Llegó el momento.
Era el día en que tenía que abandonar su nido. El que había sido el mundo que conocía, todo su universo. Pero todo tiene un final.
Se acercó al borde, pisando las últimas ramas y plumas entretejidas. Sus garras tocaron la roca mientras el vacío se hacía cada vez más presente.
Y de pronto lo sintió.
El final de la roca. Estaba sobre el último soporte antes de la nada, antes del nuevo mundo.
El viento lo empujaba, como si quisiera devolverlo a la seguridad de lo conocido. Pero esa ya no era una alternativa.
Su madre, desde una roca más alta, observaba con atención. Sabía que no intervendría; solo estaba allí para verlo enfrentar su prueba.
De repente saltó. Casi no lo pensó, como si sus piernas hubieran tomado la decisión por él.
Se encontraba en caída libre.
Empezó a batir las alas con todas sus fuerzas, pero, pese al esfuerzo, seguía cayendo. Los nervios comenzaron a dominarlo todo. El agua estaba cada vez más cerca; las rocas parecían esperar el momento de recibirlo.
No podía ser ese el final.
Había nacido para volar. El cielo era suyo. Y, sin embargo, sus alas seguían moviéndose desesperadamente, incapaces de sostenerlo.
Su madre vería su fracaso. Todo el cuidado que le había dedicado estaría siendo desperdiciado.
El agua estaba cada vez más cerca...
Y, de pronto, silencio.
La ausencia en su máximo esplendor. Nada en absoluto.
Solo el aire deslizándose entre sus plumas.
No más imágenes. No más ideas.
Silencio.
Sus pensamientos dejaron de aparecer.
Sintió el viento acariciando sus plumas.
Entonces dejó de pensar y comenzó a sentir.
Casi como si el viento le indicara cómo posicionar las alas. Como si el camino se fuera dibujando desde la punta de su pico.
Y la caída dejó de existir.
El viento sostuvo sus alas y comenzó a elevarlo.
Volaba.
El agua que un instante antes había sido una amenaza se había convertido en un espectáculo bajo sus ojos.
El mundo se había vuelto enorme.
Quizás infinito.
Y entre las nubes se perdió.