Cada tanto alguien me dice que se va a abrir un blog. Lo anuncia con la misma cara con la que se anuncia una dieta. Y yo le hago siempre la misma pregunta, la que no le gusta: ¿de dónde va a venir la gente que lo lea?
Esa es la parte que nadie planifica. Se elige la plantilla, el nombre, dominio propio o gratis, WordPress o lo que esté de moda. Horas decidiendo la fachada de un local al que no va a entrar nadie. El blog en 2026 no está muerto. Lo que está muerto es la idea de que publicar y ser leído son lo mismo.
Hace quince años esa idea funcionaba porque había cañería para sostenerla. Existía el RSS, Google mandaba tráfico a sitios chicos, la gente saltaba de blog en blog por los enlaces del costado. Esa plomería se pudrió. Hoy el descubrimiento vive adentro de las plataformas, Google prefiere dominios con años de autoridad, y nadie escribe una URL a mano. Un dominio nuevo arranca con distribución cero y compite contra sitios con quince años de ventaja. En términos de sistema, abriste un servicio sin una sola vía de entrada.
Por eso lo que importa no es que el texto sea tuyo, sino dónde cae. Publicar donde los lectores ya están te da lo único que la sala vacía no te puede dar, que es alguien del otro lado. Cedés algo de control, es cierto. Pero el control sobre una sala donde no entra nadie no vale gran cosa.
Me van a decir que la plataforma puede cambiar las reglas, dejar de mostrarte o cerrar. Es verdad, y por eso guardás una copia de todo en un lugar tuyo. Pero esa copia es un respaldo, no una publicación. El error es confundir el respaldo con el acto de publicar, y quedarte contento con tu dominio propio mientras el contador de visitas marca tres, y dos sos vos.
Abrir un blog gratis no es dar el primer paso hacia la independencia. Casi siempre es escribir para nadie con la estética de estar haciendo algo. Si vas a escribir, escribí primero donde te lean, y después, si querés, te mudás a tu casa.