Candora a Koneida y viceversa. Los viajes barco ahora me resultan tan comunes como el aire que respiro.
Dayana lo escuchaba en silencio. Con una mirada perdida que quizá estaba destinada a contemplar el pasto y la pequeña mariquita que lo recorría a paso lento pero constante. Tan pequeña y vulnerable como lo estaba ella en aquel momento especial.
—por primera vez en mi vida siento que tengo otro hogar, además del templo marcial en Koneida. Y eso me agrada mucho. Es... Gratificante. De cierta forma.
Dayana le dirigio su bella mirada de ojos azules y le pregunto—y en todo este tiempo jamás me extrañaste, Líonkai? No pensaste en mi?
Lion le dedico una mirada sincera de ojos color esmeralda y acariciando sus mejillas le dijo—en todo momento te extrañe—. Dayana sonrio con ternura mientras se sonrojaba.
—De hecho. No había un día que no pensara en ti. En este campo. En el calor y la seguridad que tú señora madre y tu me brindaron cuando llegue a Candora por primera vez. En tus hermosos ojos. En tu bella sonrisa y tus manos delicadas como porcelana. Si, te extrañe, Dayana. Y no había nada que quisiera más que volver a verte. Por eso volví. Para estar aquí... Junto a ti.
—Lion...—. El corazón de Dayana se arrugó en aquel momento. Nunca nadie le había dicho palabras tan lindas como esas. Sentir todo aquello la sonrojaba y le hacía bajar la mirada con cierta pena.
Con tiernas caricias a su cabello, mientras la miraba fijamente a los ojos, Lionkai le expreso a Dayana lo que sentía. Ella solo lo miraba. Cautivada y silenciosa. Casi hipnotizada. Lionkai no podía negar lo que Dayana le hacía sentir. Él nunca había experimentado algo similar. Sería acaso ella una suerte de angel que el destino le había enviado para resguardarlo en su cruzada? A lo mejor si. Por tal motivo, Líon queria corresponder cómo era debido y entregarse sin reparo a la mujer a la que tanto amaba.
—Dayana, si tú me lo pides, me quedaré a tu lado y seré tu fiel compañero. Te cuídare, te ayudare y te protegeré. Igual que lo hice cuando luche con esos maleantes. Por favor. Dime tú. Si así lo deseas. Que estemos juntos a partir de ahora. Que dices?
Dayana se sorprendió. Nunca nadie se le había declarado. Aquella confesión y todo lo que está conllevaba eran cosas nuevas para ella. Su decisión, sin embargo, debía ser tomada con calma. No bajo presión.
Líonkai la veía con ojos suplicantes. A la espera de oír una respuesta positiva. Aunque en el fondo comprendía que no podía forzar aquello de ninguna manera. Todo debía surgir de manera espontánea. Del corazón.
Si bien ambos eran jóvenes e impulsivos, Dayana resultaba ser más cautelosa que Lionkai a la hora de tomar decisiones. Su cariño por Líon era puro y sincero. Ella no quería empañarlo al dejarse llevar por la emoción del momento. Así que solo le regaló un beso en la mejilla y como una chiquilla tímida e insegura volvió a acurrucarse contra el pecho de Líon mientras esté se quedaba en silencio al no saber que significaba el gesto de su amada.
Quizá aquello era lo mejor. Lion tenía diecisiete y Dayana tenía dieciséis. Tenían tiempo de sobra para que su amor floreciera y se fortaleciera. Dayana sabía el tipo de relación que quería. Lion, inexperto en esos temas, aún debía descifrar que era lo que quería. Bajo la guía de Dayana lo descubriría.
Y es que una relación no se construye solo de promesas y buenos deseos. Debe haber amor, por supuesto. Pero también debe de haber mucha comprensión, mucho afecto y el deseo de cuidar a la otra persona. Lionkai entendía el último punto así que lo ponía en práctica acompañando a Dayana al mercado más cercano para hacer las compras.
Una joven caminando sola por los campos era presa fácil para maleantes y forajidos. Líon sentia que eso ya lo había vivido y mirando sus puños anhelaba repetir la buena paliza que le metió a esos infelices por intentar propasarse con Dayana la primera vez. Pero ningun maleante aparecia. Quizá ya sabían de lo que Líon era capaz y preferían mantener distancia para conservar su salud y su dentadura intacta.
Así mismo, Líon y Dayana pasaban horas enteras caminando por los jardines de la posada mientras conversaban y atendían en lo posible a los inquilinos.
El estanque de peces coloridos y las lamparas de piedra seguían ahí donde Líon las recordaba. El estar junto a Dayana convertían aquel momento en uno muy especial. Su amada lo era todo y hasta el viento silbaba sobre ellos para bendecir su unión.
La señora Dinora estaba consciente de lo que Líon sentía por su hija así que hizo lo correspondiente al hablar directamente con ambos. Pero sobre todo con Líon para dejar clara su posición como la madre de Dayana.
—entiendo que quieras a mi hija, Líonkai—. Le decía Dinora, sentada en el sillón delante de él. —sin embargo he de aclararte que no soy una persona muy dada a aceptar ciertas cosas así nomás. Dayana es mi única hija y lo que más quiero es su felicidad. Por eso te advierto que te absténgas de hacerle daño a mi bebé o de lo contrario te las verás conmigo. Y créeme cuando te digo, Lionkai, que mi cuchillo y yo no estamos jugando.
Esa última frase era verdad. Dinora tenía un cuchillo de cortar pan del tamaño de un ante brazo, el cual utilizaba tanto para la cocina como para la defensa.
Lionkai entendia perfectamente su postura y la aceptaba de tal forma que bajaba la cabeza en reverencia mientras Dayana se encontraba parada al lado de su madre, observando como aquel monje guerrero se doblegaba para que le permitieran estar con la chica a la que tanto amaba. Su princesa de ojos azules y cabello lacio de color rubi.
La señora Dinora les permitió a los chicos estar juntos, pero había ciertas condiciones a cumplir.
Por las mañanas y hasta entrada la tarde, Líon se dedicaba a cargar leña desde los árboles cercanos para llevarla a la posada de su amada y de suegra malhumorada. El monje también se encargaba de buscar el agua del pozo y cualquier otro mandado que le pidieran. Todo ello bajo la recompensa de un buen plato de comida y una habitación cómoda donde dormir.
Por supuesto que Líon domiria solo, ya que bajo ninguna circunstancia, la señora Dinora le permitiria a los tortolos dormir juntos hasta que se hubieran casado. Lion y Dayana lo aceptaban, aunque, muy discretamente, aprovechaban cada oportunidad que tenían de estar solos para abrazarse, acariciarse y explorar lo que sentían cuando Líon levantaba un poco la falda de Dayana. Mientras ella, entre cada beso y caricia, checaba que su madre ni ninguno de los huéspedes los viera.
No hace falta decir que las ansias de Líon lo hacían avanzar demasiado lejos, casi al punto de tocar la panti de Dayana, por lo que ella debía de detenerlo, antes de que atravesarán un límite irreversible.
Por suerte para Dayana, Líon era ansioso pero no atrevido. El sabía respetar los límites que ella le imponía y se alejaba cuando Dayana mostraba su incomodidad. Él no quería lastimarla ni fracturar su confianza. Dayana era demasiado importante como para permitir que un solo error de su parte lo arruinara todo. Líon la respetaría y aguardaría paciente el momento de poder estar juntos de una manera más... Intima.
Los días pasaron con total normalidad. Lionkai ayudaba en las labores de la posada. Tener un hombre en casa amortiguaba un poco el arduo trabajo para la señora Dinora y la propia Dayana.
Con el tiempo, los huéspedes se familiarizaron con la presencia de Lionkai. Su confianza era tal que lo trataban con amabilidad y nunca faltaba quienes lo vieran como el marido de la hija de la dueña.
Aquella etiqueta le hacía hervir la sangre a Dinora y provocaba las risitas tanto de Líon como de Dayana.
Líonkai era además un artista marcial consagrado. Su talento era tal que pronto comenzó a impartir, por petición de los mismos huéspedes, clases de artes marciales y sesiones de meditación acompañada de movimientos lentos y fluidos para lograr la armonía tanto física como mental.
Las personas mayores, adultos, niños y jóvenes adoraban tomar dichas clases. En ellas, Líonkai hacia notar su maestría en el dominio de las energías invisibles que regían el mundo.
Sus manos, pies y cadera se movian en perfecta sincronía lo que facilitaba que la energía fluyera, sanará y reconfortará su espíritu al igual que lo hacía con el resto de los prácticantes.
Dayana sentía gran interés por practicar dichos movimientos así que pronto comenzó a tomar las clases de Líonkai.
Él adoraba practicar junto a Dayana. La fluidez de sus movimientos y el contacto físico involucrado los acercaba de tal forma que resultaba difícil negar que el deseo estaba empezando a surgir entre ellos.
Líon jamás la forzaría a nada que ella no quisiera. Dayana lo sabía y aunque en un principio se había mostrado renuente a avanzar en su relación con Lion, pronto comenzó a sentir la necesidad de dar el siguiente paso. Un paso importante, si. Pero que Líon propiciaba al hacerla sentir segura y confiada entre sus brazos.
Dayana no tardó en entender que Líon la deseaba y quería está con ella. Es cierto que su madre les había advertido y puesto condiciones para que pudieran convivir bajo el mismo techo.
Pero cuando la noche llegó y la señora Dinora se quedó dormida, producto de una borrachera que se echó durante la fiesta de cumpleaños de uno de los huéspedes; quien también era amigo suyo, unos decididos Líon y Dayana no dudaron en escabullirse hasta el piso de arriba y encerrarse en una de las habitaciones desalojadas para dar rienda suelta a todo lo que llevaban tiempo aguantandose.
Basta decir que paso de todo aquella noche. Besos, abrazos, caricias y el despojo tanto de sus prendas de ropa como de la vergüenza que antes les había impedido entregarse a aquella pasión desbordada.
En un intenso arrebato mientras se fundían sus labios, se entrelazaban sus piernas y rozaban sus pieles desnudas. Dejándose llevar por el vaiven de sus caderas y un ardiente deseo que los consumia como a carbones encendidos.
Ninguno de los invitados en el piso de abajo, ni siquiera la propia Dinora, se enteraría nunca de lo que pasó en aquella habitación solitaria. Albergada únicamente por dos jóvenes amantes que entre besos, pasión desbordada y gemidos intensos alcanzaron el climax y tocaron las estrellas aquella noche. Una noche que viviría guardada en sus memorias para siempre.